Los humanos hacemos cosas raras. Supongo que eso es todo. Fin del ensayo.
No, pero en serio. Hacemos cosas como «Catando Bytes». Piensa en el nombre. Es el tipo de juego de palabras que se le ocurre a un grupo que ya ha abierto la primera botella. «Catar» implica vino, un proceso orgánico, subjetivo, antiguo, de remolinos y taninos. «Bytes» implica lógica, ceros y unos, abstracción fría, el futuro. Es una colisión de conceptos que no debería funcionar. Y, sin embargo, lo hicimos.
Éramos cuatro: Mauricio, Francisca, Ronald y yo (Oscar). El plan era simple: nos sentaríamos, hablaríamos de tecnología y beberíamos vino. Y lo que es más importante, grabaríamos esto.
Estos artefactos digitales, una vez completados, eran enviados a Vimeo. Vimeo, en ese entonces, se sentía como el lugar lógico. No era el salvaje oeste de monetización y gritos de YouTube. Era… más limpio. Más serio, con definición HD. Un lugar donde creadores ponían sus proyectos.
Subir algo a Vimeo era como declararlo un experimento completo, listo para ser observado, aunque en la práctica se pareciera más a meter un mensaje en una botella y lanzarla a un océano digital muy, muy profundo.
Aunque los títulos en nuestro sitio web (catandobytes.com) eran del tipo «S01E01 De Martino Legado Syrah (Gran Reserva) 2010». Y con una buena estrategia SEO lográbamos muchas visitas a ese sitio. 2010 no se caracterizaba por el desarrollo del SEO, así que fue relativamente fácil posicionar esas palabras claves…en fin.
Ahora, la pregunta obvia es por qué.
No puedo hablar por los demás. Asumo que sus motivaciones eran una mezcla saludable de interés genuino en la tecnología y una apreciación por el vino decente. Eran y son personas maravillosas y genuinamente inteligentes. Hablar con ellos era un ejercicio para subir el nivel de tu propio pensamiento.
Mi motivación era diferente. Mi motivación era… patológica.
Tengo un nivel de no-extroversión bastante estable. No soy un ermitaño. Funciono. Pero mi «configuración de fábrica» no incluye un deseo innato de ser el centro de atención. Y hablar frente a una cámara… eso es otra cosa. La cámara no es como una persona. No te da retroalimentación. No asiente, no sonríe, no parece aburrida. Es un ojo de cíclope de vidrio, impasible, que te juzga en silencio y promete transmitir ese juicio a un número teóricamente infinito de personas en el futuro.
Mi cerebro modela la cámara como una amenaza de nivel medio-alto. Activa todos los sistemas de «peligro social». La garganta se seca, las palabras bien ordenadas se convierten en un montón de ladrillos caídos, el cerebro grita «¡aborta!».
Así que, naturalmente, decidí que la solución era cofundar un videopodcast.
Esto es un tipo de locura muy específico. Es la lógica del tipo que le tiene miedo a las alturas y decide que la mejor manera de curarse es apuntarse a paracaidismo, pero sin instructor (si, tienes razón, es un ejemplo un poco exagerado).
Mi hipótesis operativa era esta: me faltaba desplante.
Desplante es una palabra fantástica. No se puede explicar bien, no es solo «confianza». Es una especie de gracia ejecutiva. Es la capacidad de desplazarse en un espacio social o de rendimiento sin fricción, con autoridad y calma. Y yo sentía que mi nivel de desplante era peligrosamente bajo.
Mi plan por lo tanto, era un experimento de auto-modificación. hipótesis 1: el desplante no es un rasgo fijo, sino una habilidad que se entrena. hipótesis 2: la exposición repetida al estímulo aterrador (la cámara) desensibilizaría la respuesta de miedo y, por ósmosis, construiría el músculo del desplante. El proyecto, para mí, era un gimnasio conductual disfrazado de club de debate sobre gadgets.
El vino en este modelo, era una variable de confusión. ¿O era una herramienta? ¿Era un lubricante social diseñado para reducir artificialmente el coste de activación de hablar? ¿Era un intento de «hackear» la ansiedad, introduciendo un depresor leve del sistema nervioso central para amortiguar la respuesta de lucha o huida? O, más probablemente, simplemente era una buena excusa. «no estoy nervioso, es el carmenere».
Así que empezamos. Y la configuración del laboratorio era interesante. No estaba yo solo en un bar gritándole a una cámara. Estaba en bar con Mauricio, Francisca y Ronald.
Aquí es donde mi experimento se fue al traste, de la mejor manera posible.
Estaba tan concentrado en mi métrica interna (nivel de pánico: 8/10, coherencia: 5/10) que casi me pierdo el punto principal. El problema de tratar tu vida como un experimento de un solo sujeto es que te olvidas de que también hay otros experimentos en marcha. Y a veces, el protocolo de esos otros experimentos es simplemente ser brillante e interesante.
Las conversaciones eran buenas. Genuinamente buenas. Hablábamos de las implicaciones de las nuevas tecnologías, algo de política local, del futuro de los medios. Y estas no eran personas que solo repetían titulares. Tenían opiniones formadas, análisis bastante desarrollados. Estar en ese bar requería que yo escuchara activamente, no solo que esperara mi turno para recitar mis líneas ensayadas.
El pánico a la cámara no desapareció. Seguía ahí, ese zumbido de fondo de «estás siendo grabado». Pero tenía que ser puesto en espera, porque la conversación real que estaba ocurriendo en la mesa era más exigente y mucho más interesante.
Tenía que elegir entre monitorear mi miedo o seguir el hilo de pensamiento de Francisca sobre los medios digitales o alguna mención de Mauricio sobre algo de software. La conversación siempre ganaba.
Me esforcé. Dije cosas. Algunas coherentes, otras probablemente no. Vimos los videos después. No me gustaba verme. Nadie lo hace. Esa voz, esos gestos raros. «¿así es como me veo? ¿así es como sueno?». Es una tortura que me autoinfligí.
Y al final, ¿qué pasó con mi hipótesis?
Resultado: nulo. O, al menos no concluyente.
No logré mi cometido. No salí de «catando bytes» como un orador pulido, un maestro del desplante con una sonrisa de teflón. El miedo no se fue. La próxima vez que tuve que hablar frente a una cámara, el mismo zumbido de estática estaba allí. Mi experimento de exposición falló. No me «curé».
Pero esto es lo que pasa con los experimentos fallidos. A veces, descubres algo completamente diferente.
El error clásico es optimizar para una sola métrica. Mi métrica era «reducción del miedo» o «aumento de desplante». Una métrica profundamente egocéntrica e interna. Lo que no estaba midiendo era «exposición a ideas de alta calidad» o «número de conexiones humanas genuinas formadas».
Si hubiera usado esas métricas, mi experimento no habría sido un fracaso. Habría sido un éxito rotundo, más allá de cualquier expectativa razonable.
Estaba tan ocupado tratando de arreglar un error percibido en mi propio software que no me di cuenta de que el verdadero valor era la red en la que estaba conectado. El proyecto no era sobre «oscar conquista su miedo». Era sobre «Mauricio, Francisca, Ronald y Oscar» tienen conversaciones que valen la pena tener».
Nos enfocamos tanto en nuestras narrativas de superación personal. «salí de mi zona de confort». Es un guion aburrido y cliché. La mayoría de las veces, no conquistamos nada. Simplemente… sobrevivimos al intento.
No desarrollé el desplante que buscaba. Pero me senté a una mesa con gente maravillosa, gente brillante de la que aprendí cosas y bebimos vino rico mientras hablábamos del futuro.
Y resulta que esa es una recompensa mucho, mucho mejor. El objetivo principal era una quimera, una excusa que mi cerebro se inventó para justificar el riesgo. El beneficio real fue todo lo que ocurrió alrededor de ese objetivo. Y eso supongo, es un modelo mucho mejor para decidir hacer cosas raras.