Portada del libro

Digamos que eres el CEO de una empresa mediana y tu jefe de operaciones acaba de saturarse por completo tras intentar coordinar ventas, mantenimiento y logística intentando coordinar todo con herramientas inconexas y procesos que no han cambiado en décadas.

Era predecible que algo así ocurriera. Lo sorprendente es que haya aguantado tanto tiempo.

Podrías darle unos días libres. O podrías hacer lo que han hecho varias organizaciones: recurrir a Gharajedaghi antes que aceptar que toda la operación depende de un solo olfato gerencial.

El libro no promete nada tan reconfortante como soluciones. Ni siquiera te ofrece el placebo habitual de “modelos exitosos replicables”.

Lo que entrega es algo peor: una sospecha metódica de que lo que entendemos por “gestión” está desfasado respecto al tipo de problemas que realmente enfrentamos. Como un médico del siglo XIX intentando hacer neurocirugía con un abrelatas.

Gharajedaghi parte de una idea simple y desagradablemente útil: los sistemas complejos se comportan como cosas con vida propia.

Si alguna vez participaste de una reunión de comité donde todos los presentes eran inteligentes, responsables y razonable y aún así salieron con una decisión catastrófica, ya conoces esta dinámica.

La relevancia del texto se explica sola: vivimos rodeados de sistemas que parecen diseñados por un gato sobre una consola de comandos.

Gente que no puede actualizar sus datos bancarios porque el sistema no “dialoga” con otro. Empresas que funcionan con software que solo corre en Internet Explorer 6. Países enteros que toman decisiones económicas usando metafísicas heredadas del paleolítico gerencial.

Es decir, la idea de Gharajedaghi no es “piensa diferente”. Es “piensa de un modo que no te lleve directo a la autodestrucción burocrática”.

Una buena parte del libro se alinea de forma no declarada, con ciertas líneas del pensamiento (Stafford Beer, Gregory Bateson) y también con los psicodramas de las empresas que creen estar en control de su destino.

La metáfora central que sobrevuela su enfoque es que gestionar una organización es más parecido a “diseñar un ecosistema funcional que a ensamblar una tostadora.”

Hasta aquí todo suena convincente. El marco conceptual es sólido y te obliga a mirar más allá de procesos aislados. Pero pienso que hay un límite práctico: este tipo de libro funciona como chispa en un offsite. Abre discusiones que en la normalidad quedarían escondidas bajo reportes o métricas y te fuerza a plantear preguntas distintas.

El problema es el salto a la rutina diaria. Para convertir esa conversación en acción, el equipo tendría que manejar un lenguaje compartido de pensamiento sistémico: saber identificar bucles, leer demoras, mapear reglas…en fin.

Sin ese entrenamiento previo, la discusión queda suspendida. En mi caso, lo más realista fue usarlo como marco para pilotos pequeños y poder compartillo con un par de colegas, y a partir de ahí generar ese vocabulario desde la práctica.

En esto, Gharajedaghi contrasta con autores como Michael Porter (con su amor por las ventajas competitivas estáticas) o incluso con Drucker, quien a pesar de su enfoque humanista, aún veía a la organización como una máquina perfeccionable. 

Gharajedaghi la ve como un organismo medio histérico que aprende, olvida, se sabotea y,si uno tiene suerte, evoluciona.

Antes de despedazar las propuestas de Porter y Drucker, conviene reconocer por qué funcionaron. Porter tenía razón cuando describía industrias donde las ventajas competitivas eran lo suficientemente estables como para ser excavadas y defendidas como minas.

Su modelo era casi geométrico: proteger perímetros, reforzar entradas, erosionar rivales. Funcionó en sectores como alimentos procesados o seguros, donde los flujos de información eran lentos y las normas, predecibles.

Drucker por su parte, fue importante en dar dignidad al conocimiento tácito, mucho antes que otros hablaran de “capital humano”. Si hoy parece limitado es porque su máquina bien aceitada aún funcionaba, porque miraba una época donde aún había engranajes.

Uno de los méritos centrales del libro es insistir en que el poder y el conocimiento, cuando se acumulan demasiado en un solo nodo, comienzan a actuar como un tumor.

Todo el sistema empieza a girar alrededor de esa acumulación, y eso crea puntos débiles que no se ven hasta que ya es tarde. No es una cuestión ética, es casi física. Como ver un puente vibrando de una forma que sabés que lo va a romper. No tiene que ver con las intenciones. Es simplemente cómo se rompen las cosas

Si alguien sugiere “distribuir el conocimiento crítico en la organización” como si fuera una cuestión moral, puedes descartarlo. No lo es. Es una cuestión de geometría de riesgo.

Un cálculo grosero basta: si tienes una línea de producción con 6 nodos críticos y solo una persona entrenada para cada uno, la probabilidad de interrupción por ausencia inesperada escala de forma no lineal con el número de exclusividades.

En cambio, si al menos tres personas conocen cada nodo, el sistema puede absorber fallas con un 75% menos de riesgo operativo (y sí, eso está modelado: se llama bus factor).

Lo mismo con la “compatibilidad temporal”: equipos que operan con ventanas de planificación desfasadas más de 4 meses respecto a las áreas de soporte tienden a presentar un 60% más de retrabajo en procesos de integración. Esto es un sesgo medible.

Para ilustrarlo: piensa en una fábrica donde solo una persona sabe cómo calibrar la línea de envasado. Puede parecer una solución eficiente… hasta que esa persona se atraganta con un alfajor y la producción entera queda detenida tres semanas.

Pero tal vez lo más provocador del libro no esté solamente en sus propuestas, tambien en el silencio. Gharajedaghi habla de equilibrio entre poder, riqueza, normas, valores y conocimiento. Pero evita responder qué hacer cuando ese equilibrio solo se restablece a través del conflicto.

Qué pasa cuando el conocimiento acumulado está obsoleto, los valores institucionales son sólo decoración (muy cínica) y las normas tienen más relación con la autojustificación legal que con la coordinación operativa.

En esos casos, su modelo se parece más a un manual de jardinería dado a alguien que está tratando de sobrevivir en medio de un incendio forestal.

Un ejemplo real que desafía el modelo sería Uber en su etapa inicial. La compañía no buscó equilibrio. Lo evitó activamente. Ignoró normas legales, despreció las reglas del mercado tradicional y acumuló poder de manera agresiva para crear una nueva estructura que luego otros fueron forzados a aceptar.

Desde el pensamiento sistémico clásico, esto es una herejía. Desde la lógica del sistema como campo de batalla emergente, es simplemente una mutación exitosa.

Uber no rompió las reglas porque fueran injustas. Las rompió porque no eran virales. El sistema de licencias de taxi, tan lento como legal, no generaba memes, retuits ni narrativas heroicas. En cambio, “una app que te salva de la lluvia” sí. Su éxito inicial fue menos económico que mimético.

Cada conflicto con reguladores alimentaba el relato de rebelión funcional. Desde una lógica de sistemas tradicionales, esto parece sabotaje. Desde la dinámica memética, es simplemente homeostasis darwiniana: gana quien se convierte en argumento.

La moral aquí es irrelevante. Lo que importa es qué tipo de comportamiento sistemáticamente produce réplicas.

El concepto de emergencia (el hecho de que la interacción entre elementos produce cualidades irreductibles a esos elementos) es una de las joyas del libro.

Es también la razón por la cual intentar explicar el éxito o el fracaso de una organización solo mirando su organigrama es como intentar entender una novela analizando el peso molecular de la tinta.

Esto lo he visto en la práctica. Equipos con personas excelentes que producen resultados mediocres porque sus interacciones están mediadas por dinámicas de desconfianza pasiva-agresiva, como esa cena familiar que todos fingen disfrutar.

O el fenómeno inverso: áreas donde nadie es brillante, pero las relaciones son tan bien calibradas que emergen soluciones inesperadas, como si el sistema tuviera su propio ingeniero secreto.

Yo mismo he estado en equipos con gente muy capaz donde los resultados fueron mediocres y también en grupos sin estrellas donde el ambiente de confianza generó grandes soluciones. Eso me convenció de que lo importante es cómo se relacionan las piezas (y no son las piezas).

Una metáfora posible para ilustrar la diferencia entre gestión tradicional y pensamiento sistémico es la del hígado.

En la lógica clásica, el hígado es una “unidad funcional” con tareas específicas. En la lógica de Gharajedaghi, el hígado no es solo un órgano: es un actor que interactúa con cientos de señales, responde a desbalances, genera adaptaciones complejas y a veces falla sin que ninguna célula individual haya hecho algo incorrecto.

Un directivo que piensa sistémicamente se comporta más como un hepatólogo que como un director de orquesta.

Ahora, ¿qué pasa con la velocidad? Aquí aparece una fricción que no se puede evitar: entender un sistema lleva tiempo y actuar dentro de él muchas veces no lo permite. Este desfase es letal.

Un gerente que se detiene a analizar las “dinámicas ocultas de poder” entre los equipos de soporte mientras el sistema de refrigeración colapsa es un buen pensador sistémico… y un mal operador. Lo ideal, claro, es poder hacer ambas cosas. Caminar y masticar chicle…. Lo real es que casi nadie puede.

Pensar sistémicamente suena bien hasta que uno pregunta: ¿y cómo sabremos si funciona?

Por ejemplo, si rediseñamos el flujo de coordinación entre soporte técnico y ventas usando principios de aprendizaje operativo (es decir, documentando fallas semanalmente y ajustando estructuras cada dos meses), deberíamos ver una caída del 20% en los tickets escalados innecesariamente en el próximo semestre.

Si eso no pasa, el modelo no sirve.

El pensamiento complejo necesita predicciones simples para no disolverse en «bruma intelectual». El verdadero rigor es poder equivocarse en voz alta (no es sonar sofisticado).

La solución de Gharajedaghi, aunque implícita, parece estar en el diseño: crear estructuras que aprenden mientras operan. Pero eso suena mejor en PowerPoint que en la línea de producción.

Otro concepto valioso es el de compatibilidad temporal.

No basta con alinear estructuras verticales (jerarquía) y horizontales (colaboración): hay que sincronizar pasado, presente y futuro.

Suena místico, pero es simplemente el reconocimiento de que una empresa gestiona lo que hace, también lo que recuerda y lo que espera.

Ignorar esto lleva a cosas como planes estratégicos que contradicen la memoria institucional o iniciativas de cambio que despiertan el síndrome de Estocolmo organizacional.

Nada de lo anterior es doctrina. Es observación informada por lecturas, casos reales y conversaciones con gente que ha visto sistemas morir desde dentro.

No hay modelo universal aquí, solo mapas parciales. Hay intuiciones que se repiten lo suficiente como para sospechar que algo las conecta. Las anécdotas no son prueba, pero tampoco son ruido: son ecos de patrones no formalizados.

El riesgo por supuesto, es forzar una teoría que solo está medio viva. Pero el riesgo mayor es operar con modelos que hace tiempo dejaron de respirar y siguen siendo tratados como oráculos.

En definitiva, Gharajedaghi pide consciencia del sistema antes de cambiarlo. Pero lo que se deduce de muchas de sus páginas es otra cosa: hay momentos donde romper es la única forma de cuidar.

Donde el equilibrio se restablece solo a través de una crisis controlada. Como una poda radical o una cirugía.

Y en este punto hay que preguntar ¿hasta qué punto nuestras organizaciones deben ser “sostenibles” y hasta qué punto deberían ser diseñadas para autodestruirse parcialmente cada ciertos años?

¿Queremos sistemas estables o sistemas que aprendan a morir un poco cada tanto para sobrevivir más tiempo?

En los años 90, Intel rediseñó su arquitectura interna para acelerar decisiones técnicas sin sacrificar coherencia estratégica.

Creó una estructura de “concurrencia sincronizada”: decisiones distribuidas, pero con checkpoints temporales rígidos. Resultado: logró escalar complejidad técnica sin perder foco.

En cambio, Kodak (con todo su conocimiento acumulado) fue incapaz de reorganizar sus estructuras internas para lidiar con la velocidad de la fotografía digital. Su error fue de diseño: el conocimiento vivía en silos, las alertas no encontraban eco operativo y la estructura no sabía aprender. Mismo desafío y distinto mecanismo. Uno se adaptó, pero el otro murió

Volvamos al comienzo. El libro es valioso porque no promete salvarte. Promete «confundirte mejor».

Te permite dejar de mirar los problemas como fallas locales y empezar a verlos como patrones que se retroalimentan.

En definitiva, Gharajedaghi te ayuda a pensar. Pero también exige abandonar el modelo favorito justo cuando deja de dar resultados (no después), aunque haya costado años construirlo

Y para ello debes hacerlo con calma y atención. Como alguien que entendió que el sistema perfecto es aquel que acepta su obsolescencia como parte de las reglas del juego.

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