Recuerdo que alrededor de 1998 vi a muchos agricultores instalar riego por goteo (era el boom). Y todos hacían exactamente lo mismo. Apenas terminaban la instalación, extendían el huerto unas pocas hectáreas. Casi todos lo hacían porque por primera vez podían permitírselo.
Empezaban a comprar rollos extra de mangueras (o contrataban empresas externas) para trabajar otros terrenos. Al final, la lógica decía que terminabas plantando más frutales o viñas en los terrenos que las empresas iban sumando.
Precisamente en ese mismo intervalo de tiempo vi convertir un huerto de peras Summer y Red Bartlett en el cual trabajaba. En lugar de tener los surcos llenos de barro, como en el riego tendido de las viñas de la misma empresa, canalizaron toda el agua a un tranque para luego bombearla a las casetas.
Desde ahí, el sistema asumía la tarea de dosificar cada litro. En ese momento veía la diferencia física; el contraste entre la tierra inundada y el orden de la nueva red.
No tenía forma de saber que esa simple reconfiguración de las cañerías estaba creando el margen exacto que permitiría expandir y reconvertir el huerto en los años que vendrían.
La promesa oficial del riego tecnificado es el ahorro.
La idea básica es estirar al máximo los litros disponibles. Casi todos hacemos el mismo cálculo rápido en la servilleta. Con campos individuales gastando menos, el consumo del país entero tiene que bajar solo por la inercia.
Esta intuición por supuesto que parece impecable en la servilleta. Si cada predio consume menos agua, el valle debería consumir menos agua. Por bastante tiempo no encontré una razón para pensar de otra manera. Lo extraño nació cuando empecé a fijarme en otra cosa. Dejé de fijarme con los litros consumidos y empecé a sumar las hectáreas.
Empiezo a sospechar que la escasez va mucho más allá del agua, la falta de datos duros pesa casi lo mismo en esta ecuación. Cada agricultor conoce muy bien su propio predio. Muy poco se sabe sobre el estado del acuífero o las decisiones que están tomando los demás. Empiezo a preguntarme si el problema crítico tiene que ver con el agua o con otra cosa. Quizá sea la información
Nadie parece estar tomando la decisión que finalmente termina apareciendo. El productor no planifica su temporada con la intención de secar la cuenca. Al banco que aprueba las líneas de crédito no le corresponde evaluar la vulnerabilidad del pozo a diez años; y las exportadoras empujan métricas de volumen sin cruzar los datos hídricos, porque su objetivo es mover la fruta, no auditar la napa.
El problema te golpea en la cara cuando todas estas decisiones aisladas chocan entre sí, ahí recién emerge un comportamiento sistémico que ya no le obedece a nadie.
El avance tecnológico deja de pertenecer al agricultor. Poco a poco empieza a reorganizar todo el valle. Se modifican de inmediato las condiciones del crédito y la oferta de los viveros.
Como consecuencia natural de eso, el precio por hectárea se dispara. La eficiencia altera las decisiones inmediatas.
Con el paso de los meses, modifica también lo que todos esperan del futuro. Para los bancos, pedir una producción mayor se vuelve la norma, forzando a los viveros a ajustar su stock. El Estado termina adaptando sus propios indicadores para medir la rentabilidad.
En cada inauguración de proyecto de riego tecnificado aparece el mismo cartel del Ministerio de Agricultura celebrando las hectáreas convertidas a goteo, como si eso fuera suficiente. Nadie mide cuánta agua total está consumiendo el valle después de la obra.
Sin que nadie lo declare explícitamente, la comunidad asume que ese nuevo nivel de producción será el punto de partida para las decisiones que vienen.
Cada expansión modifica las condiciones bajo las cuales se tomará la siguiente decisión. Después de plantar cien hectáreas nuevas, ya no resulta tan sencillo volver atrás. Hay créditos comprometidos y contratos firmados. Sumado a eso, está la infraestructura instalada junto a los árboles que tardarán años en dar frutos. Toda la red empieza a depender de las decisiones que tomó cuando el agua todavía parecía abundante.
El efecto tampoco aparece de inmediato. Entre la instalación de los goteros y el aumento de la presión sobre la cuenca pueden pasar varias temporadas. Esa demora vuelve casi imposible asociar una decisión individual con su consecuencia colectiva. Cuando el límite finalmente se hace visible, la zona ya cambió demasiado como para corregirse con facilidad.
¿Y si el agua no fuera la variable que organiza todo esto? A lo mejor, lo que una tecnología más eficiente libera no son solo unos litros extra de riego; lo que realmente desata es una oleada de oportunidades económicas. Si fuera así, muchas de las decisiones posteriores dejarían de parecer contradictorias.
Este proceso de expansión puede mantenerse durante varias temporadas sin que salten las alarmas. Los volúmenes de exportación tiran para arriba y los campos rinden como nunca. Por un buen rato, miras los números a fin de mes y todo cuadra perfectamente: las cuotas del banco se pagan a tiempo y la rentabilidad mejora. Esa aparente tranquilidad termina reforzando la confianza en el mismo patrón de trabajo que aumenta, kilo a kilo, la vulnerabilidad de toda la zona. Los buenos números iniciales simplemente enmascaran el riesgo que se está acumulando en el fondo.
A medida que el nuevo riego demuestra que funciona, la preocupación desaparece de la mesa.
Como la escasez ya no te revienta en la cara todos los días, la gente asume por inercia que el problema desapareció. El simple hecho de que los goteros rindan tan bien te quita las ganas de prepararte para una falla catastrófica. El tema de los años secos simplemente desaparece de las conversaciones de pasillo.
A ningún administrador se le cruza por la cabeza preguntar qué haremos si el nivel del pozo se va a pique. La nueva matriz de cañerías apagó el incendio de esa temporada; al hacerlo, nos quitó la urgencia de pensar en la restricción que venía justo detrás. Y ahí radica la consecuencia más dura de la falta de datos: mientras el fondo del acuífero no sea un número rojo en la planilla, todo el circuito sigue funcionando a máxima capacidad apoyado en la ilusión de que los recursos son infinitos.
Los bancos reaccionan al aumento de productividad. Los programas públicos hacen algo parecido. Ambos leen el mismo indicador, a pesar de que ninguno observe el estado de la cuenca. Vista en conjunto, la estructura favorece decisiones racionales a escala individual, aunque sus efectos terminen acumulándose en un nivel mucho mayor.
Durante un tiempo, el valle puede seguir expandiéndose sin que nada choque ni rechine en la cadena. Los límites físicos siguen ahí. Permanecen fuera del campo de visión porque todavía no condicionan el comportamiento. Cuando finalmente aparecen, solemos creer que surgieron de repente. En realidad llevaban años formando parte de las interacciones; simplemente aún no habían empezado a gobernar el lugar.
Y cuando el choque físico finalmente llega, la agricultura es un negocio de márgenes apretados.
Si ya plantaste hasta el último rincón regable porque tu nueva red de tuberías te lo permitía, ¿qué pasa cuando llega un año seco de verdad? Simplemente ya no te queda margen de maniobra. Te gastaste todo el colchón hídrico en meter más plantas por hectárea.
A veces me pregunto si alguno de esos agricultores habría ampliado su huerto si alguien le hubiera advertido de lo que venía o lo que pueda venir en el futuro. La falta de lluvias asusta, obviamente, pero la verdadera amenaza a largo plazo nace de lo absurdamente bien que funcionaron esos primeros goteros.
Probablemente habrían ampliado igual. Siendo honesto, yo también lo habría hecho.