Hace unos años abandoné un proyecto cuando le faltaba poco para salir. Tenía contenido, diseño, estructura. Todo menos una razón concreta para existir. Nadie lo estaba esperando, nadie lo había pedido y yo no podía explicar con claridad por qué alguien debería prestarle atención. Decidí dejarlo, sin convertirlo en un asunto mayor.

Dejarlo fue simple, pero entender por qué lo había empezado me tomó tiempo. No respondía a una necesidad, ni a una oportunidad, ni a un problema real. Era más bien una forma de demostrar que podía armar algo complejo sin que nadie lo necesitara. Esa motivación, por sí misma, no alcanzaba para mantenerlo. Y cuando ya no quedaba entusiasmo ni un objetivo claro, tampoco quedaban motivos para insistir.

Durante un tiempo traté de explicarlo de forma elegante: que era una decisión madura, que sabía cuándo parar, que no todo tiene que llegar al final para tener valor. Pero ninguna de esas ideas respondía a la pregunta de por qué lo empecé. Y la respuesta más honesta era que lo arranqué sin validarlo, sin hablar con nadie, sin una hipótesis clara. Solo con una mezcla de entusiasmo y ganas de construir.

En retrospectiva, creo que también me gustaba la idea de verme como alguien que puede “hacer cosas”. Tal vez lo racionalizo después de hecho, pero en ese momento me bastaba con la sensación de actividad. No pensaba en resultados, pensaba en movimiento.

Ese impulso puede funcionar si hay algo detrás, pero en este caso no lo había. Confiaba en que el sentido surgiría mientras avanzaba, pero nunca llegó. Seguí por inercia durante semanas hasta que dejó de tener sentido continuar.

Con el tiempo entendí que no fue un caso aislado. Es un patrón que he visto más veces desde entonces: usé el entusiasmo como argumento, el avance como justificación, y el vacío terminó siendo la señal de que algo andaba mal.

Si esto fuera un experimento de física, diría que intenté construir un sistema en gravedad cero: nada que lo atrajera, nada que lo frenara. Y en ese vacío, todo flota, pero nada aterriza. De ahí salió el nombre que ahora uso para recordarlo: “Ingeniería de gravedad cero”.

Esa clase de proyectos se desarrolla sin las fricciones del mundo real: sin usuarios, sin limitaciones, sin validaciones. Y claro, en esa ausencia de resistencia, el avance se siente más rápido y limpio. El problema es que una estructura diseñada sin gravedad no tiene peso ni anclaje. No puede sostenerse fuera del vacío.

En este punto podría decir que aprendí la lección y nunca volví a hacerlo. Pero sería inexacto. Todavía me ocurre que empiezo algo y luego descubro que solo estaba persiguiendo la idea abstracta de progreso. Lo que cambió es que ahora detecto el patrón más rápido.

La pregunta que me ayudó a hacerlo fue sencilla: ¿esto es para alguien o solo para mí? En aquel momento me parecía una duda menor. Hoy la veo como el punto estructural del fracaso. Todo lo demás era ruido: tareas, diseño, esfuerzo. Lo que faltaba era una función real.

Esa duda sigue siendo útil porque evita que repita el mismo error. Ya no inicio proyectos con la esperanza de que el sentido se revele más adelante.

Con esa experiencia empecé a trabajar distinto. Cambié una sola cosa que terminó cambiando mucho: ahora prefiero no empezar proyectos en solitario, aunque eso no implica que siempre trabaje con un equipo. Antes de arrancar algo, hablo con alguien que podría usarlo. No busco aprobación; quiero saber si realmente vale la pena hacerlo.

Pregunto algo simple: “¿Esto te serviría?”. Si la respuesta es dudosa o ambigua, no sigo. Si es clara, empiezo. Y después no me detengo a esperar garantías. Lo armo rápido, lo pruebo, lo corrijo si hace falta.

El primer ejemplo fue un conjunto de materiales para equipos que querían tener reuniones más útiles sin llenarse de plantillas. Lo hice en dos semanas. Lo probamos con tres equipos distintos. Ajustamos lo necesario. Lo publicamos, se usó. Terminó siendo parte de los procesos internos de una organización grande.

No apuntaba a miles de usuarios ni a viralidad. Funcionó en su contexto, con usuarios que lo necesitaban de verdad. No fue algo masivo, aunque sí cumplió su función. No me importa cuánta gente lo use; me importa que quienes lo usan lo encuentren útil. Eso para mí ya es suficiente.

Con el tiempo noté que ese principio también aplica fuera del ámbito personal. Generalmente los negocios cierran porque el mercado no necesitaba lo que estaban ofreciendo. Es el equivalente económico de un proyecto personal que se abandona por vacío de propósito.

Prácticamente es un patrón colectivo. Invertir meses en construir algo que nunca tuvo demanda no es un error excepcional: es estadísticamente lo más frecuente. La diferencia está en reconocerlo antes o después de gastar todo el combustible.

A veces pienso que el entusiasmo inicial de los proyectos sin destino claro se parece a una forma de energía libre: parece inagotable, pero no genera trabajo útil. En ingeniería eso se llama un sistema cerrado con pérdidas internas. En proyectos humanos, simplemente se llama desmotivación.

También hay algo que me intriga: cuando alguien dice que “el mercado no lo quiso”, lo que suele pasar es que nadie lo necesitaba con suficiente intensidad. Pero eso no es binario. La necesidad rara vez se enciende o apaga. Es un gradiente, y la diferencia entre “útil” e “innecesario” a veces depende de detalles minúsculos.

Después probamos otro proyecto: una guía para líderes técnicos que querían mejorar sus reuniones individuales. La hicimos con un colega. Probamos distintas versiones. Recortamos lo que sobraba desde el principio. Medimos el resultado. La mayoría de los usuarios dijo que les ahorraba tiempo. No fue perfecta, aunque sí funcionó.

No hago estos proyectos como ejercicios personales ni para llenar un portafolio. Busco cosas que funcionen en la práctica, en equipos reales, con restricciones reales, en situaciones donde no sobra el tiempo.

Y claro, no todo sale bien. En un caso, un equipo descartó por completo una propuesta. Dijeron que era innecesaria y que duplicaba esfuerzos. Tenían razón. La reformulamos y no fue agradable, pero tampoco tan grave. A veces ese tipo de fricción te ayuda a volver a lo importante.

La regla de validar con usuarios parece sólida hasta que choca con innovaciones que nadie supo cómo pedir. Ahí la frontera se vuelve un poco más difusa. La diferencia entre resolver un problema latente y crear un hábito nuevo puede ser la línea que separa un proyecto funcional de uno autocomplaciente.

¿Sigo dejando cosas por el camino? Sí, aunque mucho menos. Porque ahora empiezo distinto. Si no hay alguien que pueda beneficiarse, si no hay forma de probar algo rápido, no arranco. Lo hago por experiencia, no por precaución.

A veces me pregunto si esta metodología me hace más pragmático o solo más conservador. Tal vez ambas cosas. Pero prefiero un sesgo hacia la utilidad que hacia la autosatisfacción.

Eso parece razonable, hasta que aparece una idea que no puedes explicar bien, pero te persigue. No encaja en la regla de “probar con alguien”, y sin embargo, a veces justo esas terminan siendo útiles. No sé resolverlo. Solo marco el límite: claridad primero, excepto cuando estorba.

Si tuviera que generalizar, diría que los proyectos abandonados enseñan más sobre epistemología que sobre productividad. No son tanto errores de ejecución como fallas de predicción: creí que el propósito aparecería después, y no apareció.

Hoy entiendo mejor qué preguntas hacer antes de empezar. Pero todavía no sé si la regla es universal o solo contextual. Quizá hay momentos en que la “ingeniería de gravedad cero” produce algo inesperadamente valioso. No lo descarto. Simplemente aprendí a medir la distancia antes de soltar la cuerda.

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