Cada vez que abro LinkedIn, siento cierto grado de incomodidad, una especie de molestia leve (una sensación que no tengo palabras para describirla, porque cringe no es), como cuando alguien te cuenta por quinta vez que está haciendo ayuno intermitente y no puedes huir de esa interminable conversación.
Esa incomodidad difusa que sentimos al navegar por LinkedIn merece un nombre, para poder examinarla como un espécimen. Podríamos llamarla «desgaste por credibilidad performática»
Este fenómeno se compone de tres elementos principales.
Primero, el uso de un lenguaje que señala ambición sin ofrecer contenido verificable. Segundo, una incongruencia observable entre el entusiasmo proyectado (celebrar una nueva certificación, un aniversario laboral) y la trivialidad objetiva del evento. Y tercero, la demanda implícita de una respuesta puramente afirmativa del espectador.
Al etiquetarlo, dejamos de percibirlo como una simple molestia personal y empezamos a verlo como el producto predecible de un entorno con incentivos muy específicos.
Ahora bien, no me molesta que las personas compartan sus logros. Lo que me incomoda es el formato que parece dominar la plataforma: publicaciones pulidas al extremo, llenas de frases brillantes que no dicen mucho, acompañadas de emojis estratégicamente ubicados y una necesidad evidente de impresionar.
En teoría, LinkedIn sirve para conectar profesionales. En la práctica, parece un desfile de autopromoción.
El problema no es que la gente quiera mostrar lo que hace. Es que la manera de mostrarlo parece una actuación ensayada. Como si en vez de escribir algo genuino, todos estuviéramos siguiendo un guión aprendido en un taller de storytelling corporativo.
Por ejemplo ejemplo:
«¡Feliz día del #networking a todos mis contactos! Sigamos liderando la transformación digital y cultivando relaciones significativas que potencien nuestro crecimiento exponencial.»
¿Quién habla así en la vida real?
La frase es netamente hueca, no tiene tono personal y no hay ideas detrás. Solo una sucesión de palabras bienintencionadas que si las analizas bien suenan vacías.
Otra forma de entender este fenómeno es considerar que este lenguaje vacío es su principal mecanismo de filtrado. Para un reclutador o headhunter que debe revisar cientos de perfiles, un texto con ideas complejas o un tono idiosincrático representa una variable desconocida, un riesgo.
En cambio, una publicación que usa la cadencia esperada sobre «sinergias exponenciales» y «liderazgo disruptivo» funciona como una contraseña. No comunica una idea, comunica conformidad….Es una señal de bajo costo que indica «entiendo las reglas no escritas de este entorno y estoy dispuesto a operar dentro de ellas».
La carencia de algo es precisamente su función, pues elimina cualquier fricción ideológica y acelera el proceso de selección hacia candidatos predeciblemente integrables.
Y sí, ya sé que a veces las personas escriben así porque piensan que eso es lo que se espera. Pero ahí está el núcleo del asunto, ya que si el estándar de comunicación profesional implica sonar artificial, algo está mal en el modelo.
A nivel organizacional, esto también tiene efectos.
Cuando la forma de hablar en lo público se vuelve demasiado pulida, lo privado tiende a imitarla. La retroalimentación dentro de equipos empieza a tomar el mismo tono seguro pero vacío. Se vuelve más difícil decir lo que realmente se piensa, no solo en redes, también en salas de reunión. Y esa distancia va diluendo la confianza.
Lo que se percibe en LinkedIn es un síntoma de cómo las instituciones modernas convierten la comunicación en una forma de actuación. Al igual que en una conferencia académica donde el formato condiciona más que las ideas, en LinkedIn lo que se premia es la capacidad de traducir la información al dialecto de la autopromoción.
Ese lenguaje, repetido hasta el cansancio, termina moldeando lo que se entiende por profesionalismo y relega cualquier expresión que no encaje en ese guion colectivo.
II
Hay una presión implícita en LinkedIn… parecer exitoso.
Incluso cuando estas lejísimo de serlo. No hay espacio para el error, el cansancio o la duda. Todo lo que se publica debe transmitir «energía positiva, resiliencia, liderazgo, iniciativa». Es como estar en una entrevista de trabajo eterna, pero sin saber quién te está evaluando.
Este tipo de ambiente genera un fenómeno bastante curioso, «el falso tono humilde». Muchas publicaciones combinan alarde con una modestia simulada.
La fórmula suele ser algo así:
«Aún no me creo que haya sido elegido como parte del equipo de estrategia global. Me siento honrado de trabajar con gente tan talentosa».
Traducido: “Me ascendieron. Y aunque quiero que lo sepas, también quiero parecer humilde mientras te lo cuento”.
Este tipo de frase empobrece la conversación. Porque no hay un pensamiento detrás. Solo hay una intención, la de quedar bien.
Las interacciones no ayudan. Comentarios como “¡Qué crack!” o “¡Merecidísimo!” se repiten como aplausos automáticos.
Hay poco espacio para el desacuerdo, para la crítica, para la conversación genuina. Todo tiene que sonar impecable, correcto y motivacional.
Es como si estuviéramos atrapados en una versión laboral de Instagram, donde en lugar de cuerpos perfectos mostramos currículums inflados.
Y eso genera distancia. Porque lo más valioso de una red profesional es conectar y no impresionar… pero conectar de verdad. Mostrar dudas, compartir aprendizajes reales, admitir errores. Y eso es justo lo que menos se ve.
Este tipo de lógica también condiciona cómo se forma la reputación profesional. Si la visibilidad depende de sonar entusiasta en todo momento, entonces los cargos, los premios y los seguidores terminan pesando más que los aportes.
Lo que se premia es la capacidad de armar posteos que funcionen en el algoritmo. Y eso con el tiempo, contamina cómo se reconoce el valor en entornos más amplios.
Si exploraramos las causas con más detalle, vemos que la explicación de la «presión social» es muy proabable, pero podría ser solo una pieza del rompecabezas.
Otra hipótesis es la de la selección algorítmica. El feed de LinkedIn parece optimizado para interacciones de baja fricción, como «likes» y comentarios de una sola palabra. El contenido positivo, genérico y emocionalmente simple genera este tipo de engagement mucho más fácilmente que un análisis técnico matizado.
Con el tiempo, el algoritmo simplemente selecciona y promueve el tipo de comunicación que mejor se adapta a sus métricas, llevando a un ecosistema donde «la expresión más exitosa es también la más hueca».
Una tercera vía es la de la aversión al riesgo informativo. Si lo vemos dentro del contexto profesional, el costo de expresar una idea original que sea malinterpretada es potencialmente alto, mientras que el costo de publicar una frase motivacional vacía es cero. El sistema incentiva la comunicación de riesgo nulo…nadie se quiere arriesgar.
Cuando un tipo de publicación empieza a recibir aplausos y visibilidad, se convierte en molde. Los demás lo imitan, porque nadie quiere arriesgarse a sonar raro en un entorno profesional. Así, poco a poco, todo empieza a sonar igual. Y en ese escenario, alguien que comparte una duda genuina o un error con aprendizaje queda enterrado debajo de quienes repiten la retórica entusiasta que el algoritmo ya aprendió a premiar.
Y si no te alineas con el tono dominante, te sientes fuera de lugar… Como si hablar en tu propio lenguaje profesional te restara valor. ¿Qué pasaría si fuera al revés? ¿Y si LinkedIn funcionara como Reddit? ¿Y si las validaciones vinieran por contribuciones, no por cargos? ¿Y si la autoridad viniera por ideas, no por hashtags?
¿Y si directamente creáramos una red profesional donde el valor lo dieran los aportes verificables y no los títulos?
Una donde la reputación se construyera sobre lo que publicas, no sobre cuántas palabras en inglés tiene tu cargo. Donde el algoritmo no empujara lo más “motivador”, sino lo más útil.
No digo que esto sea simple.
Pero al menos es una idea concreta. Probablemente fallaría, como casi todo lo que intenta cambiar dinámicas sociales. Pero también puede incomodar lo suficiente como para obligarnos a repensar lo que tenemos. Y eso ya sería ganancia.
Una red de ese tipo tampoco sería perfecta. Pero permitiría que la autoridad profesional se vincule más con la capacidad de aportar a un tema que con el rol que figura en un perfil.
Puede sonar a detalle menor, pero ese detalle define si la conversación la lidera alguien con algo que decir o alguien con un cargo inflado en inglés.
Para poner a prueba estas intuiciones, podemos imaginar un experimento controlado. Voy a crear dos perfiles idénticos en cuanto a experiencia y formación.
El Perfil A, «El Articulador», publica análisis detallados de su sector, comparte fracasos con lecciones aprendidas y debate ideas complejas. El Perfil B, «El Optimizador», sigue el manual a la perfección, publicando sobre sus logros con falsa humildad, usando los hashtags de moda y comentando «¡Gran aporte!» en publicaciones de otros.
Mi hipótesis es que, tras seis meses, el Perfil B tendría un 40-60% más de interacciones de reclutadores y un crecimiento mayor en su red de contactos. Esto sugeriría que el sistema la «legibilidad profesional» dentro de su propio dialecto codificado (no recompensa el «valor profesional»)
III
Lo más irónico de todo es que LinkedIn es útil.
Sirve para encontrar trabajo, para conocer personas con intereses comunes, para aprender de experiencias ajenas. Pero se ha llenado de un tipo de contenido que hace que muchos usuarios sientan que no pertenecen allí.
Especialmente si no están brillando o no dominan el léxico de los “innovators” y “changemakers”. Y claro, lanzar una crítica desde la misma plataforma es ponerse en bandeja. Siempre hay alguien que responde con “¿si no te gusta, para qué sigues aquí?”.
Y sí, la pregunta pega. Uso LinkedIn, me aporta cosas, pero también me molesta un poco. No lo miro desde afuera, lo vivo a medias y cada vez que abro el feed me pregunto por qué una red con tanto potencial se siente como un concurso de frases prefabricadas.
Alguien también podría decir que este ensayo no propone soluciones.
Y es cierto: no hay aquí un método paso a paso para tener un perfil perfecto. Pero si sirve de algo, ofrezco un principio básico: hablar como uno mismo.
Escribir en LinkedIn con el mismo tono que usarías en una conversación seria con un colega. No necesitas fingir que eres un gurú, ni llenar tu post de hashtags que no entiendes. Puedes contar una historia que te pasó en el trabajo sin necesidad de convertirla en una moraleja. Puedes compartir una duda sin disfrazarla de victoria.
Y si te preocupa parecer poco profesional, no te alarmes. Ser claro no es lo mismo que ser informal. Tener ideas propias no es falta de respeto. Mostrar errores no es perder autoridad.
Ahora bien, no conviene olvidar que esa retórica tan pulida también cumple una función. Sería ingenuo negar que la «retórica pulida» tiene una función. LinkedIn se ha convertido en un espacio donde muchos buscan reconocimiento rápido y esa uniformidad reduce el costo de interactuar.
La comunicación estandarizada ofrece señales fáciles de interpretar para reclutadores, colegas y clientes. Alguien podría decir que sin esas convenciones el ruido sería mayor y el tiempo de selección se multiplicaría.
El problema aparece cuando la utilidad inicial se transforma en regla, porque entonces la forma absorbe a la sustancia y lo que se pierde es precisamente lo que vuelve valiosa a una red de contactos, la posibilidad de acceder a ideas distintas y a experiencias relatadas con autenticidad.
Lo que está en juego es la posibilidad de tener conversaciones que sirvan para algo. Si las redes profesionales no logran escapar del tono impostado, se vuelven poco útiles. Lo urgente pasa por construir un espacio donde se pueda intercambiar sin actuar. Y para eso hace falta algo más que redacción prolija: hace falta un cambio en cómo definimos lo que es profesional.
Ahora bien, soy consciente de que este texto tiene sus riesgos. El sarcasmo puede sonar arrogante, sobre todo para quienes leen desde una posición de autoridad. Criticar LinkedIn desde LinkedIn siempre se puede ver como un gesto contradictorio, casi como morder la mano que te alimenta. También es cierto que a veces escribo desde la frustración y eso puede darle al ensayo un tono de desahogo.
Pero aun con esas limitaciones, sigo pensando que vale la pena señalar lo que no funciona y plantear formas distintas de usar la plataforma, aunque sean incompletas.
Esas observaciones son válidas. Pero no creo que la solución sea callar. Creo que vale más reconocer nuestras contradicciones y escribir igual. Porque si vamos a usar LinkedIn, al menos que lo hagamos con una voz propia.
¿Vale la pena usar LinkedIn? Sí. ¿Vale la pena cuestionar cómo lo usamos? También. Lo difícil es hacer ambas cosas al mismo tiempo sin quedar como un cínico o un ingenuo.
Si parece una exageración, alcanza con mirar a la arquitectura. Tal vez la comparación más clara esté en el brutalismo.
Ese movimiento prometía funcionalidad absoluta: bloques de hormigón gigantes que resolvían el problema de la vivienda a gran escala. LinkedIn lanzó una promesa parecida en su terreno, conectar a millones de profesionales con la máxima eficiencia.
El resultado en ambos casos se parece demasiado. La promesa se cumple en lo práctico, pero lo que se construye alrededor resulta estéril. En un barrio de bloques de cemento o en un feed lleno de frases prefabricadas, la sensación compartida es la misma: alienación.
Los muros de hormigón y los posteos de “liderazgo disruptivo” hacen lo mismo: son piezas baratas para construir algo enorme, aunque nadie disfrute demasiado de vivir adentro.