Cada vez que escucho a alguien repetir que “sigas tu pasión” me entra una sensación ambivalente. Entiendo por qué gusta tanto. Es una frase sencilla, suena alentadora y transmite la promesa de que basta con encontrar lo que te emociona para que el resto se acomode solo…. El problema es que en la práctica el trabajo no funciona de esa manera.
Lo que uno siente al inicio de un proyecto rara vez se mantiene intacto con el paso de los meses. La pasión puede ser el encendedor, pero la llama se apaga si no hay disciplina para sostener las tareas que no producen ningún entusiasmo.
Terminas dedicando más horas a correcciones, revisiones o gestiones administrativas que a los momentos brillantes que te llevaron a empezar.
Yo mismo me he encontrado continuando un proyecto porque el hábito ya estaba instalado, aunque el entusiasmo inicial hacía tiempo que había desaparecido, incluso cuando algunas partes eran aburridas o pesadas. El entusiasmo inicial desaparece siempre. Lo que queda es hábito.
Y lo descubrí en carne propia. Una vez intenté escribir todos los días durante un mes. La primera semana fue pura energía, como si cada palabra hubiera estado esperando su turno. La segunda semana fue una guerra contra mi propia flojera, un tira y afloja constante con la pantalla en blanco.
Y la tercera ya no había entusiasmo, pero descubrí algo algo interesante, me resultaba más incómodo no escribir que escribir. Era como si la ausencia del texto dejara una sensación amarga en el día, como si algo faltara. No era pasión por las palabras, era simple costumbre convertida en tiranía, una jaula autoimpuesta que de pronto se había vuelto más estable que cualquier motivación inicial que haya tenido.
Tal vez el error de base está en que confundimos la etiqueta con el fenómeno real. La “pasión” es el titular llamativo, pero la experiencia que la gente realmente busca es otra cosa, algo que los psicólogos llaman “flujo”.
Es ese estado en el que un programador se olvida de almorzar porque está convencido de que este sí es el bug definitivo, o el de un carpintero que no escucha nada a su alrededor porque la tabla finalmente empieza a parecerse a lo que había imaginado en su cabeza.
No llegas ahí por un amor previo a los teclados mecánicos o a las lijas. Llegas porque la tarea está calibrada justo en el punto exacto entre lo que sabes y lo que todavía no dominas. El consejo “sigue tu pasión” te envía a buscar un sentimiento, que es como intentar atrapar niebla con las manos.
El flujo, en cambio, es un efecto emergente de cómo diseñas la actividad. No es una musa que aparece de golpe, es más parecido a configurar bien un videojuego para que sea difícil sin ser imposible.
Si seguimos la metáfora, en realidad está invertida. La pasión no es combustible que se quema para producir trabajo. Es el calor que un motor desprende cuando ya está encendido. Piensa en un guepardo. No se despierta emocionado por su supuesta pasión por cazar. Se despierta porque está hecho para hacerlo, y la parte que parece pasión es solo la ráfaga final cuando todo su cuerpo entra en modo automático.
Con nosotros pasa parecido. Un programador no empieza adorando los corchetes y luego se vuelve bueno. Se vuelve bueno a niveles obsesivos y de ahí emerge una satisfacción tan intensa que después la llamamos “pasión”. El consejo de “sigue tu pasión” es engañoso porque te manda a buscar el calor del motor sin molestarte en construir el motor primero.
Ese desfase entre el discurso y la realidad se hace más evidente cuando miras cómo algunas organizaciones usan la idea de la pasión. El entusiasmo constante se convierte en una expectativa tácita que sirve para que la gente acepte condiciones poco razonables.
Si alguien se queja de procesos mal diseñados, se interpreta como falta de compromiso. Y si alguien se queda hasta tarde, se celebra su entrega como prueba de pasión, aunque lo que realmente está ocurriendo es que el sistema exige más de lo que debería. La pasión no es un motor humano general, al contrario, es una convención cultural que algunas organizaciones usan y otras ignoran, con consecuencias diferentes sobre la sostenibilidad del trabajo.
Y no es un fenómeno exclusivo de oficinas o empresas modernas. En Japón se celebra cada año la Kokufu-ten, la exposición nacional de bonsái. Ahí se exhiben árboles cultivados durante décadas, a veces por varias generaciones de cuidadores.
Algunos ejemplares tienen más de cien años y han sobrevivido guerras, traslados y cambios de dueño. Nadie habla de “pasión” por recortar ramas milimétricas todos los días. Lo que impresiona es la paciencia, el registro obsesivo de cada poda y el hecho de que alguien mantuvo esa atención sin recompensa inmediata.
Si lo llamamos pasión es porque no sabemos qué otra palabra ponerle a treinta años de tijeras y silencio. Aun así, cuando ves uno de esos bonsáis en persona, la conclusión es que alguien dedicó media vida a algo que la mayoría abandonaría a la tercera semana.
Un defensor del lema podría responder con un ejemplo doméstico. La parálisis del menú de Netflix. Tienes mil opciones, pasas cuarenta minutos leyendo sinopsis y terminas re-reviendo un episodio suelto de The Office porque al menos no requiere pensar.
El mundo profesional es lo mismo pero con la diferencia de que las sinopsis duran décadas. La pasión funciona aquí como un atajo brutalmente efectivo. Es lo que hace que alguien decida obsesionarse con los acueductos romanos en lugar de quedarse atrapado en el “qué debería aprender hoy”.
Su valor no es que te haga sentir una calidez interna; su valor es que te saca del punto muerto. Es un mecanismo que toma la decisión por ti y te empuja a avanzar mientras el resto sigue atrapado en la pantalla de inicio, convencido de que “mañana sí elijo”.
Y aquí conviene mirar lo que pasa cuando la motivación se usa como reemplazo de arreglos reales. En una empresa donde trabajé, cada vez que alguien se quejaba de procesos torpes, la respuesta oficial era organizar otra charla motivacional con café y galletiras gratis.
Lo irónico es que la única vez que las cosas realmente mejoraron fue cuando un empleado harto reconfiguró por su cuenta una planilla compartida para que no se perdieran los datos cada dos días. La diferencia entre ‘motivación’ y ‘cambiar una celda de Excel’ fue bastante instructiva. La motivación levantó el ánimo por una tarde.
El Excel arreglado eliminó semanas de trabajo fantasma. Esa comparación revela que la motivación personal funciona como parche temporal que retrasa correcciones más profundas. Optimizar lo heredado sin preguntar si sigue siendo relevante produce eficiencia en el corto plazo y estancamiento después. El sistema no busca matar la innovación, busca conservar su equilibrio.
Lo curioso es que este patrón tampoco se limita al trabajo. Es el mismo que se repite en la industria del bienestar. Se nos convence de que la razón por la que estamos agotados no tiene nada que ver con contratos basura o ciudades diseñadas para que pases tres horas en transporte. La explicación oficial es que no tomas suficiente jugo verde o que tus chakras están desalineados… El discurso de “sigue tu pasión” opera igual que el «el que quiere puede”.
Ambos relatos se disfrazan de empoderamiento, pero en realidad trasladan toda la responsabilidad de un sistema mal diseñado a tu estado psicológico. Es brillante en su perversidad: es más fácil culpar a tu falta de motivación que cuestionar una estructura económica entera. Además, siempre se puede vender otro curso de yoga online. Un sistema optimizado sin redundancia ni exploración puede funcionar en entornos estables, pero colapsa con cambios mínimos.
Hay otro aspecto que suele quedar oculto: no todas las personas tienen la misma posibilidad de dedicarse a lo que les apasiona. Quien cuenta con un colchón económico puede permitirse experimentar y fallar sin que su vida se tambalee. Quien depende de su salario no tiene ese margen.
Esa diferencia de condiciones marca qué proyectos pueden iniciarse, cuánto tiempo se pueden sostener y hasta qué punto se puede tolerar un error. Cuando se omite esa dimensión, la frase “sigue tu pasión” se convierte en un consejo que solo resulta viable para una parte de la población. Seguir la pasión suena bien, pero en muchos casos es un lujo reservado a quienes pueden fallar sin consecuencias graves.
Si no disfrutas tu trabajo, el problema no eres tú. No todos los empleos tienen que ser extraordinarios. A veces trabajar es simplemente eso: trabajar.
Y si lo miramos desde otro ángulo, aparece una capa todavía más cínica. La palabra “pasión” funciona menos como descripción y más como contraseña en un ritual social. Piensa en una entrevista de trabajo para un puesto de logística. Nadie siente un ardor interno por rellenar formularios de aduana, pero el candidato debe actuar como si toda su vida hubiera sido una preparación para ese momento cumbre.
El entrevistador sabe que es falso, el candidato sabe que es falso, pero ambos necesitan fingir para que el ritual avance. Decir “soy un apasionado” no comunica nada del mundo real. Es una señal de conformidad, un guiño para indicar que entiendes las reglas del juego. Es el equivalente profesional a decirle a tu suegra que su pastel está delicioso incluso si sospechas que tiene más sal que azúcar.
Y si la pasión de verdad fuera un criterio confiable, el absurdo sería evidente. El algoritmo óptimo de contratación sería entrevistar a cien personas y elegir a la que llore mientras explica su amor por las hojas de cálculo. Nadie lo hace porque sería un desastre.
Terminarías con un equipo de fanáticos de Excel que se desmoronan emocionalmente cada vez que se corrompe un archivo. El departamento de recursos humanos tendría que invertir más en pañuelos que en formación técnica. Y aun así, en un mundo gobernado por la consigna de “sigue tu pasión”, esa sería la elección racional: contratar al candidato más conmovido por las celdas dinámicas.
Si algo muestra este recorrido es que la pasión es un concepto ruidoso, ambiguo y demasiado fácil de manipular. Sirve como contraseña social, como anestesia organizacional y como lujo para quienes pueden fallar sin que su vida se derrumbe.
Para casi todos los demás, lo relevante pasa por construir sistemas que funcionen cuando el entusiasmo se te va, acumular habilidades que soporten contextos distintos y reconocer con honestidad cuáles son nuestros incentivos reales. La insistencia en hablar de pasión revela menos sobre el trabajo y más sobre nuestra necesidad de embellecer la rutina.
Gran parte de la vida adulta es responder correos y revisar formularios. Decirlo así suena insoportable, así que preferimos envolverlo con palabras bonitas. Y quizá todo este argumento no sea más que una justificación elegante para ciertas obsesiones. Pero si lo es, al menos son obsesiones que funcionan.