Existe un tipo de local que todos en Chile conocemos. Es la picada del barrio, esa con letrero de neón que apenas prende, que ha vendido lomitos y completos desde el 85. Su carta es un clásico: barrosluco, chacarero, completos y papas fritas. Sabes exactamente qué esperar.
Pero un día, pasas por fuera y ves un cartel nuevo, pegado con scotch sobre el vidrio: “AHORA TAMBIÉN: SUSHI Y PIZZAS”.
Tu reacción es de desconfianza inmediata. Piensas: “El sushi va a tener palta molida del completo y el queso de la pizza será el mismo del barros luco”.
Sabes instintivamente que al intentar abarcar demasiado, el local probablemente diluirá su calidad. El lomito ahora será más chico porque la plancha está ocupada con masas de pizza y el sushi tendrá un sabor inconfundible a aceite de freidora.
Esta es la “estrategia del menú infinito”, o como podríamos llamarla aquí, la “estrategia del maestro chasquilla.” Y es un patrón en el que caemos constantemente, en cómo pensamos nuestros proyectos, nuestras carreras y siendo honestos, hasta nuestras políticas públicas.
El núcleo de la propuesta suena casi ofensivo a nuestro ingenio nacional. Nos encanta la idea de los “chilensis”, el que “salva” con un alambre y un elástico. Nos enorgullecemos de ser aperrados y de poder hacer de todo un poco. La especialización la vemos como algo un poco siútico, o peor, como una rigidez que no se adapta a los “constantes cambios”.
El asunto es que el universo, o al menos el rincón del universo que involucra competir por recursos (llámese plata, atención, clientes o fondos públicos), parece tener una preferencia desproporcionada por el esfuerzo concentrado, recompensando mucho menos al que solo “salva”.
Pensemos en esto como si fuera la hoja de personaje de un videojuego de rol.
Tienes 100 puntos de habilidad. La“estrategia del maestro chasquilla” es poner 10 puntos en gásfiter, 10 en electricidad, 10 en albañilería, 10 en mecánica, 10 en computación… y así.
El resultado es un personaje que te deja la llave del baño goteando, te hace un corto circuito y te deja el muro chueco. Este equilibrio se traduce en una inutilidad equilibrada para cualquier tarea que requiera más que un arreglo superficial. No puedes construir una casa. No puedes arreglar un motor. Pierdes la confianza del cliente.
Comparemos eso con el jugador que pone 80 puntos en electricidad y 20 en construcción. Es una apuesta clara. Ciertamente es vulnerable en otras áreas (no le pidas que te arregle el calefon), pero puede instalar el sistema eléctrico de un edificio de 10 pisos sin que se incendie. Ha alcanzado un umbral de competencia.
La realidad está llena de umbrales.
Hay áreas donde ser un poco competente no sirve. Ser más o menos un ingeniero estructural antisísmico es inaceptable. Ser casi un productor de vino de clase mundial no te lleva a ninguna parte. En muchas áreas críticas, la recompensa no es lineal. El 10% del esfuerzo necesario puede rendir el 0% del éxito hasta que cruzas el 95% del esfuerzo necesario.
La picada con sushi falla porque hacer sushi decente requiere un umbral: un proveedor de salmón fresco (no el congelado de supermercado), un sushiman que sepa lavar el arroz, un control de cadena de frío brutal.
Hacer un buen lomito requiere otro umbral completamente distinto: buena marraqueta, carne blanda de un buen proveedor, una buena plancha. El local, al dividir sus recursos (plata, tiempo del cocinero, espacio en el refri), lucha por alcanzar ambos umbrales y generalmente no logra ninguno.
Fracasa por defecto.
¿Por qué es tan tentador entonces? ¿Por qué muchos nuevos emprendimiento en Chile dice que va a ser bueno, bonito y barato?
Sospecho que se debe a un miedo fundamental a la compensación. Admitir que para ser el más barato de Estación Central, probablemente no puedo tener la calidad de Alonso de Córdova se siente como una derrota. Estrategia es la palabra elegante que usamos para elegir qué batallas vamos a perder a propósito.
Si eres una viña, puedes apostar por ser Concha y Toro (gigante, masiva, eficiente en volumen). O puedes apostar por ser una viña boutique de autor en Apalta (pequeña, cara, ultra-especializada). Ambas son apuestas claras. El terreno pantanoso es la viña boutique masiva. El intento de serlo generalmente solo deja un vino caro que sabe a vino en caja.
Aquí es donde la gente suele levantar la mano y decir: Un momento! ¿Y qué pasa con el ingenio chileno? ¿Qué pasa con la adaptabilidad?.
Es un argumento que vale la pena explorar, aunque puede ser una confusión de términos.
El chasquilla verdaderamente exitoso, ese que admiramos, rara vez es un personaje con 10 puntos en todo. Suele ser, de hecho, un especialista en integración.
Su habilidad de “80 puntos” es la síntesis o la gestión del caos. Su apuesta clara es: “quizás no seré el mejor soldador, pero seré el mejor en traducir lo que quiere el arquitecto a lo que necesita el gásfiter para que la obra avance hoy.” Eso es una apuesta clara. Es una especialización. Están escalando una colina muy específica: la colina de la “meta-organización.”
El verdadero fracaso, el centro confuso del que hablaba Michael Porter (sin ponernos demasiado académicos, es el concepto), es la indecisión. Es el que no ha elegido.
Si estás en un paisaje lleno de colinas (cada colina es un nicho de mercado, una habilidad, una estrategia), una de las peores decisiones es quedarse en el valle, equidistante de todas las colinas, tratando de caminar hacia todas ellas a la vez dando pequeños pasos en círculo.
Una estrategia real implica elegir una colina. Cualquier colina. Empezar a escalar.
El acto de elegir es aterrador para cualquiera. Te cierra puertas. «¿Y si elegí la colina equivocada? ¿Y si esa colina de allí (la del ‘sushi’) era más rentable que esta (la del ‘lomito’)?»
Es posible. El punto es que mientras estás escalando tu colina (la del lomito), al menos obtienes una vista. Te haces conocido por “los mejores lomitos”. Te vuelves bueno escalando (optimizas tu plancha, consigues mejor pan y conoces excelentes proveedores que te servirán en el futuro).
El tipo que se quedó en el valle “manteniendo sus opciones abiertas”con su menú de 20 páginas sigue en el valle. No ha ido a ninguna parte. No tiene vista. No tiene habilidades. Y probablemente está fundido.
La claridad estratégica no tiene tanto que ver con tener una bola de cristal y saber cuál es la colina correcta. Tiene mucho más que ver con entender que no puedes escalar diez colinas a la vez. Se trata de comprometer recursos finitos (tiempo, plata, neuronas) de una manera que te permita, al menos, cruzar un umbral de competencia.
El mundo tiende a recompensar mucho más al que es muy bueno en algo, que al que lo intenta un poco en todo.
No puedes escalar diez colinas. Elige una. Si vas a vender lomitos, que sean los mejores. Si le pones sushi al menú, acabas de admitir que tus lomitos no eran lo suficientemente buenos