Cada vez que aparece una nueva capa de conectividad, suena impresionante, pero probablemente cambie menos de lo que promete.
La primera vez que escuché hablar del 5G pensé que había llegado tarde a la fiesta. Conferencias llenas, titulares rimbombantes y futuristas, videos con animaciones donde autos se esquivan en milisegundos.
Pero cuanto más trataba de entender en qué consistía la revolución, más me parecía un déjà vu, es prácticamente lo mismo que escuché con el 4G, lo mismo que alguna vez escuché con el 3G y así sucesivamente.
Lo nuevo llega, funciona, es más rápido, más eficiente, más técnico, pero no transforma lo que realmente importa. Hoy hablamos del 5G, antes fue el 4G y antes el 3G, mañana habrá otro nombre distinto para el mismo libreto.
En teoría, estamos en la antesala de un cambio histórico. Pero en la práctica, lo que tenemos es otra mejora incremental que viene vestida con cara de revolución.
No es que no haya avances, claro que los hay. Pero la diferencia entre decir que algo es útil y decir que va a cambiar la civilización es importante. Y parece que ya nadie quiere quedarse en lo primero.
Me costó llegar a esta conclusión, porque durante meses traté de entender qué tenía de especial el 5G. Técnicamente, es impresionante. Tiene velocidades altísimas y latencias bajísimas según los estudios. Puede conectar muchos dispositivos al mismo tiempo.
Puede sostener transmisiones complejas sin que se caigan. Pero después de ese repaso técnico, lo que sigue es una cadena de promesas que en general suenan como versiones exageradas de algo que ya escuchamos con 3G o 4G, operaciones remotas, autos que se manejan solos, ciudades inteligentes, refrigeradores con personalidad propia.
Entonces empiezo a sospechar, porque me doy cuenta de que el entusiasmo viene más por las presentaciones que por los usos concretos. Todo se siente un poco decorado, inflado, un tanto forzado.
Hace más de un siglo, con la llegada del telégrafo, había titulares que anunciaban el fin de los conflictos bélicos.
La idea era que si los gobiernos podían comunicarse en segundos ya no habría malentendidos que llevaran a guerras. El telégrafo funcionó, transformó el comercio y la diplomacia, pero no evitó que Europa terminara en la primera guerra mundial.
La tecnología cumplió con lo prometido en lo técnico, pero fracasó en la narrativa que se construyó alrededor. Lo curioso es que seguimos cayendo en la misma ilusión, cada red más rápida viene acompañada del mismo guion de salvación.
Creo que el problema con el 5G está en cómo se lo está vendiendo y no como tecnología. Y más profundamente, en cómo necesitamos que cada nueva capa de conectividad sea presentada como una ruptura con todo lo anterior. Como si no pudiéramos simplemente mejorar sin disfrazarlo de épica.
Esto se repite tanto que parece un libreto. Se inventa una narrativa, se proyecta una imagen del futuro, se genera un consenso en torno a su inevitabilidad y luego no importa si las cosas no salen como se esperaba. Siempre habrá una nueva promesa en camino. Lo importante es seguir prometiendo y no cumplir con lo prometido.
Cuando se mira con frialdad, las promesas tecnológicas cumplen una función contable. Nadie va a autorizar un gasto multimillonario en antenas si lo que se ofrece es un poco menos de buffering en YouTube. Para destrabar presupuestos hace falta una narrativa de revolución. El lenguaje de redes que transformarán la civilización actúa como justificación pública para transferencias gigantes de capital. Los informes estratégicos no están escritos para usuarios, sino para inversionistas que necesitan creer que la obra es más que un mantenimiento. Las promesas espectaculares son menos un error de comunicación que un mecanismo de financiamiento.
También hay quien diría que la crítica pierde perspectiva. Muchas veces los avances más importantes empiezan con aplicaciones anodinas. La electricidad al principio servía para encender lámparas y reemplazar gas, nada que justificara discursos épicos. Décadas más tarde hizo posible fábricas nocturnas, electrodomésticos y hospitales modernos. Internet en sus inicios era un correo electrónico glorificado y un repositorio académico, y hoy sostiene el comercio y la cultura global. Tal vez el 5G pertenezca a esa categoría. Puede que juzgarlo únicamente por lo que hace hoy sea perder de vista lo que puede habilitar mañana. La duda es si estamos ante un lujo técnico o ante una plataforma que dará lugar a transformaciones invisibles en el corto plazo, pero inevitables a largo plazo.
Alguien podría objetar que el 5G sí será la base de un cambio estructural, aunque no lo percibamos todavía. La réplica habitual es que las tecnologías siempre parecen pequeñas al inicio y solo muestran su impacto años después. Es cierto, cuando se introdujo el GPS, durante años fue un accesorio de nicho y hoy organiza la logística mundial. El contraargumento tiene peso, pero también hay que reconocer que no todas las promesas tecnológicas siguen ese trayecto. El reconocimiento de voz, por ejemplo, se anunció como la gran interfaz del futuro desde los noventa y aún hoy, pese a sus avances, sigue limitado a usos puntuales. Lo relevante es diferenciar entre lo que puede madurar con el tiempo y lo que está condenado a seguir como demostración espectacular en ferias.
En The Inevitable, Kevin Kelly describe la tecnología como una corriente imparable que avanza hacia su destino con o sin nuestra intervención. Algo parecido ocurre con la narrativa que la envuelve. La gente no solo quiere una red más rápida, quiere sentir que vive en un punto de inflexión. Las sociedades fabrican mitologías de progreso con la misma naturalidad con que antes fabricaban epopeyas religiosas.
No basta con un estándar técnico, hace falta la sensación de estar en el futuro. El relato no acompaña a la tecnología, la tecnología acompaña al relato.
Me pregunto si esto tiene algo que ver con cómo gestionamos la ansiedad. El progreso si lo dejamos solo, es bastante aburrido. Es lento, está lleno de detalles logísticos, presupuestos, acuerdos. Pero cuando le ponemos encima un relato de disrupción, se vuelve mucho más llevadero. Incluso deseable, más vendible por los consultores.
El entusiasmo por el 5G me recuerda a cuando alguien compra una juguera con 18 velocidades y programas preconfigurados para batidos, sopas y salsas. En teoría, eso es impresionante, sobre todo si tienes niños en casa.
En la práctica, termina usándose siempre en la misma velocidad media para hacer leche con plátano. El salto técnico existe, y eso nadie lo niega, pero su traducción a la vida real es menos heroica de lo que sugiere el catálogo de recetas que trae el manual.
Si uno ordena lo que se promete con el 5G, la lista suena contundente, autos autónomos coordinados, cirugías remotas, fábricas hiperconectadas, ciudades inteligentes y experiencias de entretenimiento inmersivas. Pero si ponemos al lado lo que efectivamente se usa en la práctica, el panorama es más modesto, descargas más rápidas de videos, mayor estabilidad en llamadas y un soporte más confiable para aplicaciones móviles. Esa comparación en paralelo ayuda a ver la brecha. La primera columna describe un guion casi cinematográfico, la segunda una serie de mejoras útiles pero poco dramáticas. Esa distancia entre las dos listas es donde se aloja la inflación narrativa.
Aun así, parece que necesitamos la ficción de que esa licuadora nos va a cambiar la dieta mundial.
Quizás por eso las promesas se repiten aunque nadie las tome en serio. A veces incluso ayudamos a inflarlas, como si estuviéramos más interesados en el trailer que en la película. Es posible que la tecnología importe menos que la emoción de imaginarla, un entretenimiento que funciona mientras no llegue el momento de usarla de verdad.
Cada vez que escucho la promesa de una conectividad ultrarrápida para todos, acabo topándome con escenas más banales, media hora perdida en una web pública que no carga, trámites que colapsan aun con buena señal, o plataformas que fallan en lo básico. En esos momentos me doy cuenta de que la velocidad de la red nunca fue el cuello de botella. El problema está en otro lado. Pero como es más fácil vender antenas que rediseñar procesos, seguimos eligiendo lo primero.
La inflación de expectativas no deja vacío, deja desconfianza. Después de escuchar veinte veces que estamos ante una nueva era y ver que la vida diaria sigue igual de tediosa, algunas personas concluyen que la verdadera innovación está siendo retenida. El salto del entusiasmo ingenuo al escepticismo paranoico es corto. El marketing promete hologramas en la sala de estar, la realidad ofrece una conexión más estable para videollamadas laborales. Ese contraste alimenta la sospecha de que alguien esconde la magia. Lo que se pensó como exageración inspiradora termina fabricando conspiraciones.
En este punto aparece otra explicación. Las narrativas no solo sirven para atraer usuarios o consultores, también cumplen un papel en la política internacional. Ningún país compite en redes móviles solo para que el ciudadano vea películas en 4K. Lo hace porque quien domina los estándares acumula patentes, regula cadenas de suministro y establece reglas para la economía global. La pugna entre Estados Unidos y China por el liderazgo en telecomunicaciones no es un debate técnico sobre hologramas, es un pulso estratégico. Desde este ángulo, la exageración funciona como herramienta diplomática. Se construye un relato de era transformadora no tanto para convencer al consumidor promedio, sino para marcar posición frente a aliados y rivales. El discurso espectacular es también una bandera geopolítica.
Y ahí es donde empiezo a dudar de esta idea de que cada nueva tecnología es por sí sola, una solución. Claro que no lo es.
El 5G no va a arreglar la mala conectividad en zonas rurales, no va a mejorar los trámites digitales, no va a garantizar acceso igualitario a servicios básicos. Lo que puede hacer, y ojalá lo haga, es brindar una infraestructura más potente. Pero lo que hagamos con esa infraestructura depende de otros factores.
La misma dinámica se repite en biotecnología, transporte y energía. La fusión nuclear siempre parece estar a veinte años y los autos voladores se anuncian desde mediados del siglo pasado. Cuando era niño coleccionaba un álbum que incluía una lámina con la super moto del año 2000 capaz de volar si es que fuese necesario. Llegó el año 2000 y las motos no volaron, tampoco después. Lo interesante no es que las predicciones fallaran, sino que a nadie pareció importarle demasiado. El ritual de prometer futuros espectaculares y luego olvidarlos se repite con la regularidad de un calendario.
Una forma de dimensionar el debate es ponerlo en perspectiva con otros avances. Decir que el 5G transformará la vida cotidiana de manera absoluta equivale a sugerir que la invención del ascensor tuvo el mismo peso que la electrificación masiva. Ambos son importantes, pero uno cambió la arquitectura de las ciudades y el otro facilitó subir cómodamente diez pisos. El 5G parece estar más cerca del ascensor que de la electricidad. Puede ser un aporte decisivo en ciertas áreas, pero difícilmente reorganice sociedades enteras. Situarlo en la escala correcta permite apreciar su utilidad sin necesidad de inflarlo a la categoría de nuevo telégrafo o revolución civilizatoria.
La pregunta que debemos hacernos no es si el 5G es bueno o malo. Es una pregunta más desafiante, por qué construimos toda una cultura de expectativas técnicas que no te aguantan cinco minutos de análisis. Por qué repetimos frases como conectividad ilimitada cuando sabemos que ni siquiera es conectividad útil.
Una hipótesis es que estamos atrapados en una especie de ilusión colectiva. Necesitamos convencernos de que el cambio es radical, aunque no lo sea, para justificar ciertas inversiones.
Si se dijera la verdad, que se trata de una mejora útil pero modesta, quizás no habría dinero para estas inversiones. No habría titulares ni menos entusiasmo. Entonces se recurre al decorado.
Tampoco estoy seguro de estar libre de la misma trampa. Probablemente al escribir esto, yo también me estoy vendiendo una narrativa, la del observador escéptico que detecta exageraciones y las baja a tierra.
Tal vez eso no sea más verdadero que el relato de disrupción que critico. Puede que me guste sentir que estoy por encima del entusiasmo ingenuo, pero en el fondo esté participando de la misma necesidad de darle un marco espectacular a lo que de otra manera sería un detalle técnico más.
Pero eso tiene un costo. Porque cuando la expectativa se infla y la realidad no acompaña, se instala una especie de desencanto silencioso.
Nadie lo dice abiertamente, pero se nota. Y ese desencanto es peligroso, porque nos vuelve cínicos. Nos hace dejar de prestar atención.
Imaginemos llevar la retórica del 5G hasta el extremo, conferencias donde se anuncie que gracias a la latencia ultrabaja podremos transmitir en directo el bostezo de un quiltro callejero en plaza Italia con calidad 8K, y que eso marcará un antes y un después en la historia de la comunicación.
O campañas publicitarias donde se prometa que nunca más perderemos la oportunidad de ver cómo alguien calienta sopa en microondas en tiempo real desde otro continente. El absurdo de estos ejemplos refleja un punto más simple, no todo lo que puede hacerse con mayor velocidad es relevante. La ironía subraya la distancia entre la promesa y la experiencia concreta de los usuarios.
Y con todo, sigo creyendo que hay algo valioso en toda esta discusión. Más que refutar promesas, trato de pensar qué podríamos hacer distinto si soltáramos este relato espectacular y nos dedicáramos a lo concreto.
Una posibilidad sería diseñar redes móviles para las personas. Hoy toda la lógica del despliegue está pensada en función del consumo individual.
El objetivo es que puedas ver una serie en 4K mientras estás en el baño de un turbus. Técnicamente eso es increíble. Pero como concepto, es pobre. No resuelve casi nada, solo permite hacer con más velocidad algo que ya podías hacer con velocidad suficiente.
¿Qué pasaría si en vez de perseguir la latencia mínima, usáramos esa misma inversión para asegurar cobertura básica en lugares donde todavía no hay conectividad decente? ¿Y si una parte de la infraestructura se pensara como una capa distribuida, comunitaria, sin depender de operadores gigantes?
Me refiero a diseñar nodos pequeños, de bajo costo, pensados desde lo local, gestionables por actores intermedios. No es una fantasía, hay proyectos de este tipo que ya existen. Pero no reciben la atención que se le da a las demostraciones con hologramas en congresos y ferias tecnológicas.
Y con toda esta emoción y expectativa me pasa algo cada vez más frecuente, cada vez que alguien me habla de autos autónomos conectados por 5G, me acuerdo de una posta rural donde los médicos tienen que levantar el celular con la mano en alto para poder actualizar una ficha. El 5G funciona bien, pero no está pensado para ese escenario.
Otra opción sería dejar de tratar el acceso a tecnología como un fin en sí mismo, y empezar a verlo como un medio. No necesitamos llegar primero al 5G. Necesitamos una red que funcione para más personas, en más lugares, en más situaciones.
Si eso se logra con una mezcla de 4G, Wi-Fi, fibra comunitaria y algo de satélite, entonces perfecto. Lo importante es construir algo que sirva.
Claro que alguien podría decir, si no exageramos, nadie invierte. Si no hablamos de disrupción, los presupuestos desaparecen. Y puede que eso sea cierto.
El problema no es que las promesas sean demasiado ambiciosas, sino que no se piensa en qué pasaría si se cumplieran parcialmente. Existe un espacio intermedio entre la épica y el cinismo que rara vez se ocupa. Se podría comunicar que una red será útil, aunque no cambie la civilización. Se podría valorar un avance técnico por lo que resuelve, no por lo que simboliza. El entusiasmo genuino no necesita disfraces heroicos, necesita un catálogo de aplicaciones que importen a la vida diaria. En vez de adornar cada estándar con profecías, podríamos aprender a celebrar mejoras pequeñas sin sentir que son decepcionantes.
Pero si vamos a exagerar como táctica, al menos deberíamos reconocerlo. Lo que no podemos hacer es tratarlo como verdad. Porque cuando una exageración se convierte en dogma, deja de ser útil y se vuelve un obstáculo.
Entonces, ¿quién debería hacerse cargo de este tipo de discusiones.
Mi respuesta no incluye solo a ingenieros, ni solo a funcionarios. Necesitamos voces distintas. Personas que puedan cuestionar el marco que viene dado, aunque eso los deje fuera del panel principal del congreso.
Gente que se anime a decir, “esto no resuelve lo que dices que resuelve”. Y que lo diga sin cinismo, con el objetivo de proponer alternativas.
Eso para mí es liderazgo. Quien lidera no se apresura con cada novedad, al contrario, se detiene, pregunta si algo tiene sentido, y si no lo tiene, busca alternativas que no dependan de frases espectaculares.
No me parece mal que sigamos avanzando. El error está en confundir velocidad con dirección.
Podemos invertir millones en infraestructura, pero si la prioridad es transmitir una película en el baño de un bus mientras hay médicos levantando el celular para tener señal, algo no está bien planteado.
Tal vez la tecnología de turno no cambie nada de eso. O tal vez sí. Pero si lo único que logra es recordarnos que la parte difícil nunca estuvo en las antenas ni en las siglas, ya sería suficiente.