Olvídemos la teoría por un segundo. Pensemos en una planta de procesamiento de la zona central. Es una gran bestia de acero inoxidable que factura cinco millones de dólares al mes. Todo está cronometrado; los camiones, la temperatura, el flujo.
Pero un día cualquiera un sello de goma se rompe.
Es el sello mecánico de la bomba de lóbulo de la línea 2. O quizás un sensor inductivo que murió por humedad. Una pieza chica, de esas que se compran con la caja chica en la ferretería de la esquina, pero que esta vez es específica y viene nada menos que desde Alemania.
El repuesto falta en la bodega porque el algoritmo de Lean Management clasificó una pieza inactiva durante seis meses como capital ineficiente… El repuesto más cercano está lejos, por allá en Hamburgo.
La planta se detiene.
A diferencia de una fábrica de autos, aquí el reloj biológico sigue corriendo. Porque la leche en los silos se acidifica o la fruta en el patio se deteriora con el calor. Negociar con las bacterias es imposible. En 48 horas, la destrucción de materia prima supera el costo de comprar sellos de goma para los próximos cien años.
Para el CFO, el stock cero representa la eficiencia óptima. Para la termodinámica representa el suicidio. Construyeron un auto deportivo para correr en un camino de ripio.
