El modelo de un constructor de sistemas es simple: un problema de coordinación es un fallo de información. Si los actores adecuados tuvieran la información adecuada en el momento adecuado, el sistema se optimizaría solo. Esta creencia se fundamenta en que, en dominios cerrados como el código o las redes, es fundamentalmente cierta

Tras un evento disruptivo como el terremoto de 2010, el problema dominante fue la coordinación. Las necesidades estaban en un lugar, los recursos en otro. Las buenas intenciones eran un «enjambre difuso», pero la logística del estado estaba rota o sobrepasada.

En esa situación, la hipótesis de la «web social», un concepto que sigue teniendo algo de dominancia, ofrecía una solución. Si las plataformas podían agregar la intención de muchos para construir enciclopedias o coordinar grupos de aficionados, seguramente podían ayudar a coordinar la reconstrucción de una ciudad, al menos a mediano y largo plazo.

Esta fue la premisa de trabajo que tuvimos como Maulelabs. El concepto era aplicar herramientas digitales a problemas cívicos urgentes de Curicó. El gobierno local estaba, lógicamente, consumido por la logística de la supervivencia inmediata. Se detectó un vacío en la capa de planificación del «día después».

Construimos algunas iniciativas como duam.me para Curicó, un trabajo en el que participaron profesionales muy capaces como Marcelo y Jose Miguel (y también yo). Era una plataforma simple de participación: los ciudadanos subían ideas para el futuro de la ciudad, otros comentaban y votaban. El sistema, en teoría, actuaría como un filtro meritocrático, haciendo flotar las mejores ideas. El modelo asumía que la principal barrera para la participación cívica era la fricción del canal. La hipótesis era: reduce la fricción, y la participación emergerá.

Una vez lanzada la plataforma, el torrente de participación esperado fue, en realidad, un goteo.

Un análisis superficial de los datos de uso reveló el primer patrón: los participantes se parecían mucho a los constructores. Gente ya conectada, con el hábito de opinar en internet (principalmente Twitter), personas que ya operaban dentro de la esfera cívica. El ciudadano promedio no estaba allí.

La primera explicación es la brecha digital. La penetración de internet no era universal en 2010 y el smartphone menos. (ahora tampoco es universal pero con mayor cobertura.  Pedir participación en línea era pedir acceso a un computador fijo o notebook, a una conexión estable, a un conjunto de habilidades no distribuidas de manera uniforme. Esta explicación es cierta, pero es la más obvia y la menos interesante.

La segunda capa de fricción es la carga cognitiva.

Se estaba pidiendo a la gente que invirtiera un recurso que escaseaba más que los materiales de construcción: la atención y la capacidad de abstracción. Una persona cuya principal preocupación es cómo reparar un techo antes de la próxima lluvia, o cómo sortear la burocracia para un subsidio de emergencia, opera en un estado de urgencia total. Su horizonte de planificación es de días, quizás horas.

Es un principio psicológico conocido: cuando una persona está bajo presión extrema por una necesidad básica (como no tener un techo), su capacidad para tomar decisiones a largo plazo se desploma. No es que no les importe el futuro de la ciudad; es que su carga mental está completamente saturada por el presente inmediato. Estábamos pidiendo «pensamiento estratégico» a cerebros que estaban en modo «supervivencia táctica».

Se les pedía que se detuvieran, que cambiaran su foco de lo tangible e inmediato (el techo roto) a lo abstracto y futuro («el futuro de Curicó»). Luego, que formularan esa idea, la transcribieran en duam.me y la publicaran. El costo de esa transacción no era trivial. La participación cívica de este tipo es un bien de lujo cognitivo.

Incluso superando esas dos barreras (acceso y carga cognitiva), aparecía la tercera y más importante capa de fricción: el análisis de incentivos del sistema.

Un ciudadano con una idea brillante busca que esa idea se implemente. Para eso, debe navegar el sistema de poder real.

Ese ciudadano hace un cálculo racional: ¿Cuál es el camino más eficiente para que mi idea se ejecute?

Opción A: Escribirla en duam.me, una plataforma independiente sin vínculo formal con el municipio, esperando que el SEO o el azar la haga visible y que quizás, alguien en el poder la lea y decida actuar.

Opción B: Usar su tiempo para llamar al concejal que conoce, visitar al director de obras del municipio, o hablar con el alcalde en un evento.

La Opción B es por lejos, la más eficiente. ¿Por qué? Porque el ciudadano no está jugando un juego de «meritocracia de ideas». Está jugando un juego de «economía de favores y poder».

El sistema político local es un equilibrio estable. Las reglas son opacas pero conocidas: si necesitas algo, llamas a alguien que tiene el poder de decisión y la transacción se basa en la confianza personal o la deuda política. Este sistema, aunque parezca ineficiente desde afuera, es predecible para sus actores.

Duam.me no era una «mejora» a ese sistema; era un sistema completamente nuevo e irrelevante que no ofrecía ninguna garantía de resultado. La gente entiende instintivamente dónde reside el poder real.

Hasta aquí, el análisis se centra en el ciudadano. Pero el sistema tiene otro actor clave: el poder político. Aquí es donde el modelo del ingeniero choca de frente con el modelo político.

Es útil analizar la posición del administrador municipal («el Municipio»).

El Municipio también está sobrepasado por la urgencia. Su trabajo es gestionar recursos escasos y expectativas infinitas. Entonces, un grupo bien intencionado le ofrece una plataforma pública donde cientos de ciudadanos pueden subir sus ideas para la reconstrucción.

¿Es esto un regalo para el Municipio? Es más bien un problema.

  1. Gestión de expectativas: Cada idea publicada en una plataforma visible crea una expectativa. Si el Municipio no la implementa (porque es inviable, cara o simplemente no prioritaria), ahora debe pagar el costo político de rechazarla públicamente. La plataforma es una máquina de generar expectativas que el Municipio no puede cumplir.
  2. Ruido vs. Señal: Por cada idea brillante, hay cien inviables. El trabajo del Municipio es filtrar. La plataforma le entrega el filtro en crudo y le exige hacer ese trabajo a la vista de todos.
  3. Moneda de poder: El poder político local opera con una moneda de relaciones, favores y negociación. Un alcalde usa su capacidad de implementar (o no) una idea como una herramienta de gestión. Una plataforma abierta y meritocrática amenaza ese rol fundamental, buscando reemplazar la negociación política por un algoritmo de votos.

El Municipio no tenía ningún incentivo racional para adoptar la plataforma. Su propio rol es ser el filtro, gestionar la negociación y absorber la fricción política. La plataforma amenazaba ese rol. El equilibrio estable del municipio se basa en controlar el flujo de la negociación política.

Este desajuste entre la lógica de ingeniería y la lógica del sistema político es frustrante. El optimismo tecnológico de 2011, donde se asumía que las redes sociales derribaban dictaduras, se ve ahora con más escepticismo. Para quienes vimos la realidad en el terreno, en Curicó, esa ingenuidad se disipó mucho antes.

Libros como The Net Delusion de Evgeny Morozov, que al principio parecieron cínicos, ahora se sienten simplemente realistas. El argumento central es que las estructuras de poder existentes no son frágiles. El poder real (sea un dictador o un municipio) aprende a absorber, neutralizar o simplemente ignorar las herramientas tecnológicas que no les sirven a sus fines.

Eso fue exactamente lo que observe. El equilibrio estable del poder político local no fue «disrumpido» por nuestra plataforma; la trató como un ruido irrelevante. Aquí yace el punto ciego de nuestra tribu: «La ilusión de la herramienta apolítica».

Esto me lleva a una conclusión más universal sobre el «civic tech» como concepto. El error fundamental de este tipo de intervenciones es que diagnostican un problema político (desconfianza, asignación de poder, equilibrios de negociación) y ofrecen una solución técnica (un canal de información más eficiente).

Las plataformas cívicas de este tipo casi siempre tropiezan porque los sistemas que intentan «arreglar» no están «rotos» en el sentido técnico. Son equilibrios estables, optimizados para la moneda del capital político y la confianza relacional.

Aquí es donde revelamos una capa de análisis más profunda. ¿Qué sucede si estas iniciativas no están diseñadas para funcionar en el sentido de alterar el poder? ¿Qué pasa si su «fracaso» es parte de un equilibrio de simulación mucho más grande?

El ecosistema de la «participación ciudadana» parece ser, en sí mismo, otro equilibrio estable y no es solo digital.

  1. Los entusiastas tecnológicos (como nosotros en Maulelabs) construyen plataformas ágiles. Obtienen problemas interesantes para resolver y un sentido de virtud cívica.
  2. Los empresarios y consultores (como el PRES Curicó) crean iniciativas privadas análogas. Un grupo de empresarios invierte 90 millones de pesos, contrata una consultora de urbanismo (Urbana E&D), instala oficinas modulares y declara que es hora de «devolver la mano a Curicó». Realizan «consultas ciudadanas» y «votaciones» para priorizar proyectos. El producto es un «plan maestro», no un sitio web.
  3. Las fundaciones y agencias públicas necesitan ejecutar presupuestos asignados a «innovación» y «participación». Un sitio web (Maulelabs) o un «Plan Maestro» (PRES) son proyectos limpios, entregables, medibles y visibles. Financian un artefacto, no un cambio político desordenado.
  4. El poder político (el Municipio) obtiene el beneficio máximo de ambos: compra una «simulación de participación». Puede señalar la plataforma digital y el plan maestro privado como prueba de su transparencia, modernidad y «colaboración público-privada». El hecho de que una iniciativa sea digital-ágil y la otra corporativa-costosa es irrelevante. Ambas son tratadas como teatro.

En este equilibrio, todos los actores dentro del proyecto ganan. El único que no obtiene lo que busca es el ciudadano que ingenuamente usó la plataforma o fue a la consulta del PRES, creyendo que ese era el canal de poder real. Pero, como ya establecimos más arriba, el ciudadano racional ya sabe que el canal real es el concejal que llevará el problema directamente al municipio.

Por lo tanto, estas plataformas, tanto las digitales como las corporativas, no son realmente «fracasos». Las veo exitosas en la ejecución de un ritual performativo.

Son teatro cívico. Proyectos que existen para absorber fondos (públicos, privados o de fundaciones) destinados a simular que la participación es importante, mientras que el poder real sigue operando, intacto, en el sistema de siempre.

El valor real de las conversaciones con Marcelo y José Miguel entonces fue darnos cuenta de que habíamos construido, sin querer, una pieza de utilería muy competente para el mismo teatro en el que actuaba el PRES.

El verdadero trabajo estratégico no es solo entender la arquitectura del poder, también es reconocer el ecosistema de la simulación y decidir si jugar ese juego o no.

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