
Cada cierto tiempo aparece un libro que promete anunciar la llegada de un nuevo orden tecnológico.
Esta vez fue Michio Kaku, con un título que parece diseñado para no dejar ningún espacio a dudas. “Supremacía cuántica…” El subtítulo no se queda atrás, planteando la idea de una revolución que “lo cambiará todo”.
Es una forma de escribir que funciona muy bien en las vitrinas y en los titulares, pero que se vuelve más frágil cuando se contrasta con la realidad que hoy muestran los laboratorios.
Lo primero que salta a la vista es el optimismo desbordado. Kaku describe un futuro inmediato donde los computadores cuánticos estarán a cargo de diseñar medicamentos, resolver crisis energéticas y predecir con gran exactitud el clima.
Su relato está construido como una línea recta, donde cada paso tecnológico empuja al siguiente si ningún tipo de interrupción. Pero la historia de la innovación es más irregular. Las transiciones rara vez son limpias, y las promesas espectaculares suelen chocar contra cuellos de botella que demoran años en resolverse.
Un buen ejemplo es el experimento de Google con su chip Sycamore. Kaku lo toma como prueba definitiva de que la supremacía cuántica ya fue alcanzada. El problema es que esa misma demostración fue rápidamente cuestionada «irónicamente» por IBM, que mostró cómo un supercomputador clásico podía resolver el mismo problema sin necesidad de qubits. (Acá también hay una nota de Financial Times desmintiendo a Google)
Esta discusión no invalida los avances, pero sí obliga a mirar con distancia cualquier afirmación que se presente como irreversible. En ese sentido, imaginar el despliegue de un computador cuántico en un ministerio ayuda a dimensionar la brecha, que estas mismas instituciones todavía envían documentos por fax y el sitio web colapsa con cada blackfriday.
La distancia entre la promesa y el terreno donde supuestamente se implementaría es demasiado evidente como para pasarla por alto.
Para ser justos, también se puede intentar una defensa de la visión de Kaku. Quizás la revolución cuántica no dependa de un graaaaaan descubrimiento heroico, quizá de algo mucho más aburrido, como ocurrió con el contenedor de carga que rehízo el comercio mundial (disculpar mi salto abrupto, pero actualmente estoy full con este tema).
Lo decisivo fue ponerse de acuerdo en las dimensiones de esta caja de metal y no necesariamente en un barco más rápido.
Ese estándar abrió la puerta a una cascada de innovaciones. En el caso cuántico, podría ser un protocolo de corrección de errores suficientemente aceptado o un lenguaje de programación que abstraiga la física. Si algo así se consolidara, la investigación podría avanzar sobre bases comunes y la curva de progreso cambiaría de ritmo de un día para otro.
Lo que más echo en falta en el libro son los detalles que permiten medir la viabilidad real de lo que se anuncia. No hay casi nada sobre corrección de errores, que sigue siendo un obstáculo central. Tampoco sobre los costos de refrigeración extrema o la dependencia de materiales difíciles de conseguir.
Ni siquiera se detiene en las barreras institucionales que suelen retrasar cualquier innovación antes de que salga del laboratorio. Es como si la tecnología pudiera expandirse sin encontrar resistencias, lo cual nunca ocurre en la práctica.
El contraste se ve también en las cifras: un folleto entusiasta podría prometer reducciones de costos cercanas al 90 por ciento, pero basta invertir el número para entender que el gasto en refrigeración y personal especializado probablemente multiplicaría lo que hoy se invierte en servidores clásicos. El simple ejercicio de alterar los porcentajes ya muestra lo endeble del optimismo.
El problema no termina ahí. El recurso más escaso ni siquiera son los criostatos, sino las personas que saben construirlos y operarlos.
Cada año se gradúan apenas unos pocos cientos de físicos con la formación necesaria para trabajar en hardware cuántico. Ese puñado es disputado por gigantes tecnológicos, agencias de seguridad y startups con capital de riesgo.
Los salarios suben, el talento se concentra y las universidades se vacían, justo donde debería formarse la siguiente generación. Y cada físico necesita un equipo de ingenieros en criogenia, microelectrónica y materiales.
Si se calcula todo el ecosistema humano, el costo de una unidad cuántica funcional no es el sueldo de diez especialistas, sino varias veces más. La infraestructura de talento todavía no existe y construirla llevaría al menos una década.
Al leer desde un lugar como Chile todo esto puede sentirse demasiado distante. ¿Qué tiene que ver la supremacía cuántica con decisiones en sectores que rara vez aparecen en conferencias tecnológicas? Y, sin embargo, si uno piensa en problemas concretos, la conexión no es tan extraña.
La agricultura depende de datos sobre humedad, temperatura y lluvias. Un sistema cuántico que ayudara a procesar esa información podría anticipar patrones climáticos con un par de días extra de aviso. Para un agricultor, eso no significa un “nuevo paradigma productivo”, significa que esta temporada logra salvar media hectárea de tomates que de otro modo se hubieran podrido en la planta.
Algo parecido pasa en logística. La “optimización de rutas” suena abstracta hasta que uno lo traduce: el camión de pollos congelados se demora dos horas menos en llegar al supermercado, los pollos no se descongelan, y nadie tiene que leer un titular sobre “escándalo sanitario en cadena de alimentos”. Ese tipo de casos ilustra mejor lo que podría aportar un procesador cuántico que todas las diapositivas sobre el fin de la era del silicio.
Y por cierto, detenerse en la palabra “supremacía” ya es revelador. Es un término que parecería más cómodo en un comercial de detergente (“ahora con fórmula de supremacía molecular”) que en un paper científico.
El libro adopta un lenguaje de campaña que refuerza esa atmósfera de inevitabilidad, aunque lo que realmente describe todavía pertenece al campo de la investigación preliminar.
Algo similar ocurre en otro terreno: la manera en que se anuncian los avances. El campo de la fusión nuclear ofrece una buena analogía. Cada récord de mantener un plasma estable por unos nanosegundos adicionales se presenta como un salto histórico.
En computación cuántica sucede lo mismo con la adición de qubits que todavía fallan la mayor parte del tiempo. Son logros científicos reales, pero se comunican como si fueran kilómetros recorridos en una carretera recta hacia el destino.
En la práctica, el camino puede ni siquiera parecerse a una carretera. Estos hitos sirven para asegurar fondos públicos y privados que sostienen proyectos de décadas, siempre que se mantenga viva la idea de que la meta está a punto de alcanzarse.
El libro, en cambio, parece escrito para entusiasmar. Y entusiasmar no es malo, siempre que se entienda de qué se trata. El riesgo aparece cuando ese entusiasmo se usa como insumo para tomar decisiones estratégicas.
Consultoras que ofrecen “estrategia cuántica”, universidades preparando másteres de computación cuántica antes de que existan aplicaciones prácticas, empresas que podrían estar pensando (por no quedarse atrás) en rediseñar toda su infraestructura digital solo porque leyeron que los computadores clásicos pronto serán obsoletos.
Ese tipo de dinámicas empuja hacia una burbuja más que hacia un desarrollo sostenido. En mi caso, no puedo dejar de recordar todas las predicciones que subrayé con entusiasmo en otros libros y que nunca ocurrieron.
Tengo en mente autos que debían conducirse solos en 2010, sistemas energéticos que prometían reemplazar al petróleo en cinco años y ciudades flotantes que jamás pasaron del papel. Esa memoria personal no invalida el interés, pero sí funciona como correctivo frente a las narrativas repetidas.
El ecosistema refuerza esta inflación de expectativas. Inversionistas que buscan aumentar el valor de sus apuestas, medios de comunicación que necesitan historias llamativas, universidades que compiten por fondos.
Cada avance parcial se convierte en señal de que la revolución ya está encima. En ese esquema, Kaku cumple un rol reconocible: amplificar la narrativa y vender entusiasmo. No hay nada extraño en eso, pero conviene no confundirlo con un mapa riguroso de lo que está pasando. Y si se amplía la mirada, se reconoce un patrón ya conocido.
Cada década surge una tecnología que promete alterar la economía global. En los noventa fue la inteligencia artificial simbólica, más tarde la nanotecnología… hoy la computación cuántica. Lo constante es el ciclo de proyecciones grandilocuentes, aplicaciones universales y actores que se benefician del relato. Supremacía cuántica es un eslabón más en esa cadena.
Hay un matiz que conviene no perder. La dificultad para anticipar el futuro cuántico no es solamente que el progreso sea lento, es que ni siquiera sabemos si enfrentamos un problema de escalabilidad o un problema de descubrimiento fundamental.
Construir un rascacielos más alto es lo primero, encontrar una cura para el alzhéimer es lo segundo. La computación cuántica contiene elementos de ambos. Aumentar qubits parece un desafío ingenieril, mientras que la corrección de errores robusta se siente como un descubrimiento pendiente.
Esa ambigüedad hace que asignar probabilidades sea un ejercicio más de humildad que de predicción. Mi estimación baja del 10 por ciento para el escenario optimista de Kaku refleja precisamente esa incertidumbre.
El libro también omite preguntas de fondo. ¿Dónde se construirán estos sistemas? ¿Quién tendrá acceso a ellos? ¿Qué países definirán los estándares? ¿Qué ocurrirá con el consumo energético de máquinas que requieren refrigeración a temperaturas cercanas al cero absoluto?.
Ninguno de estos temas se aborda, y son centrales para saber si la computación cuántica se integrará en la vida cotidiana o quedará restringida a un puñado de centros de investigación y corporaciones.
A lo anterior se suma un motor geopolítico que distorsiona los incentivos. Buena parte del financiamiento cuántico no se destina a optimizar cadenas logísticas o diseñar baterías, sino a obtener ventajas estratégicas como romper sistemas de cifrado. Los recursos se canalizan hacia esa meta, mientras que otras aplicaciones quedan relegadas.
A cambio de la inversión, los laboratorios deben mostrar resultados constantes. Eso significa que si un equipo logra mantener un qubit estable por tres microsegundos más que la competencia, inmediatamente hay un comunicado que suena como si hubieran inventado el teletransporte. El ciclo se alimenta solo: los laboratorios necesitan mostrar progreso, los medios necesitan titulares, los políticos necesitan justificar presupuestos. El resultado es un ecosistema donde nunca pasa nada definitivo, pero siempre parece que todo está a punto de pasar.
Lo paradójico es que, pese a estos vacíos, el libro puede servir. No como manual técnico, sino como generador de preguntas. Leído con un poco de escepticismo, se vuelve útil precisamente porque obliga a considerar escenarios que de otra manera ni se discutirían. No hay respuestas sólidas, pero sí hay excusas para abrir conversaciones que suelen quedar fuera de la agenda tecnológica.
Entre las ideas rescatables está la noción de que el silicio se está agotando. La miniaturización de transistores ya se topa con límites físicos. Kaku usa eso para abrir la puerta a los qubits, que suenan mucho más glamorosos que “los ingenieros no saben cómo meter más cosas en el mismo chip”. La explicación es seductora, pero evita mencionar lo difícil que es convertir un fenómeno cuántico en algo que funcione fuera de una vitrina refrigerada a temperaturas cercanas al cero absoluto.
Lo mismo pasa con la llamada supremacía cuántica. En teoría es el momento en que una máquina cuántica hace algo que ninguna máquina clásica puede hacer. En la práctica, seguimos discutiendo si el ejemplo de Google califica como “algo útil” o como “trampa matemática diseñada para impresionar a periodistas”. Esa diferencia entre la definición oficial y la realidad experimentada es el espacio donde florecen los libros que venden futuro.
La lista de aplicaciones es amplia y ambiciosa. Criptografía, nuevos materiales, descubrimiento de fármacos, energía. Cada una de esas promesas tiene un pie en la ciencia y otro en la publicidad. Tomemos la criptografía: es cierto que, en teoría, un algoritmo cuántico puede romper códigos que hoy parecen imposibles.
Pero estamos en la situación de alguien que inventa un martillo capaz de destruir cualquier cerradura… y todavía no logra fabricar un mango que no se rompa con el primer golpe. Mientras tanto, la discusión relevante ya está en otra parte: diseñar cifrados que resistan incluso si ese martillo llegara a funcionar algún día.
La química ofrece un ejemplo similar. Kaku habla de rediseñar la producción de amoníaco, un proceso clave en fertilizantes y gran consumidor de energía. La promesa suena fantástica hasta que uno recuerda que simular una molécula mediana todavía se siente como correr una maratón con un pie enyesado. Si eso ya es un reto, imaginar plantas industriales optimizadas con algoritmos cuánticos queda bastante lejos.
En energía, la narrativa se vuelve aún más ambiciosa. Se mencionan baterías revolucionarias y apoyo a la investigación en fusión nuclear. Aquí lo que falta es separar potencial de factibilidad. Una cosa es decir “esto podría ayudar dentro de treinta años” y otra distinta es hablar como si los cargadores de auto eléctrico fueran a necesitar criogenia la próxima temporada.
El componente económico también aparece, aunque de manera superficial. Kaku plantea que quien domine la computación cuántica dominará sectores enteros de la economía global. La frase suena contundente, pero evita explicar qué significa “dominar”.
Tener un prototipo funcionando en un laboratorio no equivale a desplazar cadenas de suministro enteras. Sin marcos regulatorios, talento humano y mercados preparados, lo más probable es que esa supremacía se quede en el papel.
Hay un área en que sí parece haber consenso: la optimización de procesos complejos. Aquí no se trata de salvar la civilización, sino de hacer que los camiones de reparto lleguen un poco más rápido y que las ciudades diseñen semáforos que no conviertan cada trayecto en un infierno. Esa clase de logros no llena portadas, pero es más verosímil que el sueño de romper el espacio-tiempo con un par de qubits adicionales.
En medicina, el entusiasmo vuelve a pasarse de largo. El descubrimiento de fármacos podría mejorar con simulaciones moleculares más precisas, lo cual es real y atractivo. El problema es que del entusiasmo a las terapias personalizadas inmediatas hay una distancia del tamaño de varias décadas de investigación. Lo que hoy tenemos son proyectos piloto, y lo que el libro entrega es la ilusión de que ya estamos en la etapa final.
Al final, el valor del libro está en lo que omite más que en lo que declara. Obliga a recordar que toda promesa tecnológica tiene costos, condiciones y limitaciones. Con ese filtro, se puede rescatar lo que sirve y descartar lo que es espuma. Para quienes trabajen en sectores que rara vez aparecen en la agenda tecnológica, puede ser un buen disparador de preguntas.
Y si se quiere una conclusión más directa: estimado Kaku, tus libros de física pop siempre han sido entretenidos, pero esta vez el entusiasmo se te fue de las manos.