Cuando nada falla, alguien está haciendo bien su trabajo

Piensa en una bomba de impulsión secundaria en el sector cuatro de una planta. Lleva cinco años zumbando sin interrupciones. El equipo de mantenimiento pasa cada mes, engrasa, revisa vibraciones, cambia sellos que todavía parecen nuevos.

En la reunión de presupuesto anual, un gerente financiero revisa las planillas y ve un centro de costo que consume recursos sin reportar una sola falla en media década. La lógica de escritorio es implacable: estamos gastando dinero en arreglar algo que no está roto. Se recorta la frecuencia de mantenimiento de mensual a trimestral. Se siente como una victoria de la eficiencia.

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Ideales en la gravedad del mercado

Un grupo de personas inicia un negocio con una meta clara. «Ofrecer solo productos sostenibles y éticos». Su interés no estaba en acumular riqueza ni en transformar la industria completa. Lo que querían era trabajar en línea con sus convicciones.

Los comienzos le traen entusiasmo. Llegan elogios, algunos premios y notas en medios. Ese contraste entre visibilidad y resultados es común. La atención llega rápido, los números no. Las ventas no despegan, el flujo de caja empieza a tensarse y sus socios sienten la presión.

Ese tipo de situación no es aislada, se repite en muchos negocios con propósito. Lo que parece brillo inicial pronto enfrenta el peso del mercado.

Esto no sorprende. Es común que la gente diga que valora lo ético, pero a la hora de pagar, elige lo que ya conoce o cuesta menos. En ese punto, la empresa debe decidir si seguir insistiendo o hacer ajustes.

Prometer que la gente pagará más por valores es como apostar a que los fans de Star Wars no van a quejarse de la nueva trilogía: suena bien en la teoría, pero la evidencia histórica no ayuda.

Un negocio que pierde plata puede aguantar un rato, pero tarde o temprano los valores no pagan los sueldos. Este choque entre valores y billetera aparece en todos lados, desde startups veganas hasta cafeterías que quieren pagar salarios justos.

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¿Podrían las IA llegar a ser mejores jefes que los humanos?

La idea no es nueva. Lo raro es que ahora aparece en reuniones, capacitaciones y hasta en los pasillos de empresas que hace dos años no sabían pronunciar “algoritmo”.

En varios lugares ya no se habla del futuro. Se habla de cosas tan mundanas como pedir un completo en la calle.  Las plataformas de reparto deciden quién lo lleva, en qué orden y cómo te califican a ti como cliente.

Los estudios muestran que el liderazgo algorítmico aumenta la rotación de empleados debido a la reducción de la seguridad psicológica.

A veces alguien supervisa, pero las decisiones prácticas las toma el sistema. Con ese panorama, la pregunta deja de ser teórica y empieza a sonar práctica, ¿vale la pena darle funciones de jefe a una máquina?

Los que dicen que sí tienen razones simples. Una máquina no se cansa, no protesta y sigue reglas al pie de la letra. Para algunos eso es un alivio, mismos criterios todos los días, sin sorpresas, sin jefes de mal humor… Incluso parece más justo.

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El espejismo de la supremacía cuántica

Cada cierto tiempo aparece un libro que promete anunciar la llegada de un nuevo orden tecnológico.

Esta vez fue Michio Kaku, con un título que parece diseñado para no dejar ningún espacio a dudas. “Supremacía cuántica…” El subtítulo no se queda atrás, planteando la idea de una revolución que “lo cambiará todo”.

Es una forma de escribir que funciona muy bien en las vitrinas y en los titulares, pero que se vuelve más frágil cuando se contrasta con la realidad que hoy muestran los laboratorios.

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Cómo terminé debatiendo conmigo mismo gracias a un predictor de texto

tl:dr; Los modelos de lenguaje como ChatGPT no solo sirven para responder preguntas. También pueden diseñarse para algo más ambicioso… como ayudarnos a pensar distinto. La ilusión de agencia (esa sensación de que la máquina “piensa”) suele considerarse un error, pero yo pienso que puede usarse como recurso de diseño.

Si la aceptamos, podemos crear estructuras que simulen voces diversas, multipliquen ángulos de análisis y nos muestren escenarios que solos no imaginaríamos. La meta es ampliar el espacio donde ocurre nuestro juicio.

Como ejercicio de diseño, desarrollé un GPT que simula un equipo HACCP con distintos perfiles cognitivos. Cada voz representa un estilo de pensamiento diferente y responde al usuario desde esa perspectiva.

Además, hice una versión de prueba con 28 escenarios, donde estas voces interactúan a modo experimental. A diferencia del GPT, no generan una ilusión de agencia, pero sirven para graficar el ensayo y el concepto: mostrar que una IA puede usarse como un entorno de pensamiento compartido, donde las voces simuladas permiten observar cómo se forman, chocan y evolucionan las ideas.

El punto es que se puede usar la simulación como una herramienta para pensar mejor, del mismo modo que un equipo real confronta miradas distintas para detectar riesgos o decisiones que uno solo no vería.


Cuando trabajábamos en la actualización los planes HACCP en Walmart (unas 250 tiendas entre Lider y Express de Lider) descubrimos que los mejores hallazgos no salían de seguir el protocolo al pie de la letra. Aparecían cuando juntábamos enfoques distintos y dejábamos que chocaran.

Lo que observamos ahí no era distinto de lo que hoy vemos con los sistemas de lenguaje. El valor estaba en el cruce de perspectivas diversas, cada una limitada, pero juntas más potentes.

Ese tipo de observaciones me hizo pensar en algo más general. No siempre necesitamos teorías sofisticadas para detectar cómo funcionan ciertos procesos.

Podría adornar todo esto con citas de filósofos o con estudios de revistas indexadas, pero al final la escena más útil es la del jefe de sala que encuentra un riesgo que nadie más vio.

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Competencia sobre hielo

Uso dos modelos mentales para vez en cuando. Uno es “El mapa no es el territorio”. El otro es el “Círculo de competencia” de Charlie Munger.

Por mucho tiempo vi el círculo de Munger como una gran fortaleza, en algún sitio gringo leí y vi una imagen que se me quedó pegada. Dibujabas un perímetro en tierra firme, levantabas muros y te quedabas dentro. Fuera había niebla de guerra. Dentro, estabas a salvo. Ampliar el círculo era un proyecto de ingeniería lento y bastante costoso.

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No necesitan un robot para que dejen de necesitarte

La automatización no necesita cosas con brazos robóticos o lucecitas que puedas ver: elimina los espacios donde las personas deciden. En este ensayo exploro cómo esa lógica borra nuestras funciones, voces y el sentido del trabajo. Y qué podemos hacer antes de que el juicio humano se vuelva opcional.


Esa es la preocupación general. Pero la primera imagen que suele aparecer es distinta.

Cuando se piensa en automatización, muchos imaginan brazos robóticos, drones que reparten paquetes o asistentes que responden a la voz. Esa imagen no está del todo equivocada, pero se queda corta.

Porque la automatización más profunda ocurre sin máquinas visibles y con menos anuncios. Llega cuando un sistema ya no requiere que un humano tome decisiones. Claro, algunos dirían que eso permite escalar. Pero escalar sin comprensión vuelve frágil cualquier operación.

El reemplazo llega como un flujo de procesos que no sabe detenerse y de paso, olvida que tú existías. Uno donde nadie necesita intervenir. El proceso sigue andando y tú y yo ya no hacemos falta. Y cuando no hacemos falta, tampoco hay memoria de que alguna vez estuviste ahí.

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Por qué las buenas intenciones no detienen a las bacterias

tl;dr: Creer que la empatía detendrá a las bacterias es una fantasía que ignora cómo funciona nuestro cerebro. Diseñamos fábricas que exigen trabajadores perfectos, pero el negocio castiga a quien se detiene por precaución. Al final, la «cultura» se convierte en un tipo disfraz: tapamos errores graves de diseño con charlas motivacionales, fingiendo que un buen discurso puede arreglar un sistema roto.


El artículo “How to Create a Culture of Food Safety”, escrito por Jennifer Vincent y publicado por Food Safety Magazine en marzo de 2024, intenta ofrecer un marco práctico para fomentar la cultura de inocuidad en la industria.

La plataforma es relevante; Food Safety Magazine ha funcionado durante años como el punto de convergencia para especialistas en HACCP, microbiólogos y auditores. Lo que se publica allí generalmente marca el pulso del sector.

Resulta fascinante leer una propuesta que depende tanto de apelaciones emocionales en un momento donde la industria discute sobre prevención estructural. El texto opta por una ruta muy específica: simplifica la complejidad del sistema alimentario para hacerlo manejable a través de la voluntad humana.

El artículo comienza reconociendo el problema base: cumplir la norma escrita es insuficiente y los brotes siguen ocurriendo. Prevenir es mejor que reaccionar.

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El almanake de Naval

Portada del libro de Naval RavikantEste libro no lo escribió Naval Ravikant. Lo armó Eric Jorgenson, sacando fragmentos de entrevistas, pódcasts y publicaciones. Lo que hizo bastante bien fue no estorbar. No intentó reinterpretarlo ni agregarle voz propia. Solo organizó las ideas y las dejó hablar. (ojo, es gratuito, lo puedes descargar aquí en formato pdf)

Lo curioso es que no es un libro tradicional. No tiene historia, ni personajes, ni progresión dramática. Pero tiene dirección. Va de lo concreto a lo abstracto, de lo práctico a lo existencial, sin subrayar ni explicar de más. Nada de relleno que suene a autoayuda.

En el libro Naval habla de temas grandes con palabras simples: dinero, tiempo, libertad, deseo, decisiones... Dice que si aprendes a pensar mejor, vas a vivir mejor. Suena como una frase que ya escuchamos mil veces antes, pero en su forma de decirlo hay algo que convence.

No intenta enseñarte nada desde un pedestal. Solo comparte lo que fue entendiendo con el tiempo.

Algunos lo ven como filosofía aplicada y otros lo leen como frases que funcionan bien en redes. No creo que haya una manera correcta de leerlo. Lo que uno saca depende más de su propio momento que del texto. Por eso me atrapó desde que lo empecé a leer.

Y ahí entro yo.

Después de muchos años en el mundo laboral, ya sabía que la mayoría del esfuerzo cotidiano no sirve para mucho.

Lo vi demasiadas veces: reuniones sin propósito, reportes que nadie lee, decisiones postergadas hasta que ya no importan. Naval lo resume con “la regla del 1%”.

Yo, en su momento, le puse otro nombre: “el desgaste que no se nota, pero está”, no es un nombre bonito, pero si una frase que resume ese sentir. El punto no es si la cifra es exacta, sino qué haces cuando tienes estructuras fijas y decisiones que no siempre dependen de ti.

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¿Deberíamos votar por el candidato que potencialmente menos daño causará?

La última vez que voté «estratégicamente» en lugar de por convicción, terminé eligiendo exactamente el tipo de político que juré nunca apoyar.

Principalmente porque había calculado mal qué significaba realmente votar por el «menor daño». Resulta que esta lógica, que suena tan racional en teoría y repetido por muchos, es mucho más complicada de aplicar en la práctica.

Esto me hizo pensar en algo que tal vez todos hemos experimentado: esa sensación extraña cuando llegas a la urna y ninguna opción te entusiasma realmente….No es que todas sean tan terribles (aunque a veces lo parezcan). Es que el acto de votar, que supuestamente debería ser la expresión más pura de nuestras preferencias democráticas, generalmente se siente más como resolver un problema de optimización mal definido.

Muchos de nosotros crecimos con la idea de que votar es elegir a quien nos representa. Alguien que encarne nuestras ideas, que se parezca a nosotros, que nos «inspire»…

Es una expectativa comprensible. Pero con el tiempo (y después de algunas frustraciones) uno empieza a pensar distinto. Quizás el foco ya no está en encontrar a quien admiramos. Tal vez conviene pensar en quién ofrece menos exposición al error. No es una visión emocionante, pero ayuda a mantener la participación incluso cuando el entusiasmo baja.

Ese cambio de mirada aparece por observar cómo funciona realmente la política en su versión más práctica. Campañas, partidos, medios, encuestas. Los políticos no operan en el vacío, actúan dentro de un sistema que premia la eficacia del relato y no la pureza moral. Negocian, adaptan, responden a incentivos. A veces lo hacen con buena fe. Pero otras simplemente para sobrevivir políticamente.

Eso no los convierte en enemigos. Pero sí pone en cuestión la costumbre de votar por simpatía o entusiasmo. Porque esas emociones rara vez anticipan lo que alguien hará en el poder.

Una campaña carismática puede distraer de las decisiones importantes. Una figura sobria puede tener más margen de maniobra. Evaluar candidaturas según su capacidad de hacer y deshacer, aunque suene seco, abre otra forma de intervenir.

Pemsemos que alguien quisiera tomarse en serio la lógica del «menor daño» hasta el extremo. Podría proponer que el mejor candidato es aquel tan aburrido que nunca logre convencer a nadie de nada, porque un político sin seguidores no puede arruinar nada.

Su campaña consistiría en bostezos programados y discursos que se olvidan a la mitad. Podría ganar justamente porque nadie recordaría su existencia. Y entonces descubriríamos que un candidato invisible tal vez era una profecía autocumplida, porque un gobierno olvidado también deja menos huellas, aunque no sepamos si eso cuenta como éxito o como desaparición.

II

Este enfoque, sin embargo, carga con un problema que no es menor. Supone un nivel de análisis que no es accesible ni automático para todos, porque el entorno no ayuda.

La mayoría vota desde la identidad y no desde el cálculo estructural. Es decir, vota por pertenencia, por historia familiar, por lealtades grupales o por rechazo al otro. Y eso es una consecuencia del ecosistema cognitivo que habitamos.

Las plataformas están diseñadas para premiar lo que genera reacción inmediata. Aquí no importa si la reacción es risa, rabia o un “like” irónico, mientras haya clics. Eso significa que una propuesta política razonable y aburrida tiene menos posibilidades de circular que un video de un candidato cayéndose de su bicicleta. El sistema te invita a reaccionar.

El algoritmo abre la puerta y el sesgo de disponibilidad se encarga de dejarla trabada, ya que lo que más recordamos es lo más bulla metió. Así que alguien puede pasar años trabajando en una reforma sensata y ser reducido a «el que se cayó de la bicicleta»

Se podría pensar que esta preferencia por la indignación refleja un defecto del carácter humano, pero la evidencia apunta a algo más estructural.

El lenguaje que divide el mundo en buenos y malos actúa como combustible en internet; es lo que provoca que las noticias y opiniones se propaguen sin control.

Un estudio que revisó más de medio millón de tuits encontró algo bastante deprimente: si le agregas una palabra con carga moral (“corrupto”, “traidor”, “vergonzoso”), tus chances de ser retuiteado suben alrededor de un 20%, porque el algoritmo mide pasión y no exactitud.

¿Y qué hacemos con eso? ¿Nos resignamos? ¿Asumimos que pensar con distancia es un lujo? No del todo. Lo que podemos hacer (como ciudadanos, no como expertos) es reconocer estas dinámicas y actuar desde ahí.

No esperar que todo el mundo analice estructuras institucionales. Pero sí intentar que algunos temas clave ganen espacio. Por ejemplo: ¿quién puede ser controlado? ¿quién tiene menos poder de deshacer lo construido? ¿quién tiene más incentivos para negociar? ¿Y qué tipo de condiciones hacen que esos incentivos se mantengan activos una vez que alguien ya está en el cargo?

En la Alemania de posguerra hubo elecciones donde algunos votantes pensaban que lo más seguro era elegir a funcionarios grises, con el argumento de que un burócrata sin grandes pasiones al menos no intentaría aventuras. Curiosamente, varios de esos perfiles se volvieron claves para estabilizar instituciones que hoy se consideran sólidas. La paradoja es que quienes parecían incapaces de inspirar terminaron garantizando continuidad. No fue un triunfo épico, más bien una administración sin brillo que resultó duradera. A veces la estabilidad proviene de gente que nunca aparece en los libros de historia.

III

Aun así, no hay garantías. A veces, al tratar de evitar un extremo, se termina eligiendo a alguien sin capacidad real de gobernar. O se opta por perfiles moderados que improvisan mal.

Aquí entra el análisis contrafactual. ¿Qué hubiera pasado si en determinadas elecciones se hubiera optado por el candidato más racional y no por el más emocionalmente convincente? No hay respuesta definitiva. Pero sí hay patrones. En algunos países, elecciones decididas por entusiasmo o indignación han llevado a gobiernos inestables, polarizados o autoritarios. A menudo por fallas de coordinación entre instituciones.

En varios países de América Latina los outsiders llegaron al poder con la promesa de ser “distintos”. Lo eran, en el mismo sentido en que alguien que aparece en una convención constitucional con un disfraz de dinosaurio también es distinto.

Gobernar resultó menos divertido. Sin partidos detrás, terminaron improvisando programas ambiguos, peleando con el Congreso y gastando su capital político en meses. Los viejos partidos no eran una maravilla, pero al menos venían con manual de instrucciones.

Lo relevante de un partido es su capacidad para operar sin que todo dependa de un impulso personal (y no precisamente de su antigüedad)

Un ejemplo reciente ayuda a ilustrar esta tensión en la práctica chilena

El reciente proceso constitucional en Chile ofrece un laboratorio a gran escala para esta idea. La propuesta de la Convención Constitucional, impulsada por un mandato de ruptura y un diagnóstico maximalista de los problemas del país, representaba una apuesta de alta varianza.

Su texto final fue percibido por una parte significativa del electorado no como una mejora incremental, sino como un riesgo existencial para marcos institucionales básicos. En contraste, el segundo proceso, liderado por una Comisión Experta y un Consejo más restringido, generó una propuesta de mucho menor alcance, percibida como técnicamente más predecible.

El rechazo contundente de la primera opción y la posterior elección de un camino más acotado, aunque para muchos insatisfactorio, sugiere que cuando se presenta una elección clara entre un rediseño sistémico de alto riesgo y una corrección de bajo riesgo, el electorado puede inclinarse por la mitigación del desastre por sobre la promesa de la utopía.

Este contraste nos muestra cómo frente a la incertidumbre, la preferencia colectiva puede moverse hacia opciones menos transformadoras, incluso si parecen decepcionantes en el corto plazo.

Sin embargo, hay un argumento en la otra dirección que no conviene ignorar. Un mandato popular abrumador, incluso si nace del entusiasmo, puede servir como herramienta de desbloqueo en sistemas paralizados por intereses que están muy atrincherados.

En escenarios donde reformas estructurales urgentes son bloqueadas de manera repetida, un tecnócrata gris con un apoyo limitado carece de capital político suficiente para negociar. Un candidato con victoria aplastante, impulsado por una narrativa carismática, puede apelar a ese mandato para doblegar resistencias legislativas o burocráticas.

El voto emocional, visto desde esa óptica, no es un gesto estético. Puede funcionar como recurso de alto riesgo para acumular la fuerza necesaria que un enfoque incremental nunca lograría.

Esas simulaciones mentales (¿y si…?) no resuelven todo, pero ayudan a no decidir desde la urgencia inmediata.

Cuando un presidente depende de alianzas frágiles, sus promesas de campaña valen menos que la opinión del diputado número 11 de un partido regional que nadie fuera de su distrito conoce.

Cada ley necesita tanta negociación que al final el resultado parece un proyecto escrito por comité, porque lo fue. No hay titulares heroicos, solo acuerdos tibios que sobreviven porque nadie puede imponer nada mejor.

Es frustrante, pero esa misma mediocridad actúa como freno: incluso el líder más temerario descubre que no puede avanzar sin pedir permiso a medio mundo.

IV

Volvamos entonces a la idea de fondo: participar sin dejarse llevar por espejismos. Votar difícilmente resolverá todo.

Pero si pensamos la elección como una gestión de riesgos, la comparación ya no se centra en beneficios promedio, lo hace en la capacidad de evitar caídas extremas.

El diseño de códigos de construcción en zonas sísmicas ofrece una analogía: no se optimiza un edificio para un día normal, sino para que no se derrumbe en un evento raro y devastador.

De manera similar, la resiliencia de un sistema político se mide por su capacidad para procesar crisis sin desintegrarse. Un candidato con un programa disruptivo puede ampliar la distribución de resultados posibles, incluyendo un fallo institucional grave.

Optar por un perfil más predecible, aunque mediocre, equivale a pagar una prima de seguro contra el colapso sistémico. Puede que no entusiasme, pero reduce la probabilidad de ciertos desastres y eso ya modifica el curso de lo posible.

Ahora bien, votar cada cierto tiempo no es suficiente. Si entre una elección y otra dejamos que el debate público se degrade, ese vacío se llena con relatos simplificados, polarización y desinformación. Aquí aparece una responsabilidad más: mantener la conversación pública con cierto rigor.

No se trata de convertirse en activista. Se trata de evitar el automatismo. No repetir consignas. No compartir cosas solo porque indignan. No regalar atención a lo que grita más fuerte. Escuchar con cuidado, aunque nos incomode. Corregir cuando podemos. Y recordar que nadie está por encima de equivocarse, nosotros incluidos.

También conviene observar qué estructuras permiten limitar el poder, incluso cuando las personas fallan, porque el descontrol empieza donde nadie responde.

Los países con sistemas que obligan a negociar, que distribuyen funciones, que permiten alternancia real, suelen resistir mejor los excesos. Uruguay no es una utopía, pero tiene eso. Gobiernos con frenos. Políticos que saben que no pueden hacerlo todo. Y ciudadanos que, sin idolatrar, siguen atentos. Costa Rica, por ejemplo, no es parte del radar simbólico de muchos, pero mantiene un sistema que disuelve el poder más que concentrarlo.

Eso no asegura virtudes, pero sí mantiene el margen para que los errores no escalen sin control.

Pero hay condiciones previas que moldean lo que parece una elección libre..

Finalmente, es clave reconocer que este análisis, centrado en la decisión del votante, opera un nivel por encima de restricciones más fundamentales. La financiación de la política funciona como un filtro que preselecciona a los candidatos viables mucho antes de que lleguen a la papeleta, limitando severamente el menú de opciones.

De forma paralela, la concentración en la propiedad de los medios puede distorsionar sistemáticamente la evaluación de riesgos del público, amplificando las amenazas de un sector mientras normaliza o invisibiliza las de otro.

Estas fuerzas estructurales no invalidan el modelo de mitigación de riesgos, pero sí definen el terreno de juego y restringen su poder. El votante puede estar eligiendo racionalmente la opción menos peligrosa, pero dentro de un campo de juego cuyos límites y reglas ya han sido definidos por el poder económico.

Reconocer estas limitaciones no elimina la responsabilidad individual, pero impide imaginar el voto como un ejercicio aislado de cálculo puro.

A veces el entusiasmo electoral parece un casting de talentos. Se aplaude al candidato que canta mejor el himno o que tiene la anécdota más sentimental sobre su infancia. Nadie pregunta por la letra pequeña de sus proyectos, porque revisar presupuestos no vende entradas.

Si siguiéramos esa lógica, quizá la mejor estrategia de campaña sería organizar un concurso de cocina en horario estelar y que el ganador automáticamente reciba la presidencia. Al menos así sabríamos que el futuro del país depende de alguien capaz de preparar una buena lasaña.

V

¿Y si estamos pidiendo demasiado? ¿Y si este tipo de reflexión es simplemente poco viable en el entorno actual? A veces lo parece. El ruido es alto, la manipulación es constante y la energía para pensar con cuidado se gasta antes de que termine la semana.

Aun así, vale la pena intentarlo, porque la alternativa es dejar que todo se decida en piloto automático. Y el piloto automático en política suele estar calibrado para favorecer lo más ruidoso, lo más simplificado y lo más rentable para quien diseña el algoritmo de turno.

Eso no convierte a nadie en héroe por leer un par de programas de gobierno o verificar un dato antes de compartirlo. Pero al menos impide que la conversación pública se reduzca a una competencia de quién grita más fuerte. No es épico, no es inspirador y probablemente nadie lo agradecerá.

El voto sin entusiasmo parece poca cosa, pero es un mecanismo de control que todavía funciona… Si se lo usa con constancia, genera las condiciones para ajustar cuando algo se tuerce. Y si esas condiciones no alcanzan, siempre nos queda la opción de quejarnos en Twitter hasta que el ciclo electoral vuelva a empezar.