La última vez que voté «estratégicamente» en lugar de por convicción, terminé eligiendo exactamente el tipo de político que juré nunca apoyar.
Principalmente porque había calculado mal qué significaba realmente votar por el «menor daño». Resulta que esta lógica, que suena tan racional en teoría y repetido por muchos, es mucho más complicada de aplicar en la práctica.
Esto me hizo pensar en algo que tal vez todos hemos experimentado: esa sensación extraña cuando llegas a la urna y ninguna opción te entusiasma realmente….No es que todas sean tan terribles (aunque a veces lo parezcan). Es que el acto de votar, que supuestamente debería ser la expresión más pura de nuestras preferencias democráticas, generalmente se siente más como resolver un problema de optimización mal definido.
Muchos de nosotros crecimos con la idea de que votar es elegir a quien nos representa. Alguien que encarne nuestras ideas, que se parezca a nosotros, que nos «inspire»…
Es una expectativa comprensible. Pero con el tiempo (y después de algunas frustraciones) uno empieza a pensar distinto. Quizás el foco ya no está en encontrar a quien admiramos. Tal vez conviene pensar en quién ofrece menos exposición al error. No es una visión emocionante, pero ayuda a mantener la participación incluso cuando el entusiasmo baja.
Ese cambio de mirada aparece por observar cómo funciona realmente la política en su versión más práctica. Campañas, partidos, medios, encuestas. Los políticos no operan en el vacío, actúan dentro de un sistema que premia la eficacia del relato y no la pureza moral. Negocian, adaptan, responden a incentivos. A veces lo hacen con buena fe. Pero otras simplemente para sobrevivir políticamente.
Eso no los convierte en enemigos. Pero sí pone en cuestión la costumbre de votar por simpatía o entusiasmo. Porque esas emociones rara vez anticipan lo que alguien hará en el poder.
Una campaña carismática puede distraer de las decisiones importantes. Una figura sobria puede tener más margen de maniobra. Evaluar candidaturas según su capacidad de hacer y deshacer, aunque suene seco, abre otra forma de intervenir.
Pemsemos que alguien quisiera tomarse en serio la lógica del «menor daño» hasta el extremo. Podría proponer que el mejor candidato es aquel tan aburrido que nunca logre convencer a nadie de nada, porque un político sin seguidores no puede arruinar nada.
Su campaña consistiría en bostezos programados y discursos que se olvidan a la mitad. Podría ganar justamente porque nadie recordaría su existencia. Y entonces descubriríamos que un candidato invisible tal vez era una profecía autocumplida, porque un gobierno olvidado también deja menos huellas, aunque no sepamos si eso cuenta como éxito o como desaparición.
II
Este enfoque, sin embargo, carga con un problema que no es menor. Supone un nivel de análisis que no es accesible ni automático para todos, porque el entorno no ayuda.
La mayoría vota desde la identidad y no desde el cálculo estructural. Es decir, vota por pertenencia, por historia familiar, por lealtades grupales o por rechazo al otro. Y eso es una consecuencia del ecosistema cognitivo que habitamos.
Las plataformas están diseñadas para premiar lo que genera reacción inmediata. Aquí no importa si la reacción es risa, rabia o un “like” irónico, mientras haya clics. Eso significa que una propuesta política razonable y aburrida tiene menos posibilidades de circular que un video de un candidato cayéndose de su bicicleta. El sistema te invita a reaccionar.
El algoritmo abre la puerta y el sesgo de disponibilidad se encarga de dejarla trabada, ya que lo que más recordamos es lo más bulla metió. Así que alguien puede pasar años trabajando en una reforma sensata y ser reducido a «el que se cayó de la bicicleta»
Se podría pensar que esta preferencia por la indignación refleja un defecto del carácter humano, pero la evidencia apunta a algo más estructural.
El lenguaje que divide el mundo en buenos y malos actúa como combustible en internet; es lo que provoca que las noticias y opiniones se propaguen sin control.
Un estudio que revisó más de medio millón de tuits encontró algo bastante deprimente: si le agregas una palabra con carga moral (“corrupto”, “traidor”, “vergonzoso”), tus chances de ser retuiteado suben alrededor de un 20%, porque el algoritmo mide pasión y no exactitud.
¿Y qué hacemos con eso? ¿Nos resignamos? ¿Asumimos que pensar con distancia es un lujo? No del todo. Lo que podemos hacer (como ciudadanos, no como expertos) es reconocer estas dinámicas y actuar desde ahí.
No esperar que todo el mundo analice estructuras institucionales. Pero sí intentar que algunos temas clave ganen espacio. Por ejemplo: ¿quién puede ser controlado? ¿quién tiene menos poder de deshacer lo construido? ¿quién tiene más incentivos para negociar? ¿Y qué tipo de condiciones hacen que esos incentivos se mantengan activos una vez que alguien ya está en el cargo?
En la Alemania de posguerra hubo elecciones donde algunos votantes pensaban que lo más seguro era elegir a funcionarios grises, con el argumento de que un burócrata sin grandes pasiones al menos no intentaría aventuras. Curiosamente, varios de esos perfiles se volvieron claves para estabilizar instituciones que hoy se consideran sólidas. La paradoja es que quienes parecían incapaces de inspirar terminaron garantizando continuidad. No fue un triunfo épico, más bien una administración sin brillo que resultó duradera. A veces la estabilidad proviene de gente que nunca aparece en los libros de historia.
III
Aun así, no hay garantías. A veces, al tratar de evitar un extremo, se termina eligiendo a alguien sin capacidad real de gobernar. O se opta por perfiles moderados que improvisan mal.
Aquí entra el análisis contrafactual. ¿Qué hubiera pasado si en determinadas elecciones se hubiera optado por el candidato más racional y no por el más emocionalmente convincente? No hay respuesta definitiva. Pero sí hay patrones. En algunos países, elecciones decididas por entusiasmo o indignación han llevado a gobiernos inestables, polarizados o autoritarios. A menudo por fallas de coordinación entre instituciones.
En varios países de América Latina los outsiders llegaron al poder con la promesa de ser “distintos”. Lo eran, en el mismo sentido en que alguien que aparece en una convención constitucional con un disfraz de dinosaurio también es distinto.
Gobernar resultó menos divertido. Sin partidos detrás, terminaron improvisando programas ambiguos, peleando con el Congreso y gastando su capital político en meses. Los viejos partidos no eran una maravilla, pero al menos venían con manual de instrucciones.
Lo relevante de un partido es su capacidad para operar sin que todo dependa de un impulso personal (y no precisamente de su antigüedad)
Un ejemplo reciente ayuda a ilustrar esta tensión en la práctica chilena
El reciente proceso constitucional en Chile ofrece un laboratorio a gran escala para esta idea. La propuesta de la Convención Constitucional, impulsada por un mandato de ruptura y un diagnóstico maximalista de los problemas del país, representaba una apuesta de alta varianza.
Su texto final fue percibido por una parte significativa del electorado no como una mejora incremental, sino como un riesgo existencial para marcos institucionales básicos. En contraste, el segundo proceso, liderado por una Comisión Experta y un Consejo más restringido, generó una propuesta de mucho menor alcance, percibida como técnicamente más predecible.
El rechazo contundente de la primera opción y la posterior elección de un camino más acotado, aunque para muchos insatisfactorio, sugiere que cuando se presenta una elección clara entre un rediseño sistémico de alto riesgo y una corrección de bajo riesgo, el electorado puede inclinarse por la mitigación del desastre por sobre la promesa de la utopía.
Este contraste nos muestra cómo frente a la incertidumbre, la preferencia colectiva puede moverse hacia opciones menos transformadoras, incluso si parecen decepcionantes en el corto plazo.
Sin embargo, hay un argumento en la otra dirección que no conviene ignorar. Un mandato popular abrumador, incluso si nace del entusiasmo, puede servir como herramienta de desbloqueo en sistemas paralizados por intereses que están muy atrincherados.
En escenarios donde reformas estructurales urgentes son bloqueadas de manera repetida, un tecnócrata gris con un apoyo limitado carece de capital político suficiente para negociar. Un candidato con victoria aplastante, impulsado por una narrativa carismática, puede apelar a ese mandato para doblegar resistencias legislativas o burocráticas.
El voto emocional, visto desde esa óptica, no es un gesto estético. Puede funcionar como recurso de alto riesgo para acumular la fuerza necesaria que un enfoque incremental nunca lograría.
Esas simulaciones mentales (¿y si…?) no resuelven todo, pero ayudan a no decidir desde la urgencia inmediata.
Cuando un presidente depende de alianzas frágiles, sus promesas de campaña valen menos que la opinión del diputado número 11 de un partido regional que nadie fuera de su distrito conoce.
Cada ley necesita tanta negociación que al final el resultado parece un proyecto escrito por comité, porque lo fue. No hay titulares heroicos, solo acuerdos tibios que sobreviven porque nadie puede imponer nada mejor.
Es frustrante, pero esa misma mediocridad actúa como freno: incluso el líder más temerario descubre que no puede avanzar sin pedir permiso a medio mundo.
IV
Volvamos entonces a la idea de fondo: participar sin dejarse llevar por espejismos. Votar difícilmente resolverá todo.
Pero si pensamos la elección como una gestión de riesgos, la comparación ya no se centra en beneficios promedio, lo hace en la capacidad de evitar caídas extremas.
El diseño de códigos de construcción en zonas sísmicas ofrece una analogía: no se optimiza un edificio para un día normal, sino para que no se derrumbe en un evento raro y devastador.
De manera similar, la resiliencia de un sistema político se mide por su capacidad para procesar crisis sin desintegrarse. Un candidato con un programa disruptivo puede ampliar la distribución de resultados posibles, incluyendo un fallo institucional grave.
Optar por un perfil más predecible, aunque mediocre, equivale a pagar una prima de seguro contra el colapso sistémico. Puede que no entusiasme, pero reduce la probabilidad de ciertos desastres y eso ya modifica el curso de lo posible.
Ahora bien, votar cada cierto tiempo no es suficiente. Si entre una elección y otra dejamos que el debate público se degrade, ese vacío se llena con relatos simplificados, polarización y desinformación. Aquí aparece una responsabilidad más: mantener la conversación pública con cierto rigor.
No se trata de convertirse en activista. Se trata de evitar el automatismo. No repetir consignas. No compartir cosas solo porque indignan. No regalar atención a lo que grita más fuerte. Escuchar con cuidado, aunque nos incomode. Corregir cuando podemos. Y recordar que nadie está por encima de equivocarse, nosotros incluidos.
También conviene observar qué estructuras permiten limitar el poder, incluso cuando las personas fallan, porque el descontrol empieza donde nadie responde.
Los países con sistemas que obligan a negociar, que distribuyen funciones, que permiten alternancia real, suelen resistir mejor los excesos. Uruguay no es una utopía, pero tiene eso. Gobiernos con frenos. Políticos que saben que no pueden hacerlo todo. Y ciudadanos que, sin idolatrar, siguen atentos. Costa Rica, por ejemplo, no es parte del radar simbólico de muchos, pero mantiene un sistema que disuelve el poder más que concentrarlo.
Eso no asegura virtudes, pero sí mantiene el margen para que los errores no escalen sin control.
Pero hay condiciones previas que moldean lo que parece una elección libre..
Finalmente, es clave reconocer que este análisis, centrado en la decisión del votante, opera un nivel por encima de restricciones más fundamentales. La financiación de la política funciona como un filtro que preselecciona a los candidatos viables mucho antes de que lleguen a la papeleta, limitando severamente el menú de opciones.
De forma paralela, la concentración en la propiedad de los medios puede distorsionar sistemáticamente la evaluación de riesgos del público, amplificando las amenazas de un sector mientras normaliza o invisibiliza las de otro.
Estas fuerzas estructurales no invalidan el modelo de mitigación de riesgos, pero sí definen el terreno de juego y restringen su poder. El votante puede estar eligiendo racionalmente la opción menos peligrosa, pero dentro de un campo de juego cuyos límites y reglas ya han sido definidos por el poder económico.
Reconocer estas limitaciones no elimina la responsabilidad individual, pero impide imaginar el voto como un ejercicio aislado de cálculo puro.
A veces el entusiasmo electoral parece un casting de talentos. Se aplaude al candidato que canta mejor el himno o que tiene la anécdota más sentimental sobre su infancia. Nadie pregunta por la letra pequeña de sus proyectos, porque revisar presupuestos no vende entradas.
Si siguiéramos esa lógica, quizá la mejor estrategia de campaña sería organizar un concurso de cocina en horario estelar y que el ganador automáticamente reciba la presidencia. Al menos así sabríamos que el futuro del país depende de alguien capaz de preparar una buena lasaña.
V
¿Y si estamos pidiendo demasiado? ¿Y si este tipo de reflexión es simplemente poco viable en el entorno actual? A veces lo parece. El ruido es alto, la manipulación es constante y la energía para pensar con cuidado se gasta antes de que termine la semana.
Aun así, vale la pena intentarlo, porque la alternativa es dejar que todo se decida en piloto automático. Y el piloto automático en política suele estar calibrado para favorecer lo más ruidoso, lo más simplificado y lo más rentable para quien diseña el algoritmo de turno.
Eso no convierte a nadie en héroe por leer un par de programas de gobierno o verificar un dato antes de compartirlo. Pero al menos impide que la conversación pública se reduzca a una competencia de quién grita más fuerte. No es épico, no es inspirador y probablemente nadie lo agradecerá.
El voto sin entusiasmo parece poca cosa, pero es un mecanismo de control que todavía funciona… Si se lo usa con constancia, genera las condiciones para ajustar cuando algo se tuerce. Y si esas condiciones no alcanzan, siempre nos queda la opción de quejarnos en Twitter hasta que el ciclo electoral vuelva a empezar.