Capitulo 2 – Urgencias y caos

AUTOR: Oscar Cubillos — marzo 22, 2020 // TIEMPO: 14 MIN // SKU: 24199

El pulmón de Javier: Javier paró la embutidora por una muestra urgente, quemando cuatro horas de limpieza y atrasando a un cliente fiel. Marcos aprendió a no llenar el 100% del plan: ahora reserva un «pulmón de caos». Si comercial quiere urgencias, debe pagar la flexibilidad o decidir a quién fallarle.


La paz había durado tres semanas.

Tres semanas gloriosas en que el sistema de «dos cajas» para la tripa funcionaba. Tres semanas en que el stock estratégico de fosfatos (el «Grupo 1: Infartos») dormía tranquilo en su rincón, dándole seguridad a Marcos. La planta de «Cecinas del Maule» tenía un ritmo. Don Luis, el supervisor, casi había sonreído la semana anterior.

Era un martes, 11 AM. Marcos estaba revisando los números de eficiencia de la línea de jamones. Estaban subiendo. El sistema de flujo tenso, de reponer solo lo consumido, estaba liberando caja. Había logrado reducir el inventario total en un 15% sin sacrificar el servicio. Estaba orgulloso.

Entonces, la puerta de su oficina se abrió de golpe, sin tocar.

—¡Marcos, tienes que parar la línea de jamón!

Era Javier, el gerente comercial. Javier no caminaba, vibraba. Siempre al borde de un ataque de euforia o de pánico, dependiendo de si había cerrado o perdido una venta. Llevaba el nudo de la corbata suelto y el teléfono pegado a la oreja como una extensión de su cuerpo.

—¿Qué? —dijo Marcos, sintiendo cómo la paz se evaporaba—. Javier, no puedo parar la línea. Estamos en medio de la inyección de 4.000 kilos para el pedido de Ricardo.

—¡Olvida a Ricardo! ¡Ricardo puede esperar un día! ¡Acabo de cerrar Supermercados del Sur! ¡Del Sur, Marcos! ¿Sabes lo que es eso? ¡Son 80 locales!

—Felicidades, Javier. ¿Y?

—¡Y que quieren una prueba ahora! ¡Quieren 500 kilos de Salame Ahumado Especial para mañana en su centro de distribución! ¡Mañana! ¡Si les gusta, firmamos el contrato del año!

Marcos sintió un frío en el estómago. —¿Salame Ahumado? Javier, estamos haciendo jamón cocido.

—¿Y? Cambias y listo.

Marcos se levantó lentamente. —Javier, ¿tú sabes lo que implica «cambiar y listo»? Estamos usando la línea de cocidos. El Salame Ahumado es un producto crudo-madurado. No puedo usar la misma embutidora sin una sanitización completa.

—¿Y cuánto demora eso?

—¡Cuatro horas! —intervino Don Luis, que había entrado detrás de Javier, con la cara roja de furia—. Cuatro horas de lavado, espuma alcalina, enjuague, sanitización con ácido. Cuatro horas muertas de mi línea de embutido.

Javier lo miró como si fuera un obstáculo menor. —¡Entonces háganlo! ¡Es una orden de 500 kilos!

Don Luis miró a Marcos. —Jefe, si paro ahora, pierdo la salmuera que ya está preparada. El pedido de Ricardo no sale hoy. Y si metemos el salame, tengo que reprogramar los hornos. El ahumado del salame es frío, el del jamón es cocción. Me desarmas toda la semana.

Marcos respiró hondo. Se volvió hacia Javier.

—Javier, el pedido de Ricardo son 4.000 kilos. El tuyo son 500. Voy a atrasar a un cliente leal por una prueba de un cliente nuevo.

—¡Pero es Supermercados del Sur! —gritó Javier—. ¡No entiendes! ¡El futuro! ¡Volumen! ¡Ricardo nos compra 10.000 kilos al mes! ¡Estos tipos nos van a comprar 100.000! ¿No eres capaz de ver la estrategia?

—Yo veo mi planta parada —replicó Marcos, con dureza—. Veo a la gente de Luis lavando en lugar de producir. Veo costos. Veo caos. ¿Por qué diablos le prometiste algo para mañana?

—¡Porque el comprador me dijo «si me lo tienes mañana, hablamos»! ¡Así se cierran los negocios, Marcos! ¡Con velocidad! ¡Con agresividad! ¡Ustedes en producción siempre están pensando en el «no se puede», en el costo, en la eficiencia! ¡Yo estoy pensando en vender!

—¡Y yo estoy pensando en entregar lo que vendes! —explotó Marcos—. ¿De qué sirve tu venta si yo no puedo producirla? ¿O si la produzco a un costo que nos deja sin margen? ¿O si, por hacer tu pedido «urgente», atraso otros tres pedidos y pierdo a esos clientes?

El teléfono de Javier sonó. Lo miró. —Es el comprador. Tengo que confirmar. ¿Lo hacemos o no?

Marcos miró a Don Luis. El viejo supervisor negó con la cabeza. «Nos va a matar, jefe».

Marcos cerró los ojos. El silencio de la planta por falta de tripa había sido malo. Pero este ruido, esta pelea, esta sensación de estar siendo desgarrado en dos direcciones, era peor.

—Hazlo, Luis —dijo, derrotado—. Para la línea. Que laven. Javier, más te vale que ese contrato se firme.

Javier sonrió, triunfante. —¡Así me gusta! ¡Somos un equipo! —salió de la oficina, gritando al teléfono—: ¡Listo, compadre! Mañana a primera hora lo tienes ahí…

Don Luis se quedó parado, mirando a Marcos.

—Se da cuenta de que esto no va a parar, ¿verdad, jefe? Hoy es el salame. Mañana va a ser una longaniza de prueba con merquén. Y cada vez que ese tipo grite, ¿vamos a tirar cuatro horas de producción a la basura?

Marcos no respondió. Salió de la planta. Necesitaba un café. Necesitaba, aunque odiara admitirlo, hablar con Julián Torres.

Lo encontró en el mismo café de la esquina. Parecía que Julián vivía allí.

—Déjame adivinar —dijo Julián antes de que Marcos pudiera hablar—. El sistema de inventario funciona tan bien que ahora descubriste cuál era el siguiente incendio.

Marcos se sentó pesadamente. —Javier. El área comercial.

Le contó la historia. El pedido de Supermercados del Sur. El cambio de jamón cocido a salame crudo. Las cuatro horas de sanitización. El pedido de Ricardo atrasado.

Julián sorbió su café. —¿Y cuánto te costó esa decisión?

—¿Los 500 kilos de salame?

—No. La decisión.

Marcos frunció el ceño. —Bueno, cuatro horas de parada de la embutidora. Son cinco operarios. Más los supervisores. No sé, 300 mil pesos en mano de obra. Más los químicos de limpieza.

—Sigue —dijo Julián.

—Bueno, el pedido de Ricardo se atrasa. Me va a llamar furioso. Quizás me cobre una multa. O peor, le va a comprar a la competencia la próxima vez.

—Sigue.

—El pedido de Ricardo usaba los hornos de cocción esta noche. Ahora esos hornos van a estar parados, porque el salame va a los secaderos de maduración. Así que perdí capacidad de horno también.

—¿Ves? —dijo Julián—. Javier vendió 500 kilos de salame. Pero para hacer esa venta, gastó 300 mil pesos de mano de obra, gastó cuatro horas de tu capacidad de embutido, gastó una noche de tu capacidad de horno, y gastó una cantidad enorme de confianza de tu cliente Ricardo. ¿Javier pagó por todo eso?

—¿Cómo va a pagar? ¡Es el gerente comercial!

—Exacto. Él se lleva la gloria de la venta nueva. Tú te comes el costo del caos. Están midiendo cosas equivocadas. Él mide ventas cerradas. Tú mides costo por kilo. Sus métricas están diseñadas para crear caos, y las tuyas están diseñadas para sufrirlo.

—Pero, Julián, ¡es Supermercados del Sur! Es una oportunidad estratégica.

—¿Y si la prueba falla? ¿Y si no les gusta? ¿O si les gusta, pero te piden un precio con el que no puedes competir? ¿Habrá valido la pena atrasar a Ricardo por una posibilidad?

Marcos se quedó en silencio.

—El problema no es Javier —dijo Julián—. El problema no es el cliente. El problema es que tu fábrica es una autopista de un solo carril. Y crees que la única forma de meter un auto «urgente» es chocando a todos los demás para sacarlos del camino.

—¿Y qué otra forma hay? —preguntó Marcos—. La línea es la que es. La embutidora es una.

—Deja de pensar en la eficiencia de la máquina. Empieza a pensar en el costo del cambio.

Julián sacó su infaltable plumón y dibujó en una servilleta.

—¿Cuál es tu verdadera restricción? ¿El cuello de botella?

—Bueno, ahora que lo veo… la embutidora cuando hay que hacer un cambio sanitario. Y los hornos. Tengo capacidad limitada de horno.

—Bien. Vamos a llamarlos tus «recursos críticos». Lo que Javier está haciendo es robar capacidad de esos recursos críticos sin pagarla. ¿Qué pasaría si tuvieras dos fábricas?

—No puedo pagar dos fábricas.

—No me refiero a eso. ¿Qué pasaría si tuvieras una fábrica «Eficiente» y una fábrica «Rápida»? La Eficiente hace los pedidos grandes, como el de Ricardo. La Rápida hace las pruebas, como la de Javier.

—Es la misma fábrica, Julián.

—Pero puedes dividir la capacidad. ¿Cuánto tiempo de producción real tienes al día en la embutidora?

—Dos turnos. 16 horas.

—Perfecto. De ahora en adelante, ya no tienes 16 horas. Tienes 14 horas.

Marcos lo miró. —¿Y qué hago con las otras dos horas? ¿Mando a la gente a casa?

—No. Esas dos horas son tu «Pulmón de Caos». Son tu fábrica «Rápida». Esas 14 horas se planifican con una semana de anticipación. Se optimizan. Se hacen los jamones, las vienesas, las corridas largas. Ese plan es sagrado. Ni tú ni Javier pueden tocarlo.

—¿Y las dos horas?

—Esas dos horas se dejan vacías en el plan. Son la capacidad que Javier tiene para jugar. Cuando él llega gritando «¡Supermercados del Sur!», tú miras tu pulmón. «¿El cambio y la producción caben en esas dos horas?» Si la respuesta es sí, Don Luis lo hace en ese bloque. El pedido de Ricardo no se toca. La autopista principal sigue fluyendo.

—¿Dos horas? —dijo Marcos, escéptico—. ¿Y si necesita cuatro, como hoy?

—Ah. Ahí es donde se pone interesante. Si necesita cuatro, tiene que comprar dos horas del plan «Eficiente». Y esa compra tiene un costo. Un costo explícito.

—¿Un costo para Javier?

—Un costo para la decisión. Convocas a Javier, a Sandra de compras y a Don Luis. Todos los días. A las 8:30 AM. Quince minutos. De pie.

—¿Para qué?

—Para decidir cómo usar el «Pulmón de Caos». Javier llega y dice: «Tengo esta urgencia para el supermercado. Necesito cuatro horas». Y Don Luis dice: «El pulmón solo tiene dos. Si tomo las otras dos, tengo que parar la línea de vienesas, y el pedido de Distribuidora Central se atrasa». Y ahí, en esa sala, Javier tiene que decidir. ¿Es Supermercados del Sur más importante que Distribuidora Central?

Julián se inclinó hacia adelante.

—Te apuesto lo que quieras a que la mitad de las «urgencias» de Javier desaparecerán mágicamente en cuanto tenga que justificarlas frente al tipo al que le está arruinando el día. Dejarán de ser «para mañana» y se convertirán en «para el próximo martes», donde caben perfecto en el plan.

—Él no va a querer hacer eso —dijo Marcos—. Va a decir que es burocracia.

—Se llama S&OP. Planificación de Ventas y Operaciones. Pero llámalo «La reunión para salvar el día». Y si Javier dice que es burocracia, le muestras el costo. Le dices: «Javier, cada vez que paras la línea, el costo de esa hora muerta es de 200 mil pesos. Tu pulmón gratis es de dos horas. Si quieres cuatro, tienes que justificar 400 mil pesos de costo extra».

—¿Y qué pasa con la eficiencia? Mis costos fijos se van a las nubes si dejo capacidad ociosa.

—¿Ociosa? —se rio Julián—. ¿Llamas «ociosa» a la única cosa que te permite reaccionar sin destruir tu propia operación? ¿Llamas «ociosa» a la capacidad que te permite tener a Ricardo y al Supermercado del Sur contentos? No es capacidad ociosa, Marcos. Es un amortiguador. Es el seguro que pagas contra la variabilidad del mercado.

»Tu planta está diseñada para ser 100% eficiente. Y una planta 100% eficiente es 0% flexible. En el momento en que algo cambia, tu eficiencia 100% se convierte en 0% de eficiencia, porque todo se detiene.

Marcos sintió el peso de la verdad. Había estado midiendo la eficiencia de las máquinas, cuando debía estar midiendo la velocidad del flujo de toda la planta.

—Entonces —dijo Marcos lentamente—, ¿le digo a Javier que tiene una «cuota» de caos?

—Exacto. Le das una caja de arena para que juegue. Le das dos horas al día de capacidad de producción rápida. Y si quiere más, tiene que venir y negociar con el resto del equipo, asumiendo el costo de lo que está rompiendo.

Julián se terminó el café.

—Y una cosa más. Ese salame para el supermercado… ¿lo cobraste como un producto estándar?

—Claro. 500 kilos.

—Error. Ese producto no usó tu capacidad «Eficiente». Usó tu capacidad «Rápida», que es mil veces más cara. Tienes que tener dos listas de precios. Una para el cliente que planifica, que te pide con tiempo, que entra en la corrida larga. Ese es el precio estándar.

»Pero el cliente que te pide de un día para otro, que te obliga a parar una línea, que te exige una sanitización completa… ese cliente está comprando un servicio premium. Está comprando flexibilidad. Y la flexibilidad tiene un precio. La próxima vez que Javier venda algo así, tiene que venderlo un 30% más caro. O si no, no es negocio. Es solo vanidad.

El miércoles a las 8:30 AM, la reunión se llevó a cabo. Javier llegó tarde y protestando.

—No tengo tiempo para esto, Marcos. Tengo que estar en la calle.

—Solo quince minutos, Javier —dijo Marcos, firme. Puso un tablero blanco en la sala—. Esta es la capacidad de la embutidora para hoy. 14 horas. Están llenas. Pedidos: Ricardo, Central, Jumbo. Este es el «Pulmón Rápido». Dos horas. De 3 PM a 5 PM. Está vacío. ¿Qué urgencias tienes?

Javier resopló. —El Supermercado del Sur llamó. Les encantó el salame. Quieren una prueba ahora de chorizo ahumado. 50 kilos. Para mañana.

—Perfecto —dijo Marcos—. ¿Chorizo ahumado? Luis, ¿qué implica eso?

Don Luis miró sus notas. —Venimos de hacer salame. El chorizo usa casi la misma base, pero distintas especias. Limpieza simple, media hora. Embutido, media hora. Cabe perfecto en el pulmón de dos horas. No hay problema. Sale a las 4 PM.

Javier parpadeó. Fue… fácil.

—Ok. Bien —dijo Javier, y miró su teléfono—. Y… el casino de la minera Los Pelambres quiere una muestra de jamón pierna acaramelado. 20 kilos.

—¿Para cuándo?

—Eh… mañana.

—Luis…

Don Luis negó. —El jamón pierna es cocido. Estamos en ciclo crudo. Para hacer eso, necesito otra sanitización completa. Cuatro horas. El pulmón tiene hora y media libre. No cabe.

—Pero son solo 20 kilos… —protestó Javier.

—No importa si son 20 kilos o 2.000 —dijo Marcos—. Cuesta lo mismo parar la línea. Cuesta cuatro horas de capacidad.

—¡Pero es una minera!

—Javier —dijo Marcos, mirándolo a los ojos—. Tienes que elegir. O usamos el pulmón para el chorizo de Supermercados del Sur. O tratamos de meter el jamón de la minera. Pero si metemos el jamón, vamos a necesitar 2.5 horas del plan de Ricardo. ¿Llamas tú a Ricardo para decirle que su pedido se atrasa otra vez, o lo llamo yo?

Javier se quedó callado. Miró el tablero. Miró a Don Luis.

—Mierda. Ok. ¿Cuándo tienes el próximo ciclo de cocidos?

—Jueves en la mañana —dijo Luis—. Puedo meter esos 20 kilos ahí sin problema. Como si no existieran.

—Llámalo —dijo Marcos a Javier—. Dile que la muestra de chorizo va mañana, y la de jamón va el jueves.

Javier suspiró. Odiaba decir que no. Pero odiaba más tener que llamar a Ricardo.

—Bien. El jueves. Pero avísame apenas salga.

La reunión terminó a las 8:43 AM.

Cuando Javier y Luis salieron, Marcos se quedó mirando el tablero. La autopista principal seguía fluyendo. Y el pequeño carril de emergencia había hecho su trabajo. El caos no había desaparecido, pero por primera vez, tenía un lugar asignado.