En mi casa de niño había un interruptor de la luz que solo funciona si previamente has encendido otro en una habitación diferente. No hay ninguna razón eléctrica para esto. Un electricista diría que es un error de cableado, pero en mi familia le decimos «la norma».
Mi padre te hubiese mirado con terror si hubieses sugerido tocar el panel, recordándote la vez que alguien lo intentó en el noventa y ocho y el sistema cayó.
Es fácil burlarse de esto.
Pero si has trabajado en corporativo, sabes que los sistemas empiezan a comportarse como esa lavadora redonda que tenía tu mamá por allá en los noventa. Ya sabes cuál. La que hacía un ruido infernal y gastaba energía a lo tonto dando vueltas inútiles si no la cargabas perfecto. Con suerte terminaba lavando la ropa. Y nadie se atrevía a cambiarla.
Mi papá tenía una radio reloj que solo sonaba si le dabas un golpe seco en el costado izquierdo. Nunca la llevó a reparar. Decía que el golpe era parte del circuito.
La guardó en un estante hasta que dejó de funcionar del todo, supongo que un día en que el golpe ya no bastó. Nunca entendí por qué prefería golpear la radio antes que repararla (haciendo memoria creo que yo la rompí). Quizá simplemente no quería gastar plata. O quizá disfrutaba el pequeño ritual. No lo sé.
De hecho, ahora que lo pienso, tampoco sé si esa historia tiene algo que ver con las organizaciones. La recordé mientras escribía esto y me costó borrarla de mi cabeza. A veces pienso que heredamos esa paciencia rara con las cosas que vibran.
Durante mucho tiempo pensé que el problema de las oficinas era simplemente software antiguo o gerentes sin ñeque. Si me hubieras preguntado hace cinco, habría dicho que bastaba con borrar las reglas absurdas y migrar la base de datos.
Con la limpieza hecha, podíamos empezar de nuevo.
De hecho, una vez intenté hacerlo. Conseguí permiso para reescribir un sistema interno de reportes. Tardé tres meses, me sentía muy listo y cuando lo implementé, bodegas me llamó a los dos días para decirme que habían perdido algunos datos. Tuve que ayudarles a recuperar los archivos viejos, uno por uno, mientras me maldecían en silencio. Ahora ya no estoy tan seguro. Hay algo en la forma en que se acumulan los parches que sugiere que el motor principal es otro. El asunto se parece más a un acto reflejo.
Uno lee o recuerda el principio de Chesterton y la conclusión es bastante clara. No hay que tirar la valla sin saber por qué está ahí. Tiene sentido. Pero luego vas a una notaría y te das cuenta de que a veces la valla ya no está, solo quedó el letrero que dice «no pasar». Y la gente sigue rodeándola. Sacas un número y esperas tu turno. Acto seguido, un señor timbra un papel certificando que estás vivo.
El timbrecito de goma te da identidad legal. Nadie sabe explicar el motivo. A fin de cuentas, todos asumen su necesidad ineludible.
Pasa igual con los formularios oficiales del estado. Cada campo obedece a un capricho legal o a alguna norma antiquísima. Esa torpeza administrativa representa el historial de crisis de la institución. El conjunto es un equilibrio frágil mantenido a fuerza de parches. Conocer la historia del trámite por supuesto, jamás le devolverá el tiempo perdido al ciudadano que tiene el papel en la mano.
Pero hay veces que uno se detiene y piensa que quizá está siendo injusto.
Alguien podría argumentar que toda esa burocracia es ineficiencia pura. La verdad es que cumple un propósito oculto, garantizando que las instituciones protejan a los débiles de los fuertes.
Que cada formulario y firma exigida funciona como un pequeño freno contra el abuso. Que si simplificamos demasiado alguien más pillo encontrará la forma de saltarse la regla. Y tienen un punto. Recuerdo hace años atrás a una señora mayor en una oficina de Chile atiende, luchando con un formulario de varias páginas. Me pareció absurdo. Pero luego me enteré de que ese formulario era lo único que impedía que alguien reclamara su pensión dos veces. A veces este tipo de ineficiencias es el precio de la justicia.
Los bancos usan código de los setenta. Todo el mundo lo sabe. Lo curioso es que, a veces, ese código viejo es más estable que lo nuevo. El código es un desastre. Lo que pasa es que ya nadie se atreve a tocarlo.
Me tocó veo cómo equipos jóvenes intentan reescribirlo y terminan creando tres problemas por cada uno que resuelven. Quizá la inercia nace del miedo, sumado a un instinto de supervivencia pura. A esto los computines le llaman «deuda técnica». Dicho de otro modo, usan un término contable para referirse a algo que se parece más a una herida cicatrizada mal.
Mientras más se acumulan, más difícil es cambiarlas. La gente pierde margen de acción. Lo que antes era una decisión directa ahora exige un mar de formularios. En ese contexto, cualquier iniciativa proactiva te garantiza un problema corporativo de meses.
La primera vez que me di cuenta de esto ocurrió lejos de una oficina, específicamente mientras ayudaba a mi mamá a limpiar un sector de su casa llena de cajas olvidadas. Encontramos cables trenzados revueltos con revistas antiguas. Al fondo también había piezas de aparatos que ya no existían o que ni se usaban. Ella quería tirar todo a la basura. Yo en mi alma de cachurero le dije que esperáramos una semana. Al final, una de esas piezas sirvió para arreglar una juguera que tenías en la cocina.
También pensé en hablar de un refrigerador que tuvimos durante años y que había que cerrar con un golpe de cadera. Al final lo dejé fuera porque ya eran demasiados electrodomésticos para un solo ensayo. Ignoro qué relación tiene esto con la burocracia. Lo único cierto es que desde ese día me cuesta más llamarle «basura» a lo que parece inútil. Tal vez los sistemas no se vienen abajo por estupidez. Tal vez simplemente acumulan capas porque cada capa, en su momento, salvó algo.
Mientras releía este párrafo me di cuenta de que llevo demasiadas metáforas domésticas. Tal vez sea porque casi todos los sistemas que recuerdo estaban en una casa antes que en una oficina. O tal vez simplemente estoy evitando hablar de las veces que vi esto en contextos más serios, donde las consecuencias eran reales, un problema mucho más grave que una simple molestia.
A veces uno llega al muro donde inyectar más presupuesto ya no mueve la aguja. Cada nuevo paso parece justificable, usualmente agregando una regla anti-errores o comprando un software que promete salvarnos.
Curiosamente, la salida sensata suele ser frenar. Un momento para simplificar y volver a lo esencial. Preguntarse qué problema se intentaba resolver en primer lugar. En educación esto es especialmente visible.
Llenan las escuelas y universidades de plataformas digitales obligatorias, exigiendo un papeleo absurdo con la intención de subir el nivel. Basta mirar el uso del tiempo en ciertas reuniones para notar el fenómeno. Las horas reales de docencia terminan secuestradas por el llenado compulsivo de planillas para demostrar que se está enseñando.
La complejidad es inevitable en áreas como la medicina o los procesos judiciales. Son el costo de coordinar escalas enormes. Lo curioso es que cuanto más incomprensible es un trámite, más prestigio acumula dentro de la institución.
Esos trámites inservibles adquieren un estatus intocable, como si la dificultad misma probara su legitimidad. No sé si hay una forma limpia de limpiar todo esto sin romper los cimientos. Quizá los sistemas grandes simplemente acumulan peso con el tiempo, como los corales o los anillos de los árboles.
Lo único que sé es que uno empieza a notar los interruptores raros y las vallas sin cerca. Llegado a ese punto, las lavadoras que vibran se vuelven imposibles de ignorar. Y a veces solo a veces… ese ruido es lo único que te dice que la máquina sigue encendida.