Este ensayo explora por qué aparentar estabilidad se ha vuelto más importante que cambiar de verdad. En él analizo cómo esa presión moldea nuestras decisiones personales y laborales. ¿Por qué tu organización celebra “reinventarse y adaptarse”, pero promueve al que nunca cambia?


La mayoría de las veces no notamos cuánto hemos cambiado hasta que alguien nos recuerda o comenta algún detalle nuestro. Ni siquiera nos damos cuenta.

Uno se despierta, hace café, va al trabajo y en algún momento de la semana algo nos sacudió: una idea que antes parecía obvia ya no lo es, una costumbre se vuelve molesta o una opinión que teníamos empieza a tambalearse. Como todo en apariencia sigue igual, seguimos adelante.

Esto se vuelve más evidente cuando miramos hacia atrás. Uno se encuentra con una publicación vieja, una foto, un post en twitter del 2010 y el tono que usábamos ya no parece nuestro.

Las ideas que defendíamos, las causas que apoyábamos, incluso las formas en que hablábamos parecen de otra persona. Y lo interesante de eso es que en su momento eso tenía sentido. Pero lo hacemos y todo el tiempo.

II

Hay una razón por la que nos cuesta aceptar estos cambios: no nos gusta contradecirnos. O al menos no nos gusta parecer inestables. Es más fácil pensar que hay una línea clara que une lo que fuimos con lo que somos.

Por eso rellenamos huecos, suavizamos giros y creamos en nuestra cabeza un relato coherente de nosotros mismos. Uno que tenga un desarrollo lógico y que se vea consistente desde afuera.

El problema es que esa narrativa muchas veces se construye a costa de borrar todo lo que no encaja. Cambios de opinión, momentos de duda o errores de juicio.

Lo dejamos porque nos molesta aceptar que no siempre supimos lo que hacíamos.

Y eso tiene un costo, nos vuelve menos comprensivos con los demás. Si yo creo que siempre he sido más o menos igual, entonces me cuesta aceptar que alguien haya cambiado.

Si yo olvido mis propias contradicciones, me resulta fácil juzgar a otros por las suyas.

De ahí que en redes sociales sea tan común el escarnio basado en publicaciones del pasado. “Mira lo que pensabas hace cinco años” (arqueología tuitera, por ejemplo).

Como si eso cancelara todo lo que uno es hoy. Como si nadie pudiera evolucionar.

Y sin embargo, cuando alguien cambia en público, lo acusan de falsedad. Como si no fuera posible cambiar en serio. Esa rigidez también revela otra cosa: el miedo a que, si otros pueden transformarse, entonces nosotros también podríamos estar equivocados.

¿Cambiamos porque aprendimos algo nuevo?, talvez, pero también cambiamos porque necesitábamos justificar algo que ya habíamos hecho. A veces, el pensamiento sigue a la acción, no al revés. ¿Eso es evolución o racionalización? ¿Y cómo se distingue una de la otra si ambas se sienten igual?

Para poder sostenerme como alguien estable tengo que cambiar. Porque si no cambio, me vuelvo irrelevante. Pero al cambiar ya no soy la misma persona. Entonces, ¿a qué parte de mí le estoy siendo fiel cuando me esfuerzo por no traicionarme? Son preguntas que cualquiera se hace cuando el cambio es real.

Una vez conocí a un gerente que llevaba bastantes años usando la misma presentación de liderazgo. Literalmente el mismo archivo. El tipo era admirado por ser «coherente». En la crisis subprime recuerdo que la empresa le pidió que innovara. Pero no sabía cómo, había repetido tanto sus ideas que terminó siendo incapaz de producir nuevas.

Pienso que es bastante fácil escribir sobre la «belleza del cambio» cuando uno lo cuenta en pasado. Lo difícil es reconocer el desorden mientras está ocurriendo. A veces ni yo me creo el nuevo rol que estoy ensayando, solo espero que nadie me lo pregunte muy en serio hasta que me lo crea yo también…

Aquí conviene mirar el problema con otro lente. Un sistema laboral puede describirse como un conjunto de señales más que de resultados. La flexibilidad aparece en los discursos, pero la estabilidad es lo que realmente circula como moneda de confianza. Cada persona se ajusta al doble mensaje modulando lo que muestra y lo que oculta. Así se mantiene un equilibrio tácito que nadie firma y todos reconocen. El costo es que lo visible se convierte en ritual, no en innovación.

Y claro, alguien podría objetar que la coherencia no es un capricho, que también cumple un rol práctico. Es cierto que simplifica la coordinación: nadie quiere trabajar en un entorno donde las reglas cambian a diario. Pero no conviene confundir coherencia con inmovilidad. La primera puede sostenerse a nivel de principios generales, mientras que la segunda bloquea la capacidad de responder a lo nuevo. Lo que parece estabilidad absoluta a veces solo es falta de reacción.

III

Tal vez lo que más necesitamos es dejar de exigirles a los demás que sean versiones estables de sí mismas.

No tiene mucho sentido pedir coherencia absoluta cuando varias veces por semana nos enfrentamos a información nueva, a experiencias que desordenan nuestras ideas. Y ojo, también a los contextos que muchas veces nos obligan a revisar lo que ayer dábamos por sentado.

Esto no implica justificar cualquier cosa solo porque cambió el contexto. Hay cosas que no se pueden explicar por evolución personal.

Pero sí vale la pena hacer espacio para la posibilidad de que alguien haya aprendido algo, se haya cuestionado o simplemente haya dejado de pensar como pensaba antes.

La flexibilidad sirve para trabajar, claro, pero también afecta cómo pensamos, cómo tratamos a otros y cómo decidimos seguir adelante cuando las cosas cambian.

Cambiar no siempre mejora las cosas. A veces solo muestra lo que estaba escondido.

Y aprender a observar ese proceso en otros sin andar sospechando ni burlándose también es una forma de madurez (incluso cuando no estamos de acuerdo con el resultado).

No hay un «yo verdadero» escondido por ahí esperando salir; hay combinaciones distintas que aparecen según lo que la situación exige. Algunas versiones las conoces bien, pero otras se van diluyendo con el tiempo. Aunque hay algunas que aparecen sólo cuando algo falla.

En ciencia pasa algo parecido. Un investigador que cambia de hipótesis frente a nueva evidencia suele ser visto con desconfianza, como si ese ajuste fuera una debilidad personal.

El estigma no recae sobre el error inicial, sino sobre la renuncia a la narrativa de continuidad. Paradójicamente, el progreso depende de esas rupturas discretas. El resultado es que muchos estudios se presentan como confirmaciones aunque hayan nacido de dudas radicales.

Es aquí donde surge otra crítica: cambiar demasiado puede sonar a indecisión. Hay modificaciones superficiales y hay revisiones fundamentadas en nueva información.

Desde fuera lucen parecidas, y por eso la sospecha persiste. La única manera de distinguirlas es observar si el cambio deja aprendizaje acumulado o si repite giros sin dirección.


I

Aceptar el cambio parece algo razonable hasta que nos damos cuenta de que solemos sostener una creencia más profunda: la existencia de un “yo” coherente que se transforma, sí, pero que se mantiene como un núcleo estable. ¿Y si esa estabilidad fuera más una ilusión que una realidad? ¿Qué pasaría si empezáramos a vernos como una sucesión de etapas a veces desconectadas entre sí?

Pensemos en un futuro donde la cantidad de información nueva y la velocidad con la que las habilidades quedan obsoletas nos obliguen a modificar nuestras identidades laborales y personales. En ese contexto, ser coherente dejaría de ser una virtud y pasaría a ser una limitación innecesaria, un freno para ajustarnos a un entorno que cambia sin pausa.

Para verlo más claro, pensemos en un escenario que hoy suena ridículo. Pero imagina que en 2040 entras a una plataforma laboral y ya no puedes escribir “Soy ingeniero” o “Soy psicóloga”. El sistema no acepta títulos fijos. Solo te deja seleccionar habilidades activas, actualizadas según lo que realmente hiciste en los últimos seis meses. Si marcas algo que no has usado, te lo bloquea.

En esta situación insistir en una identidad profesional coherente podría verse como una señal de estancamiento. Lo que hoy llamamos integridad en esos años tal vez se interprete como inactividad.

En 2013 ya lo vi en algunas plantas de alimentos, pero con otros matices, personas que llevaban veinte años haciendo su trabajo de una forma y de pronto tienen que entender sensores, interfaces digitales y sistemas que tomaban decisiones por ellos.

Ya no basta con saber producir: ahora tienen que interpretar datos, ajustar parámetros y adaptarse a tecnologías que, hace cinco años, ni siquiera sabían que existían.

Incluso ahora, en los últimos años lo he estado viviendo en Walmart Chile. La digitalización no era un proyecto lejano, ya estaba encima: full e-commerce, inteligencia de datos, segmentación precisa… Todo eso empujaba un cambio silencioso.

Personas que durante años se especializaron en tienda física (surtido, operación, atención) tenían que empezar a pensarse distinto. Ya no como gerentes o como jefes de sala, sino como parte de una estrategia multicanal. El entorno les cambió el rol sin preguntar (y no es opcional).

La propuesta no es simplemente ser tolerantes con los cambios ajenos por recordar los propios. Es dejar de exigirnos continuidad narrativa como si fuera una obligación moral. La incomodidad que sentimos al cambiar de opinión o de dirección tiene más que ver con esa exigencia de permanencia que con una falta real de criterio. Cambiar puede parecer una traición, pero a veces es simplemente adaptación que llega tarde.

Pero hay una fricción que vale la pena mirar: muchas veces se nos pide ser flexibles mientras se espera que actuemos como si nada hubiera cambiado. Las organizaciones celebran el aprendizaje continuo, pero castigan la inestabilidad.

Valoran la reinvención, pero promueven internamente a quienes parecen más consistentes, no a quienes se ajustan mejor a cada nuevo ciclo. Esa contradicción no es casual: cambiar se considera virtud en el discurso, pero riesgo en la práctica.

En muchas organizaciones, el cambio es «celebrado en el discurso», pero castigado en la práctica. Porque los sistemas internos siguen diseñados para premiar lo predecible.

Un jefe que conoce bien las reglas valora la adaptabilidad en abstracto, pero cuando debe asignar un cargo crítico, suele elegir a quien no representa una amenaza para la continuidad. Lo que se premia es la capacidad de sostenerla sin meter ruido (y no la innovación).

Esto genera una tensión difícil de sostener. Si cambio, me adapto al entorno. Si no cambio, soy predecible para el sistema. Pero las dos cosas a la vez rara vez son posibles.

Por eso muchos aprenden a modular el cambio: lo viven en privado, pero en público ensayan una versión estable porque así funciona el juego.

Aquí también puede aparecer otra objeción: no toda adaptación merece celebrarse. Ajustar el relato después de un error puede sonar a oportunismo. Sin embargo, hay diferencias visibles. Un aprendizaje genuino deja un rastro de explicaciones y razones compartibles. Un encubrimiento borra huellas y se disfraza como evolución inevitable. Reconocer esa distinción no invalida la adaptación, la vuelve más exigente.

Esto tiene consecuencias reales en el trabajo, en la educación y en cómo nos relacionamos. ¿Cómo preparar a las personas para modificar sus trayectorias múltiples veces a lo largo de su vida? ¿Cómo diseñar empleos que asuman que las habilidades tendrán fecha de vencimiento y que los nuevos roles ni siquiera existen todavía? Y lo mismo pasa en los vínculos personales. Uno ya no puede asegurar que será igual mañana, lo que sí se puede es estar dispuesto a reconstruir acuerdos cuando cambien las personas que los hicieron.

Adoptar una identidad adaptable no implica perder el control. Puede volverse una ventaja frente a la incertidumbre. En lugar de intentar mantener una versión fija de uno mismo, se trata de responder con agilidad y criterio a lo que el entorno va presentando.

En la educación continua, por ejemplo, ya es común ver cómo personas con trayectorias estables buscan formación breve y especializada para trabajos que ni siquiera conocían unos años atrás. ¿Convertirnos en expertos eternos? no… convertirnos en personas capaces de aprender, desaprender y volver a empezar sin sentir que hemos fallado.

Celebrar la transformación no es «romantizar la inestabilidad». Es reconocer que en muchos casos, aferrarse a una versión antigua de uno mismo puede ser más costoso que soltarla. Y que al dejar de exigirnos ser siempre el mismo, nos damos permiso para movernos sin rompernos.

Quizás en vez de preguntarnos “¿cómo me mantengo fiel a lo que soy?”, podríamos empezar a explorar “¿qué versiones de mí pueden ser útiles ahora?”. No es una pregunta teórica. Es una forma más razonable de enfrentar lo que ya está ocurriendo.

El valor de la integridad quizá esté menos en la permanencia que en la capacidad de actualización. Una persona que logra revisar creencias sin romper vínculos ni dramatizar contradicciones produce más confianza que quien se aferra a un relato inmutable. La cultura aún no tiene palabras cómodas para describir ese tipo de consistencia dinámica. Sin embargo, allí parece estar la forma de integridad más útil para entornos volátiles. Lo firme es lo que se acomoda.

Queda un último matiz. Tal vez el discurso de la flexibilidad sea en parte un eslogan. Pero incluso si se usa como marketing, describe una necesidad real que emerge cuando el mercado cambia o la tecnología avanza. Esa distancia entre palabra y acción es lo que deja atrapadas a muchas personas en señales contradictorias. No invalida la tensión que describimos, la hace más visible.

También podría surgir la duda de si este ensayo es demasiado escéptico sobre el cambio organizacional. La respuesta es que el cambio existe, aunque muchas veces aparece disfrazado de continuidad. Lo que se describe como inercia es, en realidad, una forma de evitar alarmas internas. Cuando un área decide alterar procesos, lo comunica como “refuerzo de lo que ya hacemos” para no activar resistencias. No es que no ocurra transformación, ocurre en registros más silenciosos de lo que el discurso reconoce.

Y queda una última tensión: ¿podemos sostener el ritmo de cambio que decimos valorar? Es poco realista esperar que todos puedan adaptarse con la velocidad de una startup o de un mercado financiero. Las personas necesitan amortiguadores que hagan el cambio soportable. Lo que se ve como lentitud suele ser un intento de no colapsar bajo demandas simultáneas. Por eso el reto no es pedir más plasticidad individual, sino decidir qué nivel de ajuste debe recaer en cada capa: individuo, equipo, estructura. Lo humano no escala al mismo ritmo que lo tecnológico.

Aceptar que cambiamos, que cambiamos mucho más de lo que queremos admitir, puede ser una de las formas más honestas de seguir adelante, para poder actuar con más realismo frente a lo que viene.

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