Capitulo 6 – El oráculo de Excel

AUTOR: Oscar Cubillos — junio 12, 2020 // TIEMPO: 9 MIN // SKU: 24225

El Oráculo del Excel: Marcos dejó de planificar la planta basándose en pronósticos de venta que nunca se cumplían. Dividió el catálogo en dos: los «Ganadores» (alta rotación) se reponen según el consumo real de la bodega mediante buffers visuales, y los «Extraños» (nicho) se fabrican solo bajo pedido confirmado. La lección es que la estabilidad operativa se logra reaccionando a la realidad del inventario y no persiguiendo las metas políticas de una planilla de cálculo.


Cada martes a las 10:00 AM, la planta de Cecinas del Maule se detenía para una ceremonia religiosa.

No era en la capilla del pueblo. Era en la sala de reuniones, donde el aire acondicionado zumbaba tratando de combatir el calor del verano y el olor a café barato. Nos reuníamos para adorar al Oráculo.

El Oráculo no hablaba con acertijos griegos. Hablaba en celdas, filas y columnas. Su nombre oficial era PLAN_COMERCIAL_Q4_V12_FINAL_AHORASIQUESI.xlsx.

Javier, el Sumo Sacerdote y Gerente Comercial, conectaba su laptop al proyector. La luz blanca iluminaba nuestras caras.

—Buenos días —dijo Javier, con esa energía inagotable que me daba dolor de cabeza—. Semana 42. Traigo buenas noticias. Hemos ajustado al alza la longaniza parrillera con merquén «Supermercados del Sur» va a lanzar una promo de ‘previa del partido’. Esperamos un tirón de 15.000 unidades.

Yo miré mi propia planilla impresa, llena de rayones y correcciones. Producir 15.000 unidades de la parrillera merquén significaba detener la Línea 2.

La Línea 2 estaba corriendo vienesas tradicionales. Nuestro producto estrella. El que pagaba la luz, el agua y los sueldos. Estaba programada para correr tres días seguidos, un lote largo, hermoso y eficiente.

—Javier —dije, tratando de no sonar como el «Dr. No»—. Para meter esa longaniza tengo que cortar las vienesas. Eso implica un lavado completo por alérgenos. La picante tiene merquén y ajo. Son cuatro horas de limpieza húmeda y dos horas de cambio de tripa. Me vas a matar la eficiencia de la semana.

Javier me miró con esa sonrisa de paciencia que se usa con los niños o los ancianos.

—Marcos, entiendo tu tema de los fierros. Pero el mercado es dinámico. Si no le entregamos esa promo al cliente, la toma la competencia. ¿Quieres que le regale la góndola a Cecinas del Sur?

Roberto, el Gerente de Finanzas, asintió gravemente. Para él, venta era ingreso. Y el ingreso era Dios.

Y así, el Oráculo dictaba sentencia. Mi plan de producción, diseñado para minimizar costos y maximizar flujo, se iba a la basura. Rompíamos la programación, parábamos la máquina más rápida de la planta, y nos poníamos a fabricar un producto de nicho porque una celda en Excel decía que se iba a vender.

El problema era que todos en esa mesa fingíamos que el Excel predecía el futuro.

No lo hacía. El Excel era una mentira pactada. Una mezcla tóxica de las metas de bono de Javier, el miedo de Roberto a quedarse sin caja, y la presión política de los clientes.

Y yo, en Operaciones, era el que tenía que convertir esa fantasía en carne y hueso.

La semana siguiente, ocurrió lo inevitable.

La «promo» del partido no funcionó. Quizás llovió. Quizás el partido fue aburrido. Las 15.000 unidades de Parrillera Picante se quedaron en la bodega de Pedro, ocupando espacio, convirtiéndose lentamente en capital muerto.

Y lo peor: el jueves, el distribuidor más grande de Talca llamó furioso. Quería Vienesas Tradicionales.

—No tengo —dijo Pedro desde el despacho—. El stock está en cero.

—¿Cómo que cero? —gritó Javier—. ¡Si las vienesas se venden solas!

—Cero —repitió Pedro—. Porque paramos la línea el martes para hacer tus malditas longanizas picantes que nadie compró.

Estábamos en el peor de los mundos. Teníamos la bodega llena de lo que nadie quería y vacía de lo que todos pedían.

Esa tarde, me fui a la oficina de Benjamín, nuestro «Aprendiz Senior». Estaba con Don Luis, el Sensei, tomando mate.

—Es el efecto látigo —dijo Benjamín, sin levantar la vista de su pantalla—. Estamos persiguiendo fantasmas.

—Explícate —dije.

—Mira esto. —Benjamín giró su monitor. Tenía un gráfico de Pareto—. Hice el análisis que pidió. El 20% de nuestros SKU (los códigos de producto) hacen el 80% del volumen.

Señaló la barra más alta.

—Vienesa Tradicional. Jamón Sándwich. Mortadela Lisa. Estos son los «Ganadores». Se venden siempre. Llueva o truene. La demanda es una línea casi recta.

Luego señaló la cola larga y difusa del gráfico.

—Longaniza Picante. Salame a la Pimienta. Queso de Cabeza. Estos son los «Extraños». Se venden a saltos. Son ruido.

—El problema, jefe —intervino Don Luis, cebando el mate—, es que usted trata a la reina igual que al mendigo. Usted planifica la vienesa con la misma bola de cristal que usa para la longaniza rara. Y la bola de cristal siempre miente.

Tenían razón. De hecho, Pedro ya intentaba pedir vienesas desde el muelle, pero el plan de producción semanal de Javier nos obligaba a cortar la racha para hacer sus inventos. Estábamos gestionando la certeza con herramientas de incertidumbre.

—¿Qué hacemos? —pregunté.

—Dejamos de adivinar —dijo Benjamín—. Al menos con los Ganadores.

A la semana siguiente, entré a la reunión de los martes con una propuesta suicida.

Javier conectó su proyector. PLAN_Q4_V13_AHORASIQUESI.xlsx.

—Bien, para la vienesa tradicional, proyecto un aumento del 5% porque…

—No —lo interrumpí.

La sala se quedó en silencio. Roberto dejó de teclear en su calculadora.

—¿Cómo que no? —preguntó Javier.

—No me digas cuántas vienesas voy a hacer. No me importa tu pronóstico para las vienesas. Ni para el jamón, ni para la mortadela.

—¿Te volviste loco? —dijo Roberto—. ¿Cómo vas a saber cuánto comprar? ¿Cuánto producir?

—Voy a mirar la bodega —dije—. Vamos a cambiar el sistema. Javier, tú preocúpate de vender. Yo me preocupo de que haya stock.

Les expliqué el plan. Era herejía pura.

Dividimos el mundo en dos.

Para los «Ganadores» (el 20% de los productos), matamos el pronóstico. Implementamos Buffers de Stock.

Pedro pintó el suelo de la bodega.

  • Zona Roja: Peligro.
  • Zona Amarilla: Sano.
  • Zona Verde: Lleno.

La regla era simple: Si la pila de vienesas bajaba a la zona amarilla, Don Luis prendía la Línea 2. Sin preguntar. Sin esperar al martes. Sin mirar el Excel. Solo producíamos lo que el cliente ya se había llevado. Reposición pura. Pull.

Para los «Extraños» (el 80% restante), mantuvimos el pronóstico de Javier.

Si Javier quería Longaniza Picante, tenía que pedirla. Pero con una condición: entraba en la cola. No se rompía la programación de los Ganadores a menos que fuera una emergencia de vida o muerte (y «emergencia» significaba que Javier pagaba el costo del cambio de línea de su presupuesto).

Roberto casi se infarta.

—¡Vas a aumentar el inventario! —gritó—. ¡Quieres tener stock de seguridad de vienesas! ¡Eso es plata parada! ¡La eficiencia financiera dice que debemos tener Inventario Cero!

—Roberto —le dije, sacando los números que Benjamín me había preparado—. Mira el costo de la semana pasada. ¿Cuánto perdimos por no tener vienesas para el distribuidor de Talca?

Roberto miró el papel.

—Veinte millones.

—¿Y cuánto cuesta mantener un día extra de stock de vienesas en la bodega?

Roberto hizo un cálculo rápido.

—Doscientos mil pesos.

—Estás ahorrando centavos para perder millones —dije—. Tener un buffer de vienesas me permite correr la máquina sin parar. Mi eficiencia sube. Mi costo unitario baja. Y Javier nunca más tiene que llamar a un cliente para decirle que no hay.

Roberto refunfuñó, pero los números no mentían.

La implementación fue una guerra.

La primera semana, Javier llegó corriendo.

—¡Marcos! ¡Un cliente quiere 500 kilos de Arrollado Huaso para el viernes!

Miré el tablero. El Arrollado era un «Extraño».

—No se puede para el viernes —dije—. La línea de cocidos está reponiendo el buffer de Jamón Sándwich, que está en amarillo. El Arrollado entra en programa para el próximo martes.

—¡Pero es una venta!

—Es una venta que desordena la planta —dije—. Si lo quieres para el viernes, tienes que convencer a Roberto de que vale la pena parar la producción de Jamón, lavar la máquina, hacer tu arrollado, volver a lavar y seguir con el jamón.

Javier miró a Roberto. Roberto miró sus costos.

—Déjalo para el martes —dijo Roberto.

Javier tuvo que llamar al cliente. Negoció. El cliente aceptó el martes. El mundo no se acabó.

Pasaron tres meses.

El martes a las 10:00 AM, la reunión fue extraña. Duró quince minutos.

—¿Vienesas? —preguntó Javier.

—Buffer en verde —dijo Pedro.

—¿Jamón?

—Buffer en amarillo, produciendo hoy.

—¿Mortadela?

—Verde.

Javier cerró su laptop. No había nada que discutir. No había incendios. No había promesas falsas.

El Excel seguía ahí, pero ya no era un Oráculo. Era solo una hoja de cálculo.

Salí de la reunión y bajé a la planta. El zumbido de la Línea 2 era constante, hipnótico. Estaban haciendo vienesas. Llevaban seis horas sin parar. Don Luis caminaba entre las máquinas, corrigiendo un detalle aquí, ajustando una temperatura allá.

No estábamos adivinando el futuro. Estábamos reaccionando al presente. Y por primera vez en años, la planta no trabajaba para un archivo de computadora. Trabajaba para la realidad.