Capitulo 5 – El conocimiento tácito

AUTOR: Oscar Cubillos — mayo 30, 2020 // TIEMPO: 11 MIN // SKU: 24208

El manual frente al oficio: Marcos perdió dos lotes de salame para entender que la estandarización absoluta es un fósil. Benjamín siguió el procedimiento, pero omitió el tacto: no supo ver que la carne venía «llorona». El aprendizaje es que el manual sirve para no cometer errores básicos, pero la calidad real reside en el modelo maestro-aprendiz y en la capacidad de oler, tocar y escuchar la máquina.


El lunes por la mañana, Marcos Iriarte sentía que por primera vez, «Cecinas del Maule» era una máquina predecible.

Después de las crisis de inventario, los incendios comerciales de Javier y el terror de la listeria, Marcos había dedicado seis meses a la estandarización. Ayudado por la Doctora Ana Fuentes, había implementado un sistema robusto. Cada proceso, desde la recepción de la carne hasta la sanitización de la rebanadora, estaba documentado en un procedimiento operativo estandarizado (POE).

Las carpetas azules, impecables, brillaban en los estantes de las oficinas. Los flujos estaban mapeados. Las métricas de OTIF (On-Time, In-Full) superaban el 95%.

Ese lunes era la culminación de su plan: la jubilación de Don Luis.

El viejo supervisor, que había trabajado con su padre, por fin colgaba la bata blanca. En la pequeña fiesta de despedida en el casino, Marcos le entregó una placa de reconocimiento.

—No sé qué vamos a hacer sin ti, Luis —dijo Marcos, honestamente.

Don Luis se encogió de hombros, con su habitual laconismo. —Bah. Todo está en los papeles. Benjamín sabe leer.

Benjamín era el reemplazo. Un ingeniero en alimentos de treinta años, con un máster en gestión de calidad y una devoción casi religiosa por los datos. Benjamín había pasado los últimos tres meses siguiendo a Don Luis como una sombra, laptop en mano, «descargando» cuatro décadas de experiencia en diagramas de flujo y planillas Excel.

—Estamos cubiertos, Marcos —le aseguró Benjamín esa tarde—. Cada variable del secadero de salame, cada tiempo de emulsión de las vienesas, cada punto crítico… todo está en el sistema.

Marcos miró los nuevos paneles de control que Benjamín había instalado. Gráficos de temperatura, humedad y pH que se podían monitorear desde el celular.

—Bien —dijo Marcos—. Confío en el sistema.

Fue la peor decisión que había tomado en todo el año.

Pasaron dos semanas. La primera señal de que algo andaba mal no fue una alarma. Fue un cliente. Javier, el gerente comercial, entró en la oficina de Marcos, pero esta vez no estaba eufórico ni histérico. Estaba pálido.

—Ricardo, nuestro mejor cliente de jamones… acaba de rechazar el pallet de Salame Ahumado.

Marcos se levantó. —¿Qué? ¿Un problema de Listeria?

—No, gracias a Dios. Peor, en cierto modo. Dijo que «parece de plástico».

Marcos no entendió. Corrió a la bodega de producto terminado y buscó el lote 302-A, el primero hecho 100% bajo la supervisión de Benjamín. Abrió una bolsa de vacío.

El olor estaba mal. Le faltaba esa nota profunda, casi dulce, del ahumado. Cortó una rebanada. La textura era el desastre. No era firme y maleable. Estaba gomosa, dura. Al morderla, el sabor era agrio, ácido.

Era como morder un manual de procedimientos. Perfecto en la teoría, incomible en la práctica.

Llamó a Benjamín a la bodega.

—¿Qué es esto, Benjamín?

Benjamín sacó su tablet. —No entiendo, Marcos. Revisé los datos. Lote 302-A. Mira. —Mostró un gráfico—. Fermentación perfecta. El pH bajó a 4.7 en 72 horas, tal como dice el POE. Temperatura de 22°C sostenida.

—¿Y el secado?

—Aquí está. 28 días. Humedad relativa promedio de 82%. Actividad de agua (Aw) final de 0.89. El producto es 100% seguro e impecable según la ficha técnica.

—¡Benjamín, esta cosa sabe a vinagre y caucho! ¡No puedo vender esto!

—Pero, Marcos… los datos son correctos. El procedimiento se siguió al pie de la letra.

—¡Entonces el procedimiento está mal!

—¡Pero es el procedimiento que «descargamos» de Don Luis! —protestó Benjamín—. ¡Yo mismo lo vi hacerlo!

Marcos sintió un vacío en el estómago. Tenía la biblioteca de recetas de cocina, los ingredientes, los hornos. Y estaba produciendo un desastre. Se dio cuenta de que tenía el qué, pero había perdido el cómo.

La crisis se profundizó. Benjamín, lógico y metódico, intentó arreglar el problema usando el manual.

—Quizás el pH bajó muy rápido —teorizó—. Para el Lote 303-A, reduciré la dosis del cultivo iniciador en un 10% para alargar la curva de acidificación.

El resultado fue peor. El pH demoró demasiado en bajar, y una capa superficial de moho indeseado (que no era el Penicillium noble) comenzó a crecer. Tuvieron que botar 2.000 kilos.

—¡Benjamín, para! —le gritó Marcos—. ¡Deja de mover las variables! ¡Estás arruinando la línea!

—¡Estoy siguiendo el método científico! —respondió Benjamín, desesperado—. ¡Ajusto una variable, mido el resultado! ¡Es lo que dicen los libros!

—¡Al diablo con los libros! ¡Esto es un arte! ¡Llama a Don Luis!

—Está en un viaje de pesca en Aysén. Inubicable.

Marcos miró su planta. La planta más eficiente y documentada de su historia. Y estaba produciendo basura cara. Las carpetas azules en el estante se reían de él. Eran fósiles. Documentos perfectos de un saber que ya no vivía entre esas paredes.

Se sentía como el tipo del ensayo que había leído, el que creía que podía aprender a tocar guitarra leyendo partituras y terminaba con un ruido espantoso. Benjamín era el «maestro chasquilla digital» del salame: seguía los tutoriales al pie de la letra y el resultado era una bicicleta que solo frenaba si llovía.

El problema no era la máquina. No era el ingrediente. Era la distancia entre el dato en la pantalla y la realidad dentro del secadero.

Marcos pasó la noche en vela. A las 4 AM, tuvo una idea. Fue a la oficina de Benjamín y buscó la laptop donde el ingeniero había «descargado» la sabiduría de Luis. No buscó los POE. Buscó las notas. Las grabaciones de audio.

Encontró un archivo de audio de dos horas, etiquetado «Entrevista Secaderos 01». Era Benjamín interrogando a Luis.

Benjamín (audio): Don Luis, necesito el parámetro exacto. ¿A qué humedad relativa programa el secadero los primeros tres días?

Luis (audio): Uf… depende.

Benjamín: ¿Depende de qué? Necesito un número para el POE.

Luis: Depende de la carne. Si la carne viene «llorona», muy húmeda, le doy menos humedad al principio, un 78%. Si no, la tripa se «sella», se acartona, y la humedad de adentro no sale nunca. Se ahoga.

Benjamín: ¿Y cómo sabe si la carne viene «llorona»? ¿Hacemos una medición de humedad?

Luis: ¡No! ¡La tocas! Cuando haces la mezcla en el cutter, la masa te avisa. Si está muy pegajosa, es que viene llorona. Tienes que sentirla.

Benjamín: No puedo poner «sentir la masa» en el procedimiento.

Luis: Bueno, entonces ponga 82% y rece. Pero el salame no se hace con números, se hace con la nariz. Cuando entras al secadero el segundo día, tiene que oler a bodega, a hongo, un poco dulce. Si huele a vinagre, cagaste. Es que la fermentación se disparó y el secado no la siguió.

Marcos detuvo la grabación. Sintió un escalofrío.

«Si huele a vinagre, cagaste.»

Corrió a la oficina de Benjamín. El ingeniero estaba allí, con los ojos rojos, mirando sus gráficos.

—Benjamín. ¿A qué huele el secadero 3?

—¿Cómo? No sé… a salame, supongo.

—Vamos.

Entraron al secadero. El aire era frío y quieto. Marcos inhaló profundamente. Olía agrio. Metálico. Ácido. Olía a vinagre.

—Está aquí —dijo Marcos—. El audio de Luis. Lo dijo.

Benjamín estaba confundido. —¿Qué?

—¡La carne! La carne que recibimos la semana pasada. ¿Era la misma?

—No —dijo Benjamín—. El proveedor habitual tuvo un quiebre. Sandra compró a un proveedor nuevo. Pero la ficha técnica era idéntica. 80% magro, 20% grasa.

—¡Pero estaba «llorona»! —dijo Marcos—. ¡La masa estaba pegajosa!

—¿Y cómo demonios iba a saber eso?

—¡Tocándola! ¡Amándola! ¡Tú no la amasaste, Benjamín! ¡La «descargaste»!

Benjamín miró sus manos, limpias, acostumbradas al teclado.

—Seguí el manual —susurró.

—Exacto. Y el manual es un fósil. Es el tratado de urbanismo romano. Te dice cómo debería ser el acueducto, pero no te dice qué hacer cuando el suelo es blando o la piedra es distinta.

Don Luis llegó el jueves. Marcos había tenido que llamar a la radio de Coyhaique para que le dieran un recado. El viejo entró a la planta con botas de pesca. No saludó.

Fue directo al secadero 3. Abrió la puerta. Entró. Olfateó el aire.

—Vinagre —dijo.

Fue a la sala de amasado. Cogió un puñado de la masa cruda que Benjamín acababa de preparar para el Lote 305. La apretó en su puño.

—Está llorona.

Miró a Benjamín. No había rabia. Había algo peor: lástima.

—¿Y qué hizo usted, ingeniero?

—Seguí el POE. 82% de humedad programada.

—Error —dijo Luis. Se limpió la mano—. Este lote necesitaba 78% el primer día. Y necesitabas abrir la chimenea de aire un 10% más. El aire está viciado. El salame se está ahogando en su propio ácido.

—¡Pero el sensor dice 82%! —gritó Benjamín, golpeando la pantalla del computador—. ¡El manual!

Don Luis se acercó al computador. Lo miró con desdén. Luego señaló el compresor del secadero, que estaba en una esquina.

—¿Oyes eso? —le preguntó a Benjamín.

Benjamín escuchó. —Es… el compresor. Está funcionando.

—Está «ciclando corto» —dijo Luis—. Prende… para. Prende… para. Está tratando de sacar la humedad que tú le estás metiendo a la fuerza. La máquina está peleando contigo. El sensor de la pared está feliz, pero el salame se está muriendo. El manual te dijo que miraras la pantalla. Un artesano te habría dicho que escucharas la máquina.

Benjamín se quedó en silencio. Había pasado tres horas en YouTube viendo tutoriales de fermentación, pero se había perdido la única lección que importaba.

—Perdimos todo el lote, ¿verdad? —preguntó Marcos.

—Este sí —dijo Luis, señalando el secadero 3—. Está muerto. Es una ruina. Pero el 305, el que acaban de embutir… quizás podamos salvarlo.

Esa tarde, Marcos Iriarte hizo la reestructuración más importante de su carrera.

Borró el título de «Jefe de Producción».

—Benjamín —le dijo—, felicitaciones. Eres el primer «Aprendiz Senior» de Cecinas del Maule.

Luego miró a Don Luis.

—Luis. Te recontrato. No como supervisor. Te pago el doble. Pero tienes un solo trabajo. Eres el Sensei de esta planta.

—¿El qué?

—Un maestro. Tu trabajo no es llenar planillas. Tu trabajo es caminar. Corregir. Y enseñarles a amasar.

Marcos estableció el nuevo sistema. Lo llamó los «Tres planos».

  1. El Manual (El Texto): Los POE de Benjamín seguían siendo la base. La teoría. El idioma común para no cometer errores básicos.
  2. El Taller (La Práctica): Nadie, ni siquiera los ingenieros nuevos, podía tocar una máquina si no pasaba seis meses al lado de Don Luis. No mirando una pantalla, sino calibrando, tocando, oliendo. Aprendiendo por imitación, por corrección inmediata.
  3. El Equipo (La Comunidad): Creó la «Reunión de Cata» de las 11 AM. Todos los días, Marcos, Benjamín, Javier y Luis probaban los productos del día anterior. No miraban los datos. Discutían el sabor, la textura, el color.

Seis meses después, el Lote 320 de Salame Ahumado Especial ganó una medalla de oro.

Marcos estaba en su oficina. Benjamín entró. No traía su laptop. Traía las manos manchadas de pimentón.

—Marcos, el proveedor de merquén nos mandó una partida que… huele raro. Huele a polvo, no a humo. El manual dice que la receta es fija.

Marcos sonrió.

—¿Y qué vas a hacer?

—Ya hablé con Luis —dijo Benjamín—. Vamos a hacer una prueba. Vamos a subir la dosis un 5% y añadir un toque más de humo líquido en el cutter. Creemos que podemos salvarlo.

—Perfecto —dijo Marcos—. Ve a amasar.

Se dio cuenta de que la Doctora Ana le había enseñado a salvar la planta de la Listeria usando procedimientos. Pero Don Luis le había enseñado a salvar el alma de la planta, simplemente recordando que el conocimiento más importante no se podía escribir. Se tenía que vivir.